No era sordo, era autista

La familia de un chico de 14 años reclama 550.000 euros por el perjuicio sufrido por una operación en el 2005


ourense / la voz

Un ourensano de 14 años lleva desde febrero del 2005 un imán dentro de su cabeza. La sospecha de una sordera profunda, diagnosticada cuando tenía 31 meses por un especialista del Complexo Hospitalario Universitario de Vigo (Chuvi) con el apoyo de una prueba médica realizada en un centro privado, llevó a que al pequeño se le hiciera entonces un implante coclear. Se trata de una actuación, según reconoce el Sergas en la contestación a una demanda judicial, con un «elevadísimo coste económico». Aparte de la incomodidad y de los dolores de cabeza de los padres y del pequeño, no ha servido para nada. Cuando aquel niño se incorporó a la escuela en el 2006, en un colegio de público de Ourense con atención especializada para sordos, los padres tuvieron muy pronto una llamada de atención del centro. El menor presentaba rasgos autistas, les dijeron. A ver si resultaba que no era un problema de oído, sino que el mal era otro.

El primer diagnóstico lo hicieron en la unidad de salud mental infanto-juvenil del Complexo Hospitalario de Ourense. Fue derivado al también público hospital barcelonés Sant Joan de Deu para valoración de posible trastorno autista en el contexto de una sordera profunda. El resultado no dejó margen alguna a las interpretaciones. A. era un niño autista, uno de sus oídos no tenía ningún problema y en el otro tenía una pérdida significativa.

A los padres del pequeño les empezó a encajar todo. Ellos estaban seguros de haberle escuchado alguna palabra cuando tenía poco más de dos años. Pasaba el tiempo. Algo no funcionaba y los cambios de conducta del niño, con disminución de la atención y relación con su entorno, los llevó a preguntar. Que fuera sordo era una posibilidad que discutieron con su pediatra. De la logopeda al otorrino y a la realización de una prueba de potenciales evocados se llegó al diagnóstico de un tipo de sordera irreversible. La solución paliativa era la cirugía y el implante coclear, que los padres aceptaron. Era lo mejor, según creyeron. Y dieron el consentimiento.

Incomodidad del pequeño

A las pocas semanas, sin embargo, el menor no solo se mostraba receloso, alterado e incómodo con la prótesis, sino que, según detallan los padres, arrancaba y rompía con frecuencia los componentes externos. Cuando no portaba el procesador, en la bañera, en la piscina o en la playa, su actitud mejoraba. Empezó a contestar, además, cuando se le hablaba, incluso de espaldas, con la parte externa del aparato retirada. Transmitieron los padres su preocupación a la logopeda y al otorrino que lo había operado. Podían ser vibraciones, podía ser el viento, o podía ser, incluso, la lógica ilusión de los padres, recuerdan estos que le dijeron entonces. Sus dudas encontraron refrendo en la escuela. Y sí, resultó que era y es autista.

Se quejaron los padres. No encontraron consuelo. Denunciaron primero un presunto delito de lesiones que atribuyeron a los médicos que habían intervenido en el diagnóstico de hipoacusia y en la intervención del implante. Se archivó sin llegar a juicio.

La reclamación de responsabilidad patrimonial de la administración se sigue, sin embargo, en uno de los juzgados de lo contencioso de Ourense. La familia sostiene que A. «no era sordo, padecía y padece trastorno de espectro autista y ahora, a consecuencia de la intervención, también es sordo del oído derecho». Y más aún, desde que fue derivado al hospital donde se le diagnosticó el autismo, en junio del 2007, no ha sido sometido a revisión ni control del implante. Los componentes internos -un imán y un cable hasta la cóclea, en el oído interno- sigue en su sitio. Los externos están guardados en casa.

Error de diagnóstico

La familia enfatiza los daños psicológicos y también, en lo que consideran un «error en el diagnóstico», resaltan que la retirada del imán exigirá una nueva intervención al menor, a quien, según dicen, le resultará imposible en su estado actual la realización de pruebas como la resonancia magnética, aparte del riesgo de enfermedades derivadas del hecho mismo de llevar un elemento extraño en el seno craneal. A la hora de cuantificar el perjuicio lo cifran en 554.780 euros.

El Sergas ve la atención «correcta e axustada» y descarta «desatención»

El Sergas sostiene, en su contestación a la demanda, que se hicieron las pruebas adecuadas y objetivas, y que fueron interpretadas correctamente según la bibliografía médica. Añade que «os trastornos do espectro autista poden ou non presentar unha xordeira asociada e que a ausencia total de ondas orienta a unha hipoacusia bilateral severa». El tratamiento, de acuerdo con los resultados de la prueba, era el implante coclear, concluye. La asistencia, pues, «medida nos seus termos de oportunidade e execución material, debe ser considerada como correcta e axustada ás esixencias da ‘‘lex artis’’, xa que se lle aplicaron ao paciente as medidas diagnósticas cirúrxicas e terapéuticas que o seu estado requeriu». Descarta «desatención das regras impostas pola correcta práctica».

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No era sordo, era autista