La vida «silvestre» de Elena, Harry y sus críos que el fuego se llevó

Reconvirtieron un bus en hogar en medio del monte. El domingo ardió y con él se fue su singular proyecto vital

La vida «silvestre» de Elena, Harry y sus críos que el fuego se llevó Reconvirtieron un bus en hogar en medio del monte. El domingo ardió y con él se fue su singular proyecto vital

Pontevedra / La Voz

En Ponte Caldelas había una taberna mítica, Eicho de dar Queridiña, por la que pasaron desde Carlos Núñez a Susana Seivane. Su dueño, un hippy curtido y barbudo, tuvo hasta su jubilación un talismán para atraer a los artistas. Quizás por eso, hace cosa de unos diez años, por allí se dejó caer Harry Price, un violinista londinense que llegó a Galicia atraído por la música. Harry cruzó su mirada en la taberna con la de Elena Buch, nacida en Madrid, pero «galega ata a medula». Acabaron juntos. Y emprendieron una vida común. Nunca fue una vida al uso. Se ríen cuando la definen: «Podes poñer que é unha vida silvestre, a nosa», dice Elena. Y añade: «Ou para que quede mellor pon que é unha vida de amor ao medio, á nosa terra. Marcada polo desexo de vivir pegados á terra, a Galicia».

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Comenzaron viviendo en el municipio pontevedrés de Cotobade, en una casa al uso. Estaban en el rural, pero querían algo más. Con un hijo bien pequeño, hace ya siete años, compraron una finca en medio del monte, en Ponte Caldelas. El lugar se llama Lobeiro y el nombre le va al pelo. La pista por la que se llega a su casa acaba ahí. El resto, naturaleza, verde autóctono y también verde de eucalipto. Al principio, nada de construir. Le compraron un autobús a un gitano. Era un viejo autocar de marca Barreiros con papeles de 1939 y carrozado en los años cincuenta, de un color rojo flamante y con algún deterioro propio del paso del tiempo. «Vendéunolo con pena, porque esa fora a casa da súa familia. O autobús ía polas feiras con barracas. Pero ao final aceptou vendelo porque ía ter unha nova vida como fogar, tamén con meniños dentro», cuenta Elena.

El niño salido del bosque

Empezó así una vida dedicada a cortar eucaliptos y plantar frutales para rodear su bus; a cocer pan en un horno construido en la tierra; a usar pañales de tela y lavarlos con jabón hecho por ellos mismos, a ver cómo Félix, con poquísimos años, sabía más de sonidos de pájaros y características de los insectos que muchos adultos; a bregarse para cocinar cada vez con más plantas silvestres... Y fueron armando la familia. Hace cuatro años llegó Nico, el mediano, un entusiasta del violín de su padre, con el que ya es capaz de dar los primeros acordes. Y hace ocho meses nació el pequeño Silve.

A la par también fue medrando el hogar. El bus se completó con una casa de madera, ubicada a pocos metros del autocar, que usaban como comedor y salón, presidida por una cocina de leña e iluminada por la energía de unas placas solares. Hicieron al lado un aseo con una bañera con grifos antiguos y pegada a un enorme ventanal, que se calienta con una estufa de color verde. Fue ahí, en ese baño, donde Elena trajo al mundo hace ocho meses a su tercer retoño. Lo parió, al lado de una matrona, mientras Harry tocaba el violín. «Me pidió ella que lo hiciese», cuenta Harry. Le llamaron Silve.

«O nome significa que é saído do bosque», apostilla Elena.

Y así estaban hasta el domingo, con su vida en verde, con sus tres hijos yendo felices al colegio del concello vecino y Elena acudiendo al centro escolar de cuando en vez a dar clases de educación ambiental. En la jornada dominical, ellos cinco y unos amigos habían compartido comida en la casita de madera. Los niños jugaban como siempre, en la naturaleza. El humo que se veía a lo lejos y el calor sofocante no presagiaban nada bueno. Pero ni Harry ni Elena intuyeron lo que se les vendría encima poco después, «en tan só uns minutos».

A las diez de la noche, los tres niños dormían en el autobús que minutos después solo era ceniza y un amasijo de hierros. Se tuvieron que marchar corriendo, con Silve en la mochila de porteo y los otros dos rapaces a cuestas. Nadie los desalojó. Nadie los acompañó en su travesía infernal. Fue su instinto de supervivencia el que les hizo correr hacia el lugar correcto. Desde entonces viven de prestado. Les dieron una casa social y hubo una desbordante ola de solidaridad con ellos. Pero les falta algo. Lo repiten los críos mayores desde el primer día:

«Queremos ir ao noso bosque». Pues eso.

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