«Lo peor es tener que ir de faro en faro en las noches de temporal»

La torre es su casa. Fue ahí donde se enamoró y donde tuvo a sus hijos, pero pronto tendrá que jubilarse e irse

La primera (y última) farera de Cabo Vilán Cristina Fernández se convirtió en 1972 en una de las primeras mujeres fareras de España. El mítico faro camariñán es su casa desde hace más de cuatro décadas. En él se enamoró y tuvo a sus hijos... Nos cuenta alguno de sus secretos.

Redacción / La Voz

Cuando alguien piensa en un farero, se imagina una persona solitaria, parca en palabras. Todo lo contrario a como es Cristina Fernández Pasantes, farera de cabo Vilán, una de las pocas mujeres que se dedican a este honorable oficio que ya está en peligro de extinción. Ella siempre se dirige al faro como cabo Villano: «Ese es su nombre, aunque después, por la isla que hay detrás que se llama isla de O Vilán, la gente empezó a decir cabo Vilán», asegura sin que en nuestro ánimo esté llevarle la contraria. Porque el faro ha sido siempre su casa. Allí fue donde se enamoró del que luego fue su marido. Allí tuvo a sus tres hijos y allí es donde su nieta Manuela pronunció sus primeras palabras: «¿Sabes cuáles fueron? Mar y faro», explica con la voz quebrada por la emoción de recordar ese momento. Allí es donde regresan sus hijos, casados ya, a pasar el fin de semana. Es su hogar. Lo ha sido siempre. Y así lo considera: «Aunque sé que algún día, cuando me jubile, tendré que irme», comenta con cierta resignación. Prefiere no pensar en ello y con solo unos minutos de conversación es fácil concluir que retrasará ese momento lo más que pueda. Sobre la edad que tiene, no quiere ni hablar: «Es un secreto, pero ahí estoy», responde bromista. Y ahí lleva desde hace la friolera de 43 años.

Fue su marido, cuando eran novios, quien la animó a presentarse a las oposiciones de 1972. Él, que era hijo de torrero y vivía ya en el faro, le enseñó el oficio y las entrañas de la torre. Junto con ella, aprobaron otras dos mujeres, y se convirtieron en las primeras fareras de España.

Muchos temporales ha visto Cristina. Ella, que se encarga del mantenimiento de todos los faros desde Laxe hasta Fisterra, detalla que el último fue horrible: «Tuve que ir de faro en faro por la noche y había árboles tirados en la carretera. Siempre digo que lo peor es eso. Esas noches de servicio son demasiado largas. Luego, cuando estás en el faro, ya te sientes en tu propio hábitat. Aparte de las averías de los servicios, pueden surgir otras, como en el caso de este último temporal, que llegué a la sala de servicios de Fisterra y parecía una piscina. Había cristales de las ventanas rotos... Es otra incidencia que también tienes que subsanar rápidamente para que no se estropeen los equipos», explica.

Reconoce que siempre ha tenido grandes satisfacciones en estos 43 años de servicio. Pero lo que más le gusta es enseñar a los niños el funcionamiento de los faros. Incluso ha creado una asociación, O Eón dos Faros, que persigue divulgar su cultura y su esencia, así como su entorno. Es por ello por lo que ve con muy buenos ojos la iniciativa de Puertos del Estado de fomentar el uso turístico de estos edificios. Pero no todo ha sido mar en calma y hay sucesos que no olvida: «Hace unos años naufragó una barquita un día de niebla, aquí debajo de Villano. Había tres marineros y uno de ellos no sabía nadar. Sus compañeros dejaron que el que no sabía nadar se agarrara a la barca para que el mar lo fuera llevando, mientras los otros dos decidieron ir nadando a tierra, pero la niebla los confundió y murieron. El otro se salvó. Yo los conocía. A uno de ellos le había enseñado a leer cuando era niño. Y lo tengo ahí grabado, pero no pude hacer nada. Si ves algo, avisas a Comandancia de Marina, pero muchas veces ni te enteras. Los fareros no nos comunicamos con el barco, solo damos la señal al navegante», asegura esta mujer que después de tantos años ya no tiene miedo a estar sola: «Para mí es libertad. Tienes que amar la profesión y amar el entorno para que no sea duro. Nadie te presiona, eres libre aunque tienes mucha responsabilidad porque hay vidas en juego», asegura esta mujer en calma que vive entre tempestades.

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