La deriva independentista sustituye el modelo nórdico por el balcánico


REDACCIÓN / LA VOZ

Retirado a la fuerza, por las exigencias de la CUP, de la presidencia de la Generalitat, Artur Mas conservó su opíparo sueldo -más de 100.000 euros- y otros privilegios (secretaria, coche oficial, chófer, oficina...) para convertirse en el embajador oficial de la nueva república catalana que se iba a convertir en una Arcadia feliz, en un paraíso del que no querrían irse ni banqueros ni empresarios porque sería una mina de oro.

El punto culminante de ese estado de euforia lo alcanzó el pasado 3 de marzo en el transcurso de una bien remunerada charla en Harvard. Eligió para ello un escueto auditorio de doscientas personas y lanzó el mensaje más sorprendente: «Me imagino a la futura Cataluña como la Dinamarca del Mediterráneo, un país próspero pero con sol».

La comparación idealizaba el modelo democrático perseguido por los secesionistas. Los países nórdicos, fundamentalmente Noruega y Dinamarca, que curiosamente son monarquías, formaban parte del espejo en el que Mas y los suyos pretendían mirarse: altos niveles de renta, bajos niveles de paro y una decidida apuesta por el estado del bienestar. Todo ello, dentro de la Unión Europea y del euro.

Utopía frente a realidad

La utopía del expresidente de la Generalitat, salpicado en varios casos vinculados con el cobro de comisiones ilegales de su partido y titular de una cuenta bancaria no declarada en Luxemburgo, chocaba con las advertencias que llegaban de todas partes: la permanencia en la UE era inviable, según sus propias autoridades, el uso de la moneda estaría sujeto a duras condiciones, empresas y bancos verían restringida su financiación, la renta disponible de los ciudadanos catalanes de un futuro estado independiente caería entre 5.000 y 7.000 euros por cabeza...

La materialización de alguna de esas amenazas en los últimos días, fundamentalmente la estampida de bancos y empresas de todos los tamaños, ha provocado un cambio de modelo político a seguir. Lejos del idílico cuento soñado por Artur Mas, el eurodiputado secesionista Ramón Tremosa verbalizaba ayer un nuevo ejemplo: esta vez Cataluña quiere ser como Eslovenia. Independiente desde 1991, se desgajó de la antigua Yugoslavia en 1991 tras una declaración unilateral. «La aprobaron en el Parlamento y se dieron seis meses para negociar con Belgrado. Pasado ese tiempo, no recibieron respuesta y empezaron a llover los reconocimientos internacionales. Ese podría ser un camino», dijo Tremosa. Eslovenia no entró en la UE hasta el 2004 y en la moneda única hasta tres años más tarde.

Los más pesimistas solo ven abierta la vía kosovar. Apoyada por Estados Unidos y la UE, la mayoría albanesa del país decretó la independencia en el 2008 y su separación se vio refrendada dos años más tarde por el Tribunal Penal Internacional, que respondió a una pregunta de Serbia que la DUI no había violado ninguna norma de la ONU. La UE considera Kosovo «un caso único», la OTAN lo define como «un enclave» y apenas ha conseguido reconocimiento de la comunidad internacional.

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