La madre del bofetón: «Fue con ánimo de corregirlo, no de maltratarlo»

Después de ganar el juicio: «Tras la denuncia me sentí inferior, y él, intocable»

¿Se considera violencia una bofetada? La sentencia del bofetón abre un debate sobre qué castigos imponer a los hijos

a coruña / la voz

La mujer a la que su hijo de 11 años sentó en el banquillo de los acusados por darle una bofetada recibió la sentencia absolutoria «sin alegría alguna». Porque, aunque haya ganado en los tribunales, la relación entre ambos se ha visto muy afectada. Cuenta, a través de su abogado, David Rico Pousada, que desde que su crío puso la denuncia, ella se siente «inferior» y en cambio el niño «se siente intocable». ¿Cómo lo corrige ahora? ¿Es más permisiva por miedo a una nueva denuncia o a la reacción del crío? Son preguntas sin respuesta que se hace el letrado, que dispara con bala: «Si el legislador piensa que juzgando a una madre por dar un cachete está protegiendo al menor, se equivoca, pues lo que consigue es todo lo contrario». Hay que «discernir entre el maltrato y una bofetada puntual».

«Esta causa debería servirnos para reflexionar», afirma Rico Pousada. Se pregunta «qué resulta más dañino para un menor, si una bofetón puntual que no le ha causado lesión alguna, con ánimo de corregir, nunca de maltratar, o un proceso judicial abierto entre una madre y su propio hijo, con todo lo que ello conlleva». Cierto que pudo ser peor. Imaginemos, continúa Rico Pousada, que el juez hubiese condenado a la mujer y le impusiera una orden de alejamiento de seis meses, tal y como solicitaba el fiscal. Surge de nuevo una pregunta: «¿Qué es peor para un niño de 11 años, un cachete en un determinado momento o no poder ver a su madre en seis meses? ¿Se va el pequeño de casa? ¿Se va el adulto? ¿Adónde?».

Es más, «puede que haya menores que se sientan ganadores y superiores a sus padres tras poner una denuncia contra ellos por un simple bofetón», añade Rico Pousada. Lo decía el juez Vázquez Taín en la sentencia, palabras que corrobora el letrado: «No estamos ante una situación de razonamientos en la que se pueda intentar argumentar contra los razonamientos del otro. Estamos ante una clara exhibición por parte del menor de una actitud de síndrome del emperador, que únicamente busca humillar y despreciar a su madre. De no haber una inmediata corrección, el menor trasladará dicho comportamiento a terceros y comenzará a comportarse igual con compañeros, vecinos, etcétera. Por tanto, acudir a una corrección física moderada está justificada y así se hizo». 

«Una vez en la vida»

Esta madre, que ahora solo quiere sobreponerse y hacer frente a la situación que este proceso causó en esa hogar, insiste en que aquella bofetada que le propinó a su hijo el día de Nochebuena del 2015 por negarse en redondo a poner el desayuno y lanzar el móvil de 800 euros al suelo «se produjo únicamente con intención de corregirlo, de que entendiera el valor de las cosas y de la colaboración en casa». Su abogado hace suyas esas palabras y añade además que el castigo «no causó herida alguna, se produjo previa provocación del menor y, sobre todo, de manera muy puntual, pues fue la primera y última vez en su vida que le dio un cachete al niño».

Todo esto no hubiese llegado nunca adonde llegó si la legislación tuviera instrumentos para distinguir en período de instrucción si se trata de un maltrato o una corrección física leve. «Esta causa, como otras similares, debió haber sido archivada a los pocos días de ponerse la denuncia, después de escuchar al menor y a su madre». Rico Pousada aboga por una mediación en casos como este. Está convencido de que «no se ha conseguido nada con este proceso. Todo lo contrario, pues la convivencia no solo puede que siga siendo complicada, sino que puede empeorar».

Entiende este abogado, como la madre ahora absuelta, que muchas veces «la ley y la sociedad no van de la mano. La mayoría de los padres opinan que una simple bofetada en un momento puntual, nunca repetitiva, siempre se da con ánimo de corregir, de educar, para evitar que el niño se haga con el poder».

«Intentando proteger en exceso a los hijos, estos acaban quedando desprotegidos»

El psicólogo del Chuac está acostumbrado a ver a niños y adolescentes con «problemas de negativismo y oposicionismo muy grandes». En algunas ocasiones, estos menores solo tienen un problema: haber crecido sin la imposición de límites, sin una jerarquía familiar. Ante las dificultades para manejar la conducta de estos chicos, muchas familias quieren recurrir entonces a los fármacos, medicalizando el problema: «No es un asunto menor. La medicación es buena y necesaria cuando está absolutamente indicada, pero no es para todos los casos».

Entiende Fernández Blanco que «para no castigar a los jóvenes físicamente [no con violencia, sino privándoles de algo como salir o usar el móvil, por ejemplo] se acaba ejerciendo un control químico», por lo que en última instancia, «intentando proteger en exceso a los hijos, estos acaban desprotegidos».

También fue acusada de agarrarlo para evitar que el menor se fuera de casa

Esta madre no solo fue procesada por maltrato en el ámbito familiar por propinar una bofetada a su hijo. En el mismo proceso también se la acusó de agarrarlo un año después y causarle un pequeño arañazo en el cuello. La maquinaria judicial se puso a funcionar contra esta mujer el mismo día en que su hijo de 11 años la denunció porque después de una discusión quiso irse de casa para siempre y ella lo agarró para que no se fuera, causándole un pequeño arañazo en el cuello. Ya ante la Fiscalía de Menores, el crío contó que en otra ocasión, un año antes, su madre le había dado una bofetada porque se negaba a poner el desayuno y, enfadado, tiró el móvil al suelo.

Ambos episodios llevaron a la Fiscalía a pedir que se condenase a esta madre a 35 días de trabajos para la comunidad y que se le impusiera una orden de alejamiento de 50 metros de su hijo durante seis meses. El proceso no se juzgó rápido. Madre e hijo continuaron viviendo juntos y juntos acudieron al juzgado hace dos meses. Ella para defenderse del delito que le achacaban. El menor para acusarla. Llamó la atención al juez Vázquez Taín la «calculada frialdad» del niño en su declaración.

Niños que no temen perder el amor de sus padres

Son menores que «se ponen en un plano de igualdad absoluta con el adulto» y que buscan la transgresión

s. c.

«La prohibición tiene dos momentos: al principio solo se obedece en presencia material de quien prohíbe; después llega la educación, cuando la prohibición se ha interiorizado y el que vigila es el policía interior. El mecanismo fundamental del paso del primer al segundo momento es el temor a la pérdida del amor de los padres». Lo dice Manuel Fernández Blanco, psicólogo clínico del hospital materno infantil de A Coruña, y para él la ausencia de esta clave define al niño emperador, tirano o, como él lo denomina, niño amo. «Hay muchos padres que temen perder el amor de sus hijos -recalca- y por eso incluso cuando los castigan después les dicen eso de ‘‘pero yo te quiero mucho’’. Al revés no pasa tanto».

Manuel Fernández Blanco cree que no se puede educar desde la culpa: «Un niño lo percibe enseguida, y no hay educación sin coerción, sin castigo». Para este experto en comportamiento infantil, «el amor no debe ser incondicional». Eso no significa aplicar un chantaje emocional al hijo, ni mucho menos: «No es decirle ‘‘pórtate bien, si no no te quiero’’, es no poner la misma cara cuando se porta bien que cuando se porta mal. No puede ser lo mismo una cosa que otra».

Antes, añade Fernández Blanco, «uno hacía todo lo posible para merecer el reconocimiento del amor, para que nuestros padres estuviesen orgullosos de nosotros, pero, si crees que eso nunca te va a faltar, te conviertes en alguien ineducable».

El falso buenismo, por tanto, es un peligro. «Y sobre todo para el niño», porque «tantea los límites, los busca y si no los encuentra en casa acaba buscando transgresiones fuera», y es cuando entran en liza el hospital, la comisaría o el juzgado: «La permisividad lleva a la transgresión».

Por otra parte, su experiencia clínica le demuestra que «el castigo que no se olvida es el injusto, no el más fuerte. Si un niño está jugando con una pelota en el salón y los padres le avisan de que deje la pelota porque va a romper algo y no lo hace y rompe algo, cualquier niño sabe que estaba pidiendo a gritos un castigo. Otra cosa es llegar cansado de trabajar y gritarle al niño o castigarle porque le cayó un vaso de agua: eso es injusto». 

«Inmanejable» a los 3 años

Ser permisivo con un niño, incoherente en el castigo -hoy sí, mañana no, o prohibir algo que uno hace- y falso amigo de los hijos convierte al menor en alguien «que se coloca en relación de paridad absoluta con el adulto, no admite la jerarquía y por eso se atreve a denunciarlo en un juzgado [no habla del caso de la sentencia, sino en general]». Y no es un fenómeno extraño, al contrario, resulta cada vez más frecuente: «A veces nos vienen padres diciendo que su hijo de 3 años es imposible de manejar».

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