«Sois la mejor gente del mundo»

Las familias sirias de Sarria se adaptan a su nueva vida y agradecen haber recuperado la dignidad

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SARRIA / LA VOZ

«Cuando empezó la revolución [muchos sirios llaman «revolución» a lo que Occidente conoce como primavera árabe], la opinión de la gente se dividió en dos. Los mayores no veían nada bueno, pero los jóvenes creíamos que el presidente sería sensible a las protestas. Mi padre me dijo que no, que él ya había visto cosas en Hama. Allí, en 1982 el Gobierno sirio ejerció una brutal represión que causó miles de muertos; allí enviaron a mi padre a reconstruir las carreteras reventadas por los bombardeos. Y me contó que habían echado el asfalto sobre los cadáveres. A veces se levanta la tierra buscando desaparecidos, pero nunca se levanta una carretera. Si el padre de Bachar al Asad había hecho eso, el hijo no iba a hacer algo mejor, me decía mi padre. Yo entonces no lo creía, pero...». No puedo dar fe de la veracidad de este testimonio, expresado en árabe por Ghassan. Pero sí de la traducción efectuada por Fadila y de las lágrimas que brotaron durante el relato. Las de Fadila y las que se quedaron en los ojos de Ghassan, un sastre sirio de 30 años instalado con su familia, mujer y tres hijos, en Sarria desde mediados del pasado mes de julio.

Metralla y apendicitis

Ghassan, como su cuñado Bassam, forman parte del exiguo contingente de refugiados sirios que se han realojado en Galicia y que intentan darse una oportunidad tras escapar de un país en pleno proceso de autodestrucción. Hablamos en el local de la Cruz Roja de Sarria, el organismo que está tutelando el proceso de integración, mientras la prole de las dos familias, siete niños y niñas de entre 2 y 10 años, pinta, salta y corretea por la sala contigua. Bassam lleva un brazo en cabestrillo: una operación reciente en el hospital de Lugo para que le corrigieran el daño en un nervio producido por un trozo de metralla.

-¿Recuerda cómo ocurrió?

El hombre lo explica en árabe sin mucha pasión, como si fuera un accidente doméstico. Fadila traduce: «Fue un día que salió al balcón de su casa. Hubo una explosión. No sabe quién fue, si el ejército o los rebeldes. Siempre estaban disparando». Bassam, albañil, que en algún momento pensó que tendría una vida próspera y feliz en Homs, salió hacia el Líbano con su esposa y sus cuatro hijos, donde ya estaba Ghassan, el hermano de su mujer. El viaje, de unas tres horas en autobús, le costó 400 dólares: «Hoy piden 800 por persona», explica.

Ghassan también está recién operado. Una hernia producto de una operación de apendicitis no muy bien resuelta durante el periplo libanés. Allí no había guerra, pero las dos familias sintieron intensamente el aliento de la xenofobia. Y es que en Líbano tienen cuentas pendientes con los sirios por los años de ocupación, por el puño de hierro de la familia Al Assad. No fue fácil estar allí. Pero allí permanecieron durante casi seis años y allí nacieron tres de los siete niños que ahora andan por aquí. Bassam resume en una anécdota aquellos años: «Una vez me ofrecieron un trabajo en una casa. Yo dije que lo haría por 400 euros. Estuve tres días y tres noches trabajando para acabar rápido y poder buscar más trabajo. Cuando terminé, el que me encargó la obra, un libanés, me dijo que había acabado muy pronto, que en realidad el trabajo era muy fácil y que me iba a pagar menos. Solo me dio 250 euros. Nunca podré olvidarlo».

La palabra sobre lo que pivota todo en este asunto y que sale con alguna frecuencia en la charla es «dignidad». Es la sensación que perdieron y han recuperado, el motor de su agradecimiento. Ellos han visto por televisión la tragedia diaria de los refugiados ahogándose en el Mediterráneo o hacinándose en los campos: «Entiendo a la gente que se lanza al mar -dice Ghassan-. Si se quedan en Siria van a morir igual. Y en los campamentos están muy mal. Nosotros solo queremos vivir como seres humanos. Vivir con dignidad. Y aquí vivimos así. Sois la mejor gente del mundo».

Integración

En ocho meses, las dos familias sirias se han hecho bastante populares en esta villa de 13.000 habitantes donde ya se instalaron refugiados bosnios a finales del siglo pasado. Algunos todavía viven allí. «Debe ser por el Camino de Santiago. Por aquí pasa gente de todo el mundo», razona Antía, la asistenta social de Cruz Roja que se ha convertido en el principal enlace. Abdel Kafi, el mayor de los chavales sirios, es ya uno de los centrocampistas más prometedores de la Sarriana. Sus hermanos y primos están escolarizados en el colegio Frei Luis de Granada y algunos ya discuten sobre si el color de los limones es «amarillo» o «amarelo». En los próximos días empezarán también a cultivar una huerta en un terrenito que les ha cedido un vecino del pueblo. Semillas sirias en suelo gallego.

Cuentan que cuando estaban en Líbano no sabían nada de España. Ni, por supuesto, dónde les enviaría Acnur, la agencia de la ONU para los refugiados: «De España solo sabía que cerraban los comercios al mediodía para descansar», dice uno de los cuñados. Cuando al fin recibieron la confirmación de que España sería su destino, buscaron en Internet cosas sobre el país de acogida: la comida, la siesta, la tomatina de Buñol, el fútbol, por supuesto. Pero lo que más valoran hoy estas dos familias de aquella apresurada primera investigación es la atención médica. Fadila, que lleva ya muchos años viviendo en Galicia, les da la razón: «No hay otra igual».

En medio de la tranquila villa de Sarria, con una nueva vida por delante y con sus familiares a salvo, ¿piensan estas familias en regresar?: «En la situación actual es imposible volver, pero no pasa un día en que no lo piense», dice Ghassan. Su mujer, Marwa, que ha permanecido en silencio durante casi toda la conversación, interviene: «El día que la situación se arregle y cambie el Gobierno, nosotros estamos dispuestos a volver para construir una nueva Siria».

Hablamos sobre cómo pasará el tiempo, sobre si sus hijos, tan pequeños ahora, sentirán también ese impulso en el futuro y Ghassan explica cómo encontró un libro entre las pocas cosas que les acompañaron desde el Líbano. Un libro de cuentos de su hijo de seis años, con un mensaje escrito por él mismo: «Te quiero Siria. Y quiero volver». Tal vez lo haga.

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