María Victoria Carreira: «Sin espectadores no habría peleas»

«El sistema sobredimensiona los conocimientos y minusvalora las emociones», critica esta psicopedagoga experta en acoso escolar


Redacción / La Voz

Victoria Carrera es experta en acoso escolar. Dedica un cuatrimestre anual a formar a los futuros maestros que estudian en la facultad de Ourense sobre las características de esta lacra. La difusión de las peleas juveniles de Lugo también le ha llamado la atención.

-¿Ha visto el famoso vídeo de las peleas de Lugo?

-Sí, sí.

-¿Y qué le sugiere?

-Sin conocer la noticia a fondo, yo creo que apunta a un fenómeno que no es nuevo: la exhibición de poder a través de la violencia física, algo que forma parte de la construcción de la masculinidad. Lamentablemente aún se socializa así a niños y adolescentes. Lo que vemos es como un teatro; sin los que miran, toda la escena no tendría sentido. Los que asisten, no solo aceptan sino que ponen en valor esa violencia. Además, la escena es grabada y difundida más allá del espacio físico, con lo que alcanza a un número incontrolable de público.

-¿Quiere decir que sin público no habría pelea?

-Desde luego. Es el público el que da pie a ese tipo de comportamientos. A través de esas peleas se adquiere el estatus, porque no te lo puedes dar tú mismo; te lo dan otros. Estas peleas son una exhibición de la masculinidad. Sin espectadores, no habría peleas.

-Sin embargo, en la escena hay chicas y vemos con frecuencia también peleas de chicas.

-Esto, aparentemente, no es un caso de acoso escolar, pero en esos casos se aprecia bien la diferencia. Aunque hay episodios de violencia física, excepciones en los estereotipos, la violencia física no es lo más habitual entre las chicas. Ellas lo hacen a través de lo que llamamos agresión relacional, una violencia más indirecta y sutil que consiste en manipular las relaciones del grupo con maledicencias, chismes...

-Esto no es acoso escolar.

-No parece, aunque hay nexos comunes con las peleas. En el bullying hay un desequilibrio de poder entre el agresor y la víctima. Aquí no, se pelean entre iguales. En ambos casos el público es muy importante. En el bullying, machacar al que se percibe como diferente o vulnerable es lo que proporciona estatus frente al grupo. Sin espectadores no habría peleas ni bullying.

-Pero eso es terrible. ¿Todavía interpreta el grupo como algo positivo abusar del diferente?

-La causa de que en el siglo XXI todavía tengamos estas situaciones hay que buscarlas en el sistema educativo, porque es un sistema que sobredimensiona los conocimientos y, de forma irresponsable, subestima lo emocional, la empatía. No hay una educación en valores de calidad. Y no quisiera entrar en un debate político, pero la Lomce se ha cargado la única asignatura que iba por ese camino: Educación para la ciudadanía. Yo creo que no somos conscientes del problema porque lo seguimos haciendo muy mal y habría que preguntarse qué está fallando en el ámbito educativo para no poder frenar estos fenómenos.

-¿Por qué nos llaman tanto la atención las peleas, los casos de acoso, cuando trascienden a los medios?

-Son casos que generan inquietud, a veces horror y todos somos conscientes de que no deberían suceder. Nos inquietan porque pensamos que lo estamos haciendo bien, pero no es así. La escuela no tiene como objetivo formar personas sino que persigue la excelencia académica.

-Y las familias, los padres ¿qué responsabilidad tienen?

-Esto no es responsabilidad exclusiva de una sola parte. Hay que trabajar conjuntamente. A veces parece que hay una serie de valores que deben restringirse al ámbito familiar. Y es cierto que cada familia tiene su ética, pero si por sentido común no nos parece bien que un padre ponga una pistola en manos de su hijo, tampoco debería parecernos bien que eduque a su hijo en la homofobia.

-¿Cómo se puede actuar contra el fenómeno?

-Se ponen pocas medidas. Hay un teléfono contra el acoso escolar que está bien, pero no es más que una actitud reactiva. Lo que funciona es la actitud preventiva. Tendemos a fijarnos más en los protagonistas del fenómeno: los que pelean, el abusador, la víctima, pero es una debilidad, porque quien valida ese comportamiento son los espectadores. Ellos también participan del fenómeno y se ven influidos por él. Y cuando la violencia se normaliza, es cuando se acepta mejor.

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