La estresada patrulla de Policía en un concello con plantilla insuficiente: «No estamos muy bien valorados»

Con casi un tercio de los trabajadores fuera de servicio, los municipales de Sada no dan abasto


Sada / La Voz

Diez de la mañana. Cuerpo de guardia de la Policía Local de Sada. El inspector me recibe tras mostrar sus suspicacias: «Hoy no es muy buen día. Tenemos muchísimo trabajo». En realidad, casi siempre lo tienen. La plantilla la forman 14 guardias, un oficial y un inspector, es decir, 16 personas. Pero desde hace algún tiempo y por circunstancias diversas, solo hay once: «Un administrativo se pone de baja y en 15 días entra un sustituto de una lista de reserva, pero en nuestro caso es imposible», se queja el inspector. Al poco llega la patrulla con los dos policías y ya está en jefatura el cien por cien de los efectivos disponibles para esa mañana. Y, como dice el jefe: «Por la mañana ocurre todo».

Antes de volver a la calle, la patrulla arregla un confuso episodio relacionado con la propiedad de un perro, una abogada y las que parecen ser unas denuncias falsas. Los implicados se van y nosotros también. El destino del vetusto Seat Córdoba en el que nos desplazamos es una parroquia donde una tala dejó la tarde anterior sin luz a un vecino. La patrulla la forman un policía veterano, con más de 25 años en el cuerpo y otro más joven, pero ya con un decenio de uniforme. Mientras empezamos a hablar, el más joven detecta una moto cuyo conductor no lleva casco:

-¿Has visto?

Y ¡zasca!, acelerón, rotonda y persecución. La moto no se para, así que la patrulla enciende la sirena y ahora sí: «Sí, ya sé, ya sé que voy sin casco, pero tiene explicación», empieza a argumentar el conductor. Lo tiene mal, porque el policía va decidido a denunciarlo, pero el hombre explica que se le ha averiado la cerradura de la maleta y que iba «ahí mismo», que es donde vive. Alega también que le van a quitar puntos por eso y es conductor profesional... «Hay que aplicar las normas, pero también hay que aplicar un poco de sentido de la proporción», reflexiona luego en el coche el guardia más veterano.

Por el camino, los dos funcionarios dan detalles de las dificultades que supone la merma de efectivos, la acumulación de turnos, menos tiempo para la familia... En su caso, tienen una jornada semanal de 35 horas, normalmente reducida por la turnicidad. Así debería ser pero, con esta escasez de efectivos, las cosas son distintas. En la zona de la tala, resulta que el remolque en el que están cargando los troncos ni siquiera tiene matrícula. O sí. El currante se apresura a sacar la matrícula, inopinadamente oculta. Todo en orden. Siguiente parada, la calle peatonal del pueblo donde dos vehículos permanecen estacionados: «Son reincidentes -explica el policía joven-. Uno es un señor de edad que otras veces me ha dicho que hasta que no acabe el café, no mueve el coche». La broma le va a costar esta vez, al menos, cien euros. Los guardias cubren las denuncias, las dejan sobre el parabrisas y volvemos a ponernos en marcha. Cuando sugiero que alguno habrá que maniobre por detrás para que le quiten la multa, ambos guardias niegan con firmeza. «Eso hace muchos años que ya no pasa. Cuando se firma la denuncia, ya no hay marcha atrás».

Enfilamos para otra parroquia donde un vecino ha denunciado que unas obras han manchado la pista de acceso. Vamos a comprobarlo. «No, no estamos muy bien valorados», reflexiona por el camino el policía más joven. Su compañero le da la razón: «A mí me gusta mi trabajo, pero es verdad que a veces deja mal sabor de boca». Un policía local, recién llegado al cuerpo, cobra unos 1.300 euros. El que charla conmigo acumula ya ocho trienios: «Y no llego a los 1.600... Pero no hago noches». La pista, efectivamente, está lleno de barro, así que los policías le recuerdan al responsable de las obras que el camino no es de ellos, que es del concello y que tienen que limpiarlo. «Si a la una no está limpio, les denuncio».

Mientras dura la patrulla, el móvil va sonando: «Policía local, dígame». Todas las llamadas al servicio se desvían al teléfono que llevamos en el coche, porque el inspector ha tenido que salir a hacer otros trámites. Cosas de la escasez de personal. A las afueras de la villa, la patrulla acude a confirmar que un condenado a arresto domiciliario está efectivamente en casa: «Los primerizos están siempre; los reincidentes, no tanto», aclara el guardia veterano. Aún iremos a controlar el tráfico en una obra municipal, a atender un colegio, denunciar una conducción temeraria y algunas cosas más que ya no caben en esta crónica, desde luego mucho más corta que la estresada jornada de la Policía Local de Sada.

Un cuerpo que ha cambiado radicalmente su tarea en 30 años

El inspector de la Policía Local de Sada, José Pedreira, acumula ya 37 años en el cuerpo: «En 1980 éramos tres policías. No teníamos ni competencias de tráfico. Sada tenía 5.000 habitantes». Hoy tiene 16.000, que prácticamente se duplican en verano. Y las competencias de la policía local lo abarcan casi todo. El trabajo ha cambiado radicalmente: «Nosotros somos la primera policía que llega. Y, aunque no tengamos competencias en algunas cosas, mucha de la información que maneja la Policía Nacional o la Guardia Civil parte de nosotros. Sabemos desde dónde se compran carnés falsos hasta dónde se vende heroína», explica uno de los miembros del cuerpo, que también incide en lo ingrato que es a veces el trabajo: «Si estás porque estás, y si no estás porque no estás».

No solo multas

Naturalmente, a nadie le gusta que le multen, pero otro de los guardias añade que, otras veces, el ciudadano que critica es el que recibe la ayuda de uno de los policías, así que lo uno por lo otro. ¿Y la gente, como se lo toma?: «Te cuentan de todo, porque la gente, en estos casos, es muy mentirosa». Uno de los guardias recuerda que en uno de sus primeros servicios, dirigiendo el tráfico, un vehículo se puso a pitar en un atasco: «‘‘Es que me está dando un infarto’’, me dijo el conductor. Pues entonces voy a llamar al 061, le contesté». No era verdad, claro. El hombre estaba sano, solo tenía prisa, pero el policía no se ha olvidado del rostro de aquel individuo.

Dicen los funcionarios que el trabajo ha cambiado mucho. Que hay más violencia, de género también. Que a veces tienen que ver cosas demasiado desagradables, pero se nota que en el fondo les gusta lo que hacen: «Sí ?admite uno de ellos?, pero con algunos medios más, podríamos hacer las cosas mucho mejor».

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