ourense / la voz

Un supuesto teórico sobre el que cualquier profesor debería reflexionar: si le mandan a un centro pequeño y rural que cada año pierde alumnos por el envejecimiento y despoblación de la zona, ¿qué debe hacer? Javier Pérez Gallego se encontró en esa situación hace cuatro años y no lo pensó dos veces: «Eu loitarei sempre polo meu colexio». Y aunque no hay duda de que la lucha ha sido titánica, es posible que los resultados le acompañen. Hace cuatro años, el centro tenía 44 alumnos y todos los boletos para seguir menguando; al año siguiente fueron 50, después sumaron hasta 60 y este curso empiezan con 67 inscritos.

¿Qué ha hecho Pérez Gallego y su equipo para conseguirlo? En resumidas cuentas, poner al alumno en el centro del aprendizaje, aunque eso sea algo intangible. En estos cuatro años, el equipo ha renovado el patio, pintado muros, puesto un tejadillo para que los niños no se mojen al salir de clase, cambiaron el tejado del polideportivo... en las clases se ha puesto doble ventanal y se han pintado, igual que la biblioteca. 

Estructura difícil

Tienen un problema que resulta difícil de solucionar, ya que el colegio era antes un combinado de vivienda de profesor en el piso alto y clase en el bajo. Además, «levaba moitos anos abandonado -reconoce Pérez Gallego- porque parecía claro que ía pechar». El horario se ha alargado, y así los niños tienen tres descansos, como en Finlandia, donde Javier Pérez estuvo estudiando y trabajando como maestro un año.

En el aula hay muchas actividades conjuntas entre niños de diferentes edades, como algunos temas de ciencias naturales, donde comparten espacio los 4 alumnos de sexto con los 13 de quinto. «Es mucho mejor estar los cuatro solos», puntualizan los mayores, y los otros asienten: «Cuantos menos somos, mejor». ¡Y eso que en total suman 17!

Además de hacer trabajos (puntuales) por proyectos y poner en marcha cierta labor colaborativa, en el colegio hay secciones bilingües (ahora mismo tienen a una auxiliar de Canadá) y complementan el trabajo habitual con la tableta. Usan el sistema Snappet, que llega a toda la primaria. No es el objetivo de la clase, pero sí un apoyo interesante en temas arduos, como la ortografía, una gamificación de la práctica que les permite motivar a los niños en la repetición.

Tienen varios proyecta de la Xunta, como el Cosmópolis (que siguen los de quinto y sexto) y Sustenbilidade e Paisaxe, que este año se fusionará con la propuesta a Voz Natura, porque se centrará en el Camino de Santiago (pasa por delante del colegio la vía de la plata) en un proyecto muy ambicioso.

Todo lo anterior explica el despegue de alumnos, con familias que dejan Ourense y Allariz en busca de un centro más familiar y pensado para los niños. 

Más de cien menús diferentes, comida biológica y platos internacionales

Si hay algo que hace sentir orgulloso al claustro del Padre Crespo es la cocina. Totalmente renovada, además de unas instalaciones profesionales tiene un menú digno de un gastrónomo. De hecho, son cientos de menús. Por ejemplo, cada año los niños pueden tomar tres veces merluza, pero nunca cocinada de la misma manera. Se usan productos bio (la carne de ternera lo es desde este año) y de pequeños productores de la zona. «Supón un enorme esforzo organizativo e económico», dice Gallego, quien recuerda que la Xunta les da 2,08 euros por cada niño.

Además de guisos de todo tipo, hay cosas más sofisticadas como lasaña de calabacín, y platos de muchos lugares, desde el fricandó catalán (filetes enharinados y guisados con un rustrido) hasta la salsa vikinga (con tomate y nata), pasando por pasta italiana casera y arroz a la cubana auténtico (con su plátano frito y todo).

El programa del menú está dentro de otro proyecta de la Xunta e incluye un pequeño tentempié a media mañana. «Os rapaces non traen almorzo da casa, o temos aquí», dice el director, quien no puede evitar quejarse de las limitaciones presupuestarias que la Xunta les impone en este capítulo.

Gracias a Voz Natura, de la Fundación Santiago Rey Fernández-Latorre, el colegio tiene un pequeño huerto (que este año ampliarán) en lo que antes era una escombrera. Allí se cultivan patatas -«as máis ricas do mundo», dicen los alumnos-, puerros, cebollas, lechugas y tomates. El día de esta visita, los niños de sexto subieron al huerto para recoger unos tomates y cebollas para el guiso del mediodía. El huerto está algo lánguido después de las vacaciones, aunque tiene riego automático, y los estudiantes cuentan los días para trabajar en él. 

Vida cultural

Si la comida es importante para el cuerpo, la cultura, recuerdan en el centro, es fundamental para el alma. Cada dos viernes, en el colegio hay talleres, charlas, cuentacuentos, clases de robótica, exposiciones... todo lo que los profesores encuentran. Además, en mayo celebran por todo lo alto un certamen literario junto con el CEIP de Allariz, el de Xinzo y el IES alaricano.

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Resurgir en el rural es posible