El drama de los emigrantes estafados

La Voz destapaba una trama de falsos pasajes gratuitos para Cuba. Las víctimas del «engaño más indigno» terminaban en un barco rumbo a Sudáfrica


Redacción / la Voz

Lunes, 8 de octubre de 1900

«Pululan al presente por los pueblos de Galicia nubes de agentes, que no se conoce bien qué órdenes obedecen, ni si responden exclusivamente a propias iniciativas, que ofrecen el oro y el moro a los incautos labriegos, contratándolos, o enganchándolos, mejor dicho, como mulas de reata, para ir a trabajar a unas minas de Daiquiri (Cuba) [...]. Y el hecho criminal e intolerable es que [...] los desdichados cuya buena fe es sorprendida por esos reclamos pomposos no son llevados a Cuba, sino al Transvaal». De esta forma denunciaba La Voz la existencia de una trama que, sirviéndose de engaños, se dedicaba a enviar mano de obra galaica a Sudáfrica.

Semanas antes, había informado de la intención del Gobierno británico de promover la emigración -«siempre que sean agricultores»- a la colonia del Cabo. Se ofrecía pasaje gratis y «ciertas ventajas». El cónsul inglés explicaba en el periódico: «En el cabo de Buena Esperanza se cultiva la viña en grande escala, y necesitando de peritos en este ramo de agricultura, es natural que el Gobierno del Cabo hiciese gestiones para obtener esta clase de gente de un país como España, en donde la uva tiene tan justa fama».

Proyecto desbaratado

El plan de reclutamiento sería un fracaso. En aquel momento, lo poco que se sabía de Sudáfrica era que allí se libraba una lucha entre británicos y bóeres, por lo que «la idea de que los hombres que emigraban eran llevados para la guerra por los ingleses cundió velozmente por parroquias y aldeas». De ese modo, el temor desbarató «los proyectos de encauzar la emigración hacia aquellas apartadas regiones».

Y de ese fiasco nació una «escandalosa estafa, en gran escala realizada». «Toda vez que el mal éxito coronó la empresa, se trata de darle cima, no sabemos por quién, apelando al engaño más indigno», decía La Voz. Se había consumado ya un primer viaje: «A Vigo han sido llevados en los últimos días del mes anterior, como manada de ovejas, los infelices que fiados de halagadoras promesas se decidieron. [...]. De allí salieron en un buque mercante para Leixões (Portugal), en donde transbordaron a un trasatlántico inglés».

Pero «la prensa de Madrid recogió e hizo suya la denuncia de La Voz, y fue general el clamoreo de protesta contra tamaña indignidad, hasta el punto de que hallándose dispuesta para salir de Vigo [...] una segunda expedición de infelices gentes engañadas [...], juzgaron prudente sus organizadores suspenderla o aplazarla en vista del mal cariz que tomaban las cosas». En un abrir y cerrar de ojos, «la turba de agentes y ganchos que por nuestros campos y aldeas pululaba reclutando gente [...] desapareció [...] levantando el vuelo como bandada de cuervos».

«Una burla infame»

Desaparecieron, pero tras de sí dejaron una legión de desesperados. «A La Coruña llegan desde hace algunas semanas, como llegarán a Vigo, como acudirán, sin duda a Carril o a algún otro puerto gallego, bandadas de emigrantes, hambrientos, desarrapados, que preguntan, sin poder puntualizar nada, porque no tienen referencias exactas (¡bien se han cuidado los estafadores de no soltar prenda!), cuándo sale el barco que los ha de llevar a Cuba gratis». Acudían también «tratando de recoger las cantidades que para arreglo de papeles se les exigieron por los ganchos». En vano, claro está.

El periódico describía escenas patéticas, protagonizadas por «familias enteras, arrancadas de cuajo de apartados lugares del terruño», que formaban un «mísero hato de engañados» que acudía a los muelles y se desparramaba por los malecones «tendiendo ansiosamente la mirada a lo lejos para ver abocar al puerto el buque que gratuitamente ha de llevarlos a playas más hospitalarias, poniendo fin a sus cuitas. Y el buque, verdadero ‘‘buque fantasma’’ para los desgraciados, no aparece [...]. Entran y salen otros muchos en el puerto, llevándose la esperanza de los que aguardan, que se desvanece como el humo de los trasatlánticos al perderse a lo lejos».

«Y desilusionados ya, comprendiendo que han sido objeto de una burla infame, allá vuelven los desventurados a su lejana aldea, mendigando por los caminos, azotados por el viento y la lluvia...».

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