Déficit de ascensores en Galicia pese a que se instalan mil nuevos al año

Los edificios sin este servicio, en una comunidad envejecida, son mayoría

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redacción / la voz

El año pasado se instalaron en Galicia 1.164 ascensores. ¿Son muchos, son pocos? «Son muchos», responde Ángeles Ríos, presidenta de AEGA, la asociación que agrupa a las empresas instaladoras de estos equipamientos con presencia en Galicia: «Resulta muy difícil saber cuántas personas hay que, pudiendo tener un ascensor, no lo tienen. Pero lo que es seguro es que en Galicia hay más edificios sin ascensor que con él».

La radiografía social de Galicia apunta a que el ascensor es algo más que una comodidad. El envejecimiento de la población convierte muchas veces las escaleras en enemigo: «La crisis provocó que, de trabajar sobre todo en obra nueva, las empresas se hayan dedicado estos años a colocar equipamientos en edificios que carecían de ellos. También en viviendas unifamiliares. Lugo es la provincia donde más demanda tienen este tipo de elevadores, señalan desde AEGA.

Revalorización

El ascensor no solo es un alivio para las piernas, también tiene la capacidad de revalorizar el inmueble. Normalmente, el precio de un piso sube alrededor de un diez por ciento cuando dispone de elevador. Claro que normalmente no resulta un trámite sencillo: «Conocemos casos en los que han pasado siete años desde que un vecino llamó para interesarse hasta que el ascensor funcionó», señala Ángeles Ríos, pero añade que no es lo normal. El principal problema suele ser el acuerdo entre los vecinos de la comunidad para sufragar la obra: «Normalmente, los que llaman son los que viven en los pisos más altos», admite la presidenta de AEGA, que añade: «Son proyectos que necesitan que alguien se ponga al frente: o el presidente o algún vecino».

Otro problema son las licencias, obligatorias para cualquier instalación. Según la dificultad de la instalación, mayor complejidad en la licencia. Su expedición es, en cualquier caso, inevitable.

Una inversión muy variable que va desde los 30.000 a los 100.000 euros

En función de las características del edificio, la dotación del ascensor puede ser una obra más o menos costosa. Hay casos, explican en AEGA, en los que el propio constructor ya dejó previsto el elevador y su montaje es relativamente sencillo. En otros, hace falta una obra de envergadura, Así, es difícil hallar una media, pero casi nunca bajan de 30.000 euros. Y en otros casos superan ampliamente los cien mil euros.

¿Hay ayudas? «Sí, pero casi nunca llegan a nada», contesta la presidenta del colectivo que agrupa a las empresas del ramo en Galicia. En cualquier caso, la Xunta acaba de publicar una nueva edición del plan renove de ascensores que ha dotado este año con 1,7 millones de euros. Estas ayudas económicas pueden cubrir hasta un 50 % del coste de la instalación, con un límite de 10.000 euros por ascensor y 20.000 euros por comunidad. Según los datos de la propia Xunta, las dos ediciones anteriores de este plan renove ayudaron a la ejecución de 240 proyectos y supusieron la movilización de 6,6 millones de euros.

El extraño caso de la plaza de la Cantiga

En el barrio de As Camelias de Ourense, un ascensor a medio hacer tiene en jaque a los vecinos de una comunidad. El elevador se construyó exteriormente en la plaza, otros vecinos denunciaron y un tribunal acabó dictando su retirada. Los recursos han paralizado la construcción y los vecinos han perdido la subvención que en principio recibieron para financiar el proyecto. Así que ahora tienen la obra a medio hacer, una sentencia en contra, la subvención por devolver y encima siguen sin ascensor. foto miguel villar

«Hay catro anos que meu pai non sae á rúa»

Pontepedriña es un barrio al sur de Santiago, formado por bloques de viviendas de cuatro alturas levantados en la segunda mitad del siglo pasado y ordenados en calles con nombres de pueblos gallegos (Samos, Ordes, Portomarín...). No hay ni un triste ascensor. Y el 25 % de sus habitantes, la mayoría jubilados, viven en un cuarto: «Meu pai hai catro anos que non sae á rúa», dice Francisco Rey, de 49. Vive con sus padres de 82 y 80 años, que han ido viendo como el cuarto sin ascensor en el que han pasado su vida se ha convertido paulatinamente en una cárcel: «O médico vén a casa e cando teñen que facerlle unha análise veñen tamén», cuenta Francisco, que añade que lo peor es cuando lo tienen que llevar al hospital. Las escaleras no son tan cómodas: «Baixar, baixan ben. Pero para subir...» y sopla.

El padre no sale y la madre malamente: «Ten que baixar cunha muleta e moito sufrimento», dice su hijo. Pero la señora, que superó un infarto hace unos años, tiene que caminar lo que pueda para que su corazón mantenga un umbral de funcionamiento. Aunque quizás podría hacerlo sin tener que subir cuatro pisos.

Francisco explica los problemas de la falta de ascensor desde el rellano y señala a la pared por la que podría entrar un elevador exterior: «Costaría uns 120.000 euros, polo que comentan». Dice que la mitad la podría aportar el Ministerio de Fomento y que ya han ido por allí técnicos del Concello. El problema es la otra mitad.

72 escalones

Para llegar a casa de Francisco he tenido que subir 72 escalones, que no está mal. «Yo tengo que subir 56 y ya le digo que sin bastón no subo», me dice una mujer a la puerta del local social del barrio antes de que abran. La llave la tiene doña Concha, que está al caer. Mientras llega, la señora explica que a ella le lleva su buen cuarto de hora subir al cuarto, pero que conoce a otra que antes de media hora no llega. No es de extrañar que salgan de casa lo justo. Sin embargo, el problema que supone la falta de ascensores no es lo que más preocupa o, mejor dicho, no preocupa a todos por igual: «E eu, onde meto o ascensor? No salón?», interviene una vecina que, de camino a casa, se para con nosotros. «Claro, eso lo dices porque tienes buenas piernas», le contesta la del bastón. En poco tiempo se ha formado un debate en toda regla sobre una cuestión que no es nada nuevo y que probablemente se repite con frecuencia en toda Galicia: «¿De dónde saco yo siete mil euros con estas pensiones que tenemos?».

Derrama por derrama, hay otra señora que opina que prefiere invertir en el arreglo de las fachadas y las cubiertas, por las que, según dice, entran humedades. Y doña Concha, que ya ha llegado pero ha dejado que el debate fluyera, ofrece su sabia sentencia: «Non se poden ter todas as conveniencias».

«Vellos xa quedamos poucos», apunta otra vecina, que recuerda a las demás cómo escapan los estudiantes cuando averiguan que el piso que pretenden alquilar no tiene ascensor: «Primero hai que arranxar a cabeza, e logo xa se arranxarán os pés», tercia una de ellas, que ya no quiere quedarse más a prolongar la conversación. Se nota que el tema desgasta y que tiene un difícil punto de acuerdo. No muchos metros más allá de donde se desarrolla esta conversación sin fin, un señor de 82 años mira hacia la calle como cada día desde hace cuatro años, desde que supo que ya no podría salir de casa por sus propios medios.

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