Los narcos gallegos llevan 30 años liderando la importación de cocaína para proveer a Europa

Los clanes sudamericanos fían alijos a estos grupos, obligados a renovar sus cúpulas por la presión policial

El viaje hasta Galicia El viaje hasta Galicia

Ribeira / la voz

De la selva andina a la cubierta de cualquier cisterna de baño de discoteca. Un viaje incierto, y solo de ida, entre Sudamérica y Galicia, ya sea a través de sus muelles o su costa, o mediante los clanes gallegos del narcotráfico que tienen infiltrados a los contactos necesarios en puertos galaicos o nacionales, como Valencia o Barcelona, o europeos, véase los activos ejemplos de Róterdam o Amberes. Y siempre con el afán de descargar el preciado polvo blanco. Pero no todo está escrito en esta industria ilícita, aunque Galicia, de una forma u otra, casi siempre se acaba cruzando en el camino de las fuerzas del orden. Y así, de forma perenne, desde que aquellos arousanos que venían del contrabando del tabaco abrieron rutas y asentaron un nuevo mercado transoceánico que ya dura 30 años.

El último caso se vivió la semana pasada. Un importante alijo de 2,4 toneladas llegó a la cuna del narcotráfico en España sin contar con ninguna de sus organizaciones especializadas en el transporte de coca. El método, por resumirlo, sorprendió a los agentes más experimentados, ya que fueron los propios colombianos, a través del cartel de Los Boyacos, los encargados de zarpar por su cuenta al otro lado del Atlántico, llegar a la costa que en su día fue el fin del mundo y, sin que haya trascendido todavía la metodología, descargar la droga por sus propios medios dejando de lado a los clanes oriundos. Lo que sí aprovecharon fue la costa y sus secretos, conocidos en el país del café desde los tiempos de los grandes carteles, como el de Cali, que fue el que más relación tuvo con sus colegas de oficio en Galicia. 

Flotando

Las puertas de entrada a Occidente de la fariña más cara del mundo son varias, y de sobra conocidas por las décadas que llevan entreabiertas. Un resumen en forma de gráfico puede verse en la parte superior, aunque, como en todo, hay letra pequeña. La trama está clara, y las formas de ejecutarla, más. La droga llega flotando, principalmente, por la ruta de las Azores, ya sea en barcos pesqueros o veleros, aunque también triunfa, y mucho, el método de los contenedores almacenados en las bodegas de buques mercantes. Esta opción cogió fuerza hace unos 20 años por los continuos palos que recibían en alta mar las embarcaciones fletadas por particulares. El sistema funcionó y enraizó, en parte, por la reducción notable de los costes que implican estas operaciones.

Vigo y Marín son los puertos a tener más en cuenta en Galicia. En el caso olívico, cada año entran unos 70.000 contenedores, mientras que en Algeciras, 350.000. Entre los profesionales que se dedican a interceptar la codiciada mercancía existe la creencia de que si Vigo tuviera la misma carga de trabajo que Algeciras, entraría cada año más coca por ese muelle comercial que en el resto de Europa junta. ¿El motivo? Los contactos que los narcos gallegos tienen infiltrados en estos recintos portuarios y que colaboran, por una retribución acordada previamente, en la retirada del contenedor a la hora señalada y por la puerta pactada. 

Sistemas de acceso

Los que más saben de esto, por los años que llevan en el oficio y los confidentes y operativos que acumulan, aseguran que es tan importante, o más, el sistema para introducir los fardos como el puerto o la zona de descarga. Estos expertos en la lucha contra el narcotráfico, y que pertenecen a unidades especializadas de la Guardia Civil y de la Policía Nacional, lo ejemplifican de forma elocuente.

Imaginen que una gran empresa de alimentación compra, por ejemplo, la materia prima en Sudamérica. Al mes son miles de toneladas las que viajarían de forma regular en cientos de contenedores con una coartada aparentemente inmaculada. Pero si alguien de esa compañía decidiese mancharse las manos, resultaría casi imposible escanear cada depósito, al tratarse de una cantidad de contenedores enorme, además de porque hay otros objetivos menos pulcros que acaban poniéndose a tiro. Hablamos de empresas, muchas veces de reciente de creación, que hacen pedidos que no cuadran, o cometen otro tipo de errores que saltan a la vista.

Hace un par de años, en Vigo cayó un contenedor que escondía un alijo de 1,7 toneladas de coca camuflado entre cajas de atún. ¿Qué puso en alerta a la Policía Nacional? El cerebro de la operación pagaba en Sudamérica el atún a un precio más caro de lo que abonaría sin tener que salir del Berbés. En el caso de Marín, por ejemplo, lo más común es que la droga llegue camuflada entre fruta, que es la mercancía legítima procedente de Sudamérica que más se desembarca frente a la isla de Tambo.

En el caso de los alijos que llegan en pesqueros, y sin salir de Galicia, las áreas predilectas de descarga para las organizaciones criminales, siempre que la coca se cuantifique en toneladas, son las zonas de Muxía y Carnota. Esto responde, probablemente, a que los malos son conscientes de que los grupos policiales dedicados a la lucha contra el narcotráfico tienen sus bases a una distancia considerable. Por ejemplo, el Greco (Policía Nacional) y el ECO (Guardia Civil) están a una hora y media en coche, como mínimo, lo que dificulta, y mucho, la acción policial. Lo más cercano sería la Udyco o el EDOA de A Coruña (Policía Nacional y Guardia Civil, respectivamente), pero no cuentan con medios humanos ni técnicos necesarios para frenar el narcotransporte. 

Más peones que patrones

En Galicia hay muy pocas organizaciones (tres o cuatro, como mucho) que tengan capacidad para adquirir coca en grandes cantidades y, además, cuenten con la infraestructura necesaria. De hecho, en los últimos 15 años, los clanes gallegos actúan como organizaciones dedicadas exclusivamente a la descarga y almacenamiento de la droga; por estos cometidos suelen cobrar un 30 %, generalmente en especie. Antes de que se produzca la descarga, el cartel que envía la droga traslada a un emisario a España para supervisar que todo se realiza correctamente y, en el caso de que detecte algún tipo de problema, señalar a los culpables. Otra realidad, que va en el ADN de los narcos gallegos, es su rechazo a relacionarse con otras mafias. Son organizaciones herméticas donde es prácticamente imposible entrar, pero mucho más difícil salir sin consecuencias.

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