La lucense Araceli fingió una escena de celos para engañar a los servicios secretos de Hitler

Se entrevistó con un agente alemán simulando dudar de su marido para saber si desconfiaban de ellos

T. T.
redacción / la voz

Tuvo la tentación de escribir sus memorias, según cuenta quien estaba llamado a darles forma, Raúl del Pozo, en el prólogo del libro Juan Pujol, el espía que derrotó a Hitler, de Javier Juárez. Pero la lucense Araceli González, esposa del espía Garbo, no lo hizo y se llevó a la tumba muchos secretos. Si lo hubiese hecho quizás su relato habría dado la razón a quienes la reivindican como una espía cuando menos a la altura de su marido, también conocido con los alias de Bovril e Inmortal. Pero entre su silencio y los secretos oficiales asoman datos que dejan entrever su papel en aquellos delicados años de la Segunda Guerra Mundial.

Entre los papeles de los servicios secretos británicos desclasificados esta semana, un informe elaborado por Tomas Harris, el agente del MI5 encargado de Garbo, relata un episodio que deja claro el papel de la lucense. Araceli llega a fingir un ataque de celos ante el contacto alemán de Garbo con el fin de comprobar si los nazis desconfiaban de la pareja de espías. Ocurrió en 1941, mientras los Pujol-González intentaban entrar en contacto con el espionaje británico para ponerse a su servicio y habían iniciado ya su colaboración con la agencia secreta alemana Abwehr, a la que hicieron creer que se encontraban en Londres, desde donde pasaban información, cuando en realidad se habían trasladado a Lisboa.

A Garbo se le había asignado como contacto en el servicio alemán a Frederic Knappe, al que llamaban Federico. Con él se intercambiaba cartas y a él le pasaba una supuesta información para la que utilizaba como fuentes un mapa del Reino Unido y un folleto sobre la flota inglesa. Pero Juan temía ser descubierto por los alemanes, así que fue su mujer la encargada de comprobar si se fiaban de ellos. Araceli viajó desde Lugo a Madrid para entrevistarse con Federico. Se citan en el café Coso, y allí la mujer se queja amargamente de que no sabe nada de su marido y dice que teme que le esté siendo infiel. Sus lágrimas conmueven al agente alemán, que le dice que Juan está en una misión especial y que regresará a casa antes de que acabe el año. Antes de despedirse, conciertan un nuevo encuentro al día siguiente. De nuevo en el café, Federico entrega a Araceli 1.200 pesetas por los servicios de dos meses y le da a entender el delicado trabajo que ocupa a su marido.

Los alemanes no sospechan de ellos y esta constatación que Araceli consiguió poniendo en acción sus dotes escénicas deja más tranquilo a Garbo. A partir de entonces la pareja continúa su engaño a la inteligencia de Hitler y se concentra en conseguir su objetivo: entrar al servicio de la inteligencia británica. Y una vez más entra en juego el poder de convicción de Araceli. Esta, sin que su marido lo supiese, se entrevista con el agregado naval norteamericano en Lisboa, Edward Rousseau, que le consigue una entrevista con un representante inglés, pero el intento fracasa. Juan ya estaba tramitando los visados para trasladarse a Brasil y cada vez más preocupado porque Federico tenía otros espías trabajando para Alemania desde Londres, cuando finalmente fue aceptado por la inteligencia británica. Comenzaba la trayectoria que lo llevaría a convertirse en uno de los agentes dobles más reconocidos de la Segunda Guerra Mundial pese a que, en opinión de Tomas Harris, Garbo había entrado en ese mundo «por aventura». 

La preparación del día D

Ya en Londres, la actuación de la pareja fue decisiva en la preparación del desembarco de Normandía, hasta el punto de que se cree que fue Garbo quien convenció a los alemanes de que la verdadera invasión se produciría en Calais y no en la costa normanda, un engaño que resultó decisivo para el éxito del día D que abrió el camino a la victoria final de los aliados frente al ejército nazi. Pero las cosas pudieron ser muy distintas. La operación pudo haber fracasado rotundamente si Araceli hubiese cumplido la amenaza que, un año atrás, gritó impulsada por una crisis doméstica.

La mujer no logró acostumbrarse a Londres y deseaba volver a Lugo y ver a su madre. Su malestar había llegado al límite cuando en una conversación con Tomas Harris amenazó con acudir a la embajada española y dar a conocer las actividades de su marido si no se le permitía irse a España. Ocurrió en junio de 1943, un año antes del desembarco, y su determinación puso en marcha todas las alarmas en el MI5. Entonces fue su marido quien intervino y, con los servicios secretos, tramó un plan. Hicieron creer a Araceli que Garbo había sido detenido, la metieron en un coche con los ojos vendados y la llevaron a visitarlo. La estratagema dio resultado y la esposa prometió que guardaría silencio a cambio de la libertad de su marido.

La pareja siguió en Londres hasta el final de la Guerra, haciendo contactos al más alto nivel. Llegaron incluso a conocer a Winston Churchill, con el que Araceli tuvo un buen trato. Firmada la paz, el matrimonio se marchó a Venezuela, donde acabaría separándose. La mujer, con sus tres hijos, regresó a Lugo y después asentó su vida en Madrid. Murió en 1990, dos años después de Garbo.

«Me cogió del brazo y me llevó a dar una vuelta por las calles de Lugo»

María Teresa Pilar Rodríguez Calvo -Teresa para todos los que la conocen-, procede de la familia que regentaba la confitería lucense donde Araceli González Carballo hacía la primera parada tras llegar de Madrid y pisar territorio lucense. 

La confitería -a la que sus propietarios llamaban tienda-, pertenecía a los abuelos de Teresa aunque la trabajaban sus hijos, diez hermanos, conocidos como los Calvo López. Manolo, Pepita, Asunción, Pepe, Pilar, Jacinto, Luis, María Teresa, Elisa y Araceli. Seis mujeres -que se encargaban del despacho y de los trabajos en el establecimiento- y cuatro hombres -que realizaban las correspondientes labores en el obrador-. Se trataba de un local de reuniones muy frecuentado por lucenses y visitantes e idóneo para tomarse un vinito o un café con un dulce.

Teresa, casualmente hija de Araceli, la mas joven de los hermanos Calvo López, recuerda la presencia de la esposa de Garbo en el negocio familiar. Guarda en su memoria una peculiar anécdota cuando ella tenía 14 años y Araceli González unos 50. «Sería primavera y por el mes de mayo. Ella estaba en la tienda con mis tías y llegué con mi cartera de la escuela. Me cogió del brazo, de ganchete, y me dijo: 'Niña, vente conmigo, vamos a dar una vuelta por las calles de Lugo'». 

Un paseo veloz

Según cuenta Teresa, salieron corriendo de la confitería, situada en la céntrica calle de las dulcerías, para dar un paseo que resultó ser muy corto. Consistió en recorrer rápidamente la calle Conde Pallares, Santo Domingo, Calle de la Reina, Plaza de España y vuelta a la calle del negocio familiar. «Dimos la vuelta a la manzana sin apenas tener conversación. Me dio la sensación de que Araceli quería encontrarse con alguien o había visto a alguna persona especial en ese momento y quería perseguirla», cuenta esta lucense, quien se dedicó toda la vida a la enseñanza; primero en Asturias y después en Lugo. 

Dinámica y agradable

Pasaron 58 años desde aquel rápido paseo por varias céntricas calles de la capital lucense. Teresa, ahora con 72 años, destaca el dinamismo y la amabilidad de la mujer de Garbo. Recuerda también los lazos de amistad que mantenía con sus tías, especialmente con Pepita y María Teresa.

La confitería, a la que siempre acudía Araceli González cuando llegaba a Lugo permanece cerrada y el primer piso, que era la vivienda familiar, también está cerrado a cal y canto. Por su parte, sus tías, con las que la mujer de Garbo mantenía una buena relación de amistad, han fallecido. La última en morir fue María Teresa. En 1997 y con 97 años. Por su parte, Pepita pereció en 1984.

Otra lucense que conoció a la mujer del espía catalán, que puede contar años después una anécdota y que la recuerda como una persona muy agradable y también humilde.

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