Con los que resisten en la calle

Pese al frío, algunos indigentes prefieren seguir a la intemperie que pernoctar en los refugios

Con los que resisten en la calle Pese al aumento del frío, varios indigentes prefieren seguir a la intemperie que pernoctar en los refugios

redacción / la voz

Son las once de la noche en A Coruña. El termómetro marca siete grados y la luna llena no se ve porque la tapan las nubes que descargan de forma intermitente una lluvia desagradable y fría. Hace una noche para estar en casa. Si tienes una casa. Antón (esta es una crónica de nombres ficticios pero personas reales) no la tiene. O sí: «Ahora estoy con un particular. En un piso». Lo cuenta a la puerta de una farmacia en el centro de la ciudad. Su lugar de trabajo. «¿Hasta qué hora me quedo? Pues hasta que saque para el bocadillo. A veces no me voy hasta las dos de la mañana». El hombre, que dice tener 71 años, se explica mientras da cuenta de dos vasos de caldo y otros dos de chocolate con bollos. Estaba esperando a los chavales de Boas Noites, un grupo de voluntarios que cada noche de viernes salen a las calles a confortar a los sintecho con alguna comida caliente y conversación. Antón es diabético. Ha perdido casi toda la visión y varios dedos de los pies. Lo cuenta entre los sorbos que le da al chocolate que, sin duda, le está subiendo más la glucosa. Cuestión de prioridades, supongo. Antes que comer sano el cuerpo te pide simplemente comer: «Esto no es frío, hombre. En mi pueblo llegábamos a ocho bajo cero. Y más». Así que Antón, jersey, gabardina y un gorro de lana del Dépor, se limpia los restos de chocolate de la tupida barba, agarra su muleta y su vaso de plástico con el fondo de calderilla y se pone a trabajar.

Segunda parada. En A Coruña no hay ríos, pero Pedro vive debajo de un puente. Uno grande. Y ruidoso. Cada acelerado que pasa por Alfonso Molina (y pasan unos cuantos) deja una estela de ruido que sobresalta a cualquiera. «Sí, es muy ruidoso. Pero es que a mí no me gustan las normas». Esa es la conclusión de un rato de conversación con este hombre que dice tener 45 años y llevar ya 18 ahí instalado: «18 no lo sé, pero que lleva ya unos cuantos, te lo aseguro. Por lo menos, seis», aclara Suso, uno de los voluntarios más veteranos.

Pedro sabe que viene el frío, pero no parece preocupado: «Tengo dos mantas ahí arriba». Se refiere al ángulo entre el talud y el puente, su refugio. Admite que es mejor un saco de dormir, pero no tiene. Lo tuvo. «No se pueden tener muchas cosas. Ya ves, no tenemos nada y aun así viene alguien y te lo roba», se queja. El albergue, cualquier albergue, no es algo que este hombre tenga en cuenta: «No. Allí intentan cambiar tu forma de ser. Tú me entiendes, ¿verdad?». No sé si lo entiendo, pero digo que sí. Y Pedro, acabado el chocolate, da un salto para encaramarse al talud que lo lleva al ángulo desde el que intentará resistir la ola de frío.

En los soportales

El grupo viaja hasta el entorno de Riazor para presentarme a Manuel, un sevillano que no quiere ocultar ni su nombre ni su imagen: «Me da igual. Lo único que me preocupa es que me echen de aquí». Está instalado en unos soportales con un colchón, varias mantas y unas láminas de contrachapado bajo las que guarda sus cosillas. Tampoco le tiene miedo al frío: «Yo no me voy a morir. Al fin y al cabo tengo una paga de 426 euros. Si la cosa se pone muy mal, me iré al albergue».

Manuel tiene un discurso sereno que suena a verdad. Dice que se encuentra allí «por culpa de un fracaso». Que se perdió y que estuvo dando tumbos hasta recalar en A Coruña. Admite tener problemas con el alcohol, pero no siempre. «Mira», dice levantando una de las láminas de madera: «Si fuera alcohólico, tendría un cartón de vino aquí, ¿no?». No hay vino. En realidad no hay casi nada. Asegura que es licenciado en Historia y que sabe muy bien lo que se dice: «No hace falta tanto para sobrevivir. En el siglo XVII, con cuatro galletas gobernaban un barco. Lo único que digo es que no hay derecho a que con treinta años cotizados tenga que verme en la calle y con una paga de 424 euros».

Pedro, 59 años, la última visita que haremos esta noche, tampoco piensa irse al albergue: «Con unos cartones te puedes hacer un buen parapeto. Y con el saco que tengo de momento es suficiente. Y sé lo que digo, porque este es el segundo invierno que paso en la calle. Pero si no me queda otra solución... iré al refugio». Solo si no hay más solución.

Una problemática que afecta básicamente a los varones

«De la gente que atendemos, solo un 15 % son mujeres», admite María, una de las voluntarias responsables del programa Boas Noites, una iniciativa vinculada a la parroquia de San Francisco. Estos chavales, muchos de los cuales apenas han alcanzado la mayoría de edad, conocen a fondo ya lo que les gusta y lo que no al singular colectivo de personas que han convertido la calle en su hogar, si es que se le puede llamar así. Saben que Pedro no baja de su rincón del puente a partir de cierta hora o que conviene empezar por Antón antes de que desaparezca.

«La comida solo es una forma de romper la barrera de la desconfianza», explica María. Y funciona. La conversación se prolonga con una cierta facilidad cuando se tiene un vaso caliente entre las manos. Aparecen viejas anécdotas, historias mil veces contadas o simplemente las noticias de la calle, las que nunca salen en los periódicos. Como la que desvela Antón, cuando le preguntan por otro indigente de la zona: «Murió el sábado», explica ante el estupor de los chavales: «Cuando llegó al hospital, ya había muerto. Estaba muy delgado, no comía nada. Tenía algo en el estómago, ¿sabes? Le daban comida y la vendía». Son las cosas de la calle, la tragicomedia cotidiana donde siempre hay más de tragedia que de comedia. Y casi siempre es cosa de hombres: «Cuando la mujer está en la calle, es que se encuentra ya muy desgastada», comenta otra voluntaria: «Algunas hasta se esfuerzan en no parecer mujeres. Para protegerse». El frío sin duda es un problema, pero para la mayoría de los sintecho es el problema pequeño. Una manta más o hacer de tripas corazón para ir al refugio solucionan la papeleta. Hay otras muchas carencias para las que casi nunca encuentran consuelo. Vuelve a llover, arrecia el mal tiempo. Yo me retiro. Ellos se quedan.

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