Julio Jiménez Feliz: «Cuando las puertas estaban abiertas era impensable que una persona muriese sola»

El forense, que ejerce en Ourense, constata que los casos de fallecidos que se encuentran después de varios días son más frecuentes en la ciudad


ourense / la voz

Ni deshumanización ni insensibilidad social, los casos siempre dramáticos de personas que mueren en la soledad de sus viviendas son una muestra del modo de vida actual, en opinión del responsable de la Subdirección del Imelga en Ourense, Julio Jiménez Feliz. Tampoco aprecia un aumento de episodios.

-No vemos repunte, aunque sí mayor sensibilización, sobre todo a partir de dramáticos antecedentes recientes, de fallecimiento repentino de cuidadores de personas con limitaciones graves de su autonomía, lo cual lleva a que los servicios sanitarios y sociales estén más pendientes para poder prestar atención urgente.

-¿Este problema afecta igual al medio rural y al urbano?

-Los casos de personas que encontramos varios días después del fallecimiento son más frecuentes en el medio urbano. El hecho de no coincidir con alguien durante unos días, en un edificio con muchos vecinos, no despierta sospechas: puede ser mera coincidencia, no hay tanta cercanía y se tarda en dar la voz de alarma, pues nadie se siente cuidador y se tiene más miedo que en el medio rural a la intromisión en lo personal, a llamar a la puerta, a preguntar a otro qué tal se encuentra. En el rural ese miedo a la intromisión es más laxo, lo cual tiene su lado positivo y negativo. En el rural los signos de alarma son más tempranos: alguien que no recoge el pan, que no abrió una ventana, que no apagó la televisión, que no salió a su hora habitual, es suficiente para que un vecino acuda a ver si pasó algo.

-¿Diría que hay un perfil en los casos de mayores que aparecen muertos en casa, después de uno o varios días?

-El más habitual es el de quien vivo solo sin familia cercana: pueden pasar días desde el evento dramático. Otra situación frecuente es la del desarraigado de su lugar habitual de residencia. Más dramáticos, pero menos frecuentes, son los fallecimientos inesperados del cuidador, con lo que la persona desvalida queda abandonada, sin capacidad de alimentarse ni pedir auxilio.

-Hace días, se conoció en Ourense el caso de una mujer de 90 años, que vive con un hermano octogenario que precisó atención hospitalaria urgente, con lo que ella quedó sola. Se cayó y pasó un día tirada en casa con una pierna rota, hasta que una sobrina alertó a la policía al pasar un día sin saber de ella. La llevaron a tiempo al hospital. ¿Qué le sugiere el suceso?

-Que vivir en habitáculos individuales y aislados tiene esos riesgos. Pero es lo que deseamos y lo que la sociedad nos propone: debemos cerrar la casa, no abrir a extraños, no dejar señales de que no estamos, poner alarmas,... Creo que la solución pasa por sistemas de comunicación o alerta a servicios asistenciales que sean más eficaces.

-¿Estamos tan deshumanizados que dejamos pasar señales de alerta? En el último caso de una mujer desaparecida en Ourense, algunas personas dijeron haberla visto en un estado que calificaron de «enajenada», pero nadie llamó a la policía.

-El miedo a la intromisión en la esfera privada es un lastre para situaciones en las que un ciudadano puede precisar ayuda. Se tarda más en ofrecérsela. No creo que sea deshumanización, sino modo de vida. No queremos que se invada nuestro espacio. En el rural, cuando las puertas estaban abiertas, serían casi imposibles casos como los que ahora nos preocupan.

-¿Ve alguna salida?

-Nos preocupa el afán de protección, que puede invadir derechos fundamentales, como la libertad de decidir dónde y cómo vivir. La judicialización de la vida personal está ahí. El afán proteccionista lleva a limitar la capacidad civil en aras de proteger la salud. Hablamos de esa persona mayor con ciertas limitaciones físicas, incluso deterioro cognitivo propio de la edad. «Foi onde nacín e é onde vou morrer», me dijo en una ocasión una anciana impedida para la ambulación. Los servicios sociales informan de las condiciones de habitabilidad, que pueden ser malas, de riesgos y de la escasa capacidad de ayuda externa. El afán proteccionista, ante la negativa al traslado a una residencia o a recibir asistencia por personal de atención a domicilio, lleva a veces a buscar la incapacitación como medida previa al geriátrico. Hacerlo contra la voluntad de alguien, aunque el objetivo sea protegerlo, es una privación de libertad. Una persona mayor, en situaciones de deterioro cognitivo inicial, pierde capacidad de memoria y atención, pero persisten los sentimientos y los deseos, sabe con quién y dónde quiere estar. No perdió su capacidad de decisión.

-Es decir, el juzgado tampoco va a ser la mejor solución...

-El sistema judicial no tiene medios para tratar estas situaciones. No es el organismo. Se dictan resoluciones, pero no propone pautas de apoyo, ni tratamientos, ni maneja dispositivos asistenciales. Es difícil. Creo que los servicios sociales deben exprimir todos los recursos a su alcance, pero no siempre la vía del ingreso involuntario es la más adecuada: normalmente es la más traumática como medio para tratar problemas sociales.

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