El «enfant terrible» nacionalista que renació como el ave Fénix

Domingos Sampedro
domingos sampedro SANTIAGO / LA VOZ

GALICIA

EDGARDO CAROSIA

El líder de Anova deja la vida parlamentaria tras protagonizar tres intentos de articular el nacionalismo gallego

08 ago 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Cuentan quienes lo conocen bien que si algo ha mantenido intacto Xosé Manuel Beiras en su vasta trayectoria política es la capacidad de reinvención. Varias veces bajó ardiendo a los infiernos y otras tantas resucitó de sus cenizas como el ave Fénix. Le escribieron un epitafio en 1977. Se lo redactaron de nuevo en el año 2002, en el 2005... Sus más allegados lo homenajearon con los 75 años ya cumplidos, en el Auditorio de Santiago, por temor a que se recluyera tocando el piano en la aldea de Aguiar (Brión) sin recibir los honores debidos. Y Beiras no se retiró. El eterno enfant terrible, el niño travieso del nacionalismo gallego, y una de sus figuras más relevantes, volvió a encabezar una candidatura a la presidencia de la Xunta para vivir la noche electoral más feliz de su vida. Ahora parece que va en serio. El dirigente que combatió con cólera a Manuel Fraga antes de abrazarlo deja la vida parlamentaria. O quizás no, porque Beiras tiene también algo de aquel Goya que se recluyó en Burdeos dibujándose a sí mismo a los 80 años, con pelo y barba blanca alborotada y un lema: «Aún aprendo».

Beiras nació en Santiago en 1936, solo tres meses antes de que estallara la Guerra Civil, en el seno de una familia ilustrada. Su padre, Manuel, era un galleguista católico y antifranquista que conectó al hijo con el legado de la generación truncada por la guerra. En su tío Antón, oftalmólogo que inventó el sinoptóforo para tratar el estrabismo, halló Beiras la inspiración para conciliar el nacionalismo y el marxismo, mientras su madre, Herminia, le inculcó el otro aspecto que conforma su personalidad: el piano, la capacidad de regenerarse con una partitura de Schubert.

Pisó París antes de conocer Lisboa o Madrid para estudiar en 1957, cuando en Europa ya se respiraban aires de libertad y se firmaba el Tratado de Roma. Allí se dejó atrapar por Albert Camus y estuvo en contacto con las ideas marxistas y descolonizadoras que llegaron al mundo francófono con Ben Bella o Lumumba.