Roban en una iglesia de Porto do Son las dos campanas de bronce para venderlas fundidas

Los ladrones se llevaron también el yugo sin dejar testigos. Todo junto alcanza un peso de unos 500 kilos

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Roban en Porto do Son unas campanas de media tonelada La parroquia de San Benito de Seráns lleva más de un mes sin campanas. Fueron robadas el pasado 18 de noviembre a pesar de que pesan más de 500 kilos

RIBEIRA / LA VOZ

La iglesia de San Benito de Seráns es uno de tantos templos gallegos que, por la despoblación de las zonas rurales y la falta de sacerdotes de nueva generación, se ha quedado sin feligreses y con un cura que atiende más parroquias y obligaciones en la zona. El encargado de abrir la capilla varios días por semana es José Sanlés, un vecino que, además de dar catequesis, se encarga de mantener todo en orden. Una mañana, Sanlés se encontró tiradas en el suelo las cuerdas de las dos campanas que, desde su construcción, coronaban el campanario. La sorpresa fue, dice este vecino, que al mirar hacía arriba las campanas ya no estaban.

La iglesia de Seráns se encuentra a los pies de una pequeña aldea, con el mismo nombre, de la parroquia de San Pedro de Muro, en Porto do Son. Sanlés informó de lo ocurrido al párroco, que, a su vez, le pidió que notificase los hechos a la Guardia Civil. Desde entonces, y tal y como recordaba ayer el mismo Sanlés en compañía de Aurelio Parada, sacerdote jubilado de Seráns que también ayuda a mantener el templo y la casa rectoral (hoy dedicada a la catequesis), no han vuelto a tener noticias de la sustracción de las campanas, que están hechas principalmente de bronce, y fueron robadas casi seguramente para fundirlas y lucrarse con los beneficios que puede aportar la venta de este metal.

Principal incógnita

Lo que resulta una incógnita es el método utilizado para desmontar las dos campanas y el yugo al que estaban acopladas, ya que, tal y como recordaban ayer Sanlés y Parada (que publicó un completo estudio sobre la historia del templo), todo junto pesa unos 500 kilos. «Nosotros creemos que tuvo que ser más de una persona la que realizó el desmontaje, ya que se trata de un trabajo complejo para el que además sería necesaria una grúa por lo mucho que pesa todo».

Una vez desmontados, los autores de la sustracción necesitaron trasladar las campanas y el yugo hasta el vial que rodea la iglesia, y que está a unos diez metros del templo. Además, es muy complejo introducir un vehículo hasta la misma puerta de la capilla. Un factor a favor de los autores del delito es que el templo se encuentra en una zona apartada, a unos 400 metros de la aldea y sin demasiados puntos de luz por la noche, motivo por el que nadie aseguró, hasta la fecha, haber visto a los cacos en acción.

Recuerda Aurelio Parada que las campanas fueron hechas hace unos 70 años, cuando él era de monaguillo (luego ejerció de cura 55 años). «Era eu pequeno e o párroco que había naquel momento mandou facelas novas en Caldas de Reis. Dende entón estiveron sempre as mesmas ata agora, que xa non temos nada. O templo xa só ten misa unha vez ao mes, e agora, sen campás, danos moita pena ver que todo vai a menos. Somos moitos os veciños que puxemos cartos dos nosos petos para ter isto decente e con luz».

Investigación abierta

La denuncia tramitada en el puesto de la Guardia Civil de Porto do Son ha dado pie a una investigación que es competencia de una unidad provincial dedicada a delitos contra el patrimonio histórico, tal y como explicaban ayer las fuentes consultadas en el instituto armado. De hecho, el seguimiento de las campanas se está haciendo a nivel autonómico.

Una pista sobre la que se trabaja está relacionada con el robo de una grúa el mismo 18 de noviembre en Porto do Son, y que pudo usarse para mover las campanas. Lo que tienen claro en la Guardia Civil es que la motivación del robo pasaría, en primer lugar, por la fundición de ambos objetos pesados, para lo que resulta necesario un horno especial. Este trabajo, según las mismas fuentes, podría haberse hecho en alguna instalación clandestina que no resulta fácil localizar. El destino final del metal, para los investigadores, resulta evidente y pasa por su venta, sobre todo por lo complejo que resulta rastrear cualquier metal una vez fundido.

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