«Mi hijo de ocho años cuando me ve mal dice: '¡Mamá supéralo!' Yo ya lo superé»

Una mujer que quedó en la calle con su hijo tras la muerte de su marido empresario vive en un piso social

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«Los niños son los que más sufren» Una mujer que quedó en la calle con su hijo tras la muerte de su marido empresario vive en un piso social.

redacción / la voz

La historia de María se confunde en medio de las de cada una de las 288.273 personas que viven en Vigo, la ciudad más poblada de Galicia. Llegó hasta allí para empezar de nuevo después de que la vida jugara a ponerle la zancadilla. «Si hace cinco años alguien me dice que iba a acabar como acabé, no lo creo. Digo '¡Estás loco!'», relata con voz pausada esta mujer de mediana edad. «Teníamos un nivel de vida alto, pero somos víctimas de todo lo que ha ocurrido en los últimos años», dice. Y no le da pudor contarlo para poder ayudar a otros que, como ella, hayan visto cómo su estilo de vida da la vuelta. Durante la charla llora, pero también sonríe. Es valiente.

Porque de no tener ningún problema para llegar a fin de mes, acabó abandonando el piso en el que vivía en otra ciudad gallega por no poder pagar el alquiler. «Me fui antes de que me echaran, cuando no me daba para pagar», cuenta. Incluso tuvo que dormir una semana en la estación de autobuses de Vigo. «El tiempo que estuve allí, mi hijo dormía en casa de un familiar, lo iba a recoger para llevarlo al colegio. Fue duro porque estábamos separados», recuerda.

Aunque continúa teniendo grandes carencias, cosas que no cuestan ni dos euros como un bote de Nocilla, parece que ha empezado a remontar. Tienen un techo y Cáritas les ayuda con la comida. Cuando cayó no tenía el colchón que ha protegido a muchas personas durante estos años: la familia. Pero ella recurrió al flotador que le brindaron los que hasta no hace mucho eran desconocidos. No tiene más que buenas palabras con ellos, porque la ayudaron cuando no tenía nada. «La verdad es que tengo que agradecer la ayuda que me dan y la que me prestan desde la Plataforma de Afectados por la Hipoteca de Vigo (PAH). No tenían por qué dejarnos estar en su casa, pero allí estuvimos hasta que nos dieron un piso de alquiler social de la Xunta. Éramos como parte de la familia. Estoy muy agradecida a la chica que llevó todo en la Delegación de la Xunta de Pontevedra», dice. 

Pendiente de la Risga

Ahora está pendiente de una entrevista de trabajo y de la Risga. «Mi hijo me dice ?¡Mamá supéralo! Yo ya lo superé. Ya verás como todo cambia, como encuentras trabajo porque eres una gran cocinera?», dice. Prefiere trabajar, pero mientras, la pequeña ayuda le vendría muy bien para tener algo a lo que agarrarse. «Llevo desde marzo esperando por esa ayuda, alegan que puede tardar unos diez meses. ¿Qué hacemos hasta entonces?», se pregunta. Ahora les está ayudando Cáritas, con lo fundamental de la cesta de la compra.

Con todo, desborda solidaridad. «Hay quien está peor, ahí lo puedes ver», apunta mientras muestra la escena que está viendo. Justo en el centro de la ciudad un joven descuelga su cuerpo dentro de un contenedor para atrapar un par de puerros que alguien, probablemente un supermercado que hay al lado, ha dejado allí.

La conversación continúa y ella relata cómo llegó hasta ahí. «Hay mucha gente a la que le ha pasado lo mismo». No duda que la hay porque observa lo que ocurre a su alrededor. El verano pasado se quedó viuda con un niño pequeño. «He pedido tres veces la ayuda de viudedad, pero las dos primeras me las han negado. La tercera está en trámite. A mi hijo no le han dado tampoco la de orfandad. Y es que ya no pido algo que no sea para vivir. Igual que no quiero vivir de ayudas, a nadie le gusta. Únicamente pido trabajo para salir adelante», explica.

La razón que le dan para negarle la de viudedad es que durante los últimos cinco años de vida laboral de su pareja no cotizó de forma continuada. «Lo que ocurrió es que estuvo enfermo, pero había cotizado 18 años, 4 meses más un día. ¿No debería bastar eso para que cobre la orfandad?. Algo que es suyo», explica al perfecto detalle.

El no tener ningún ingreso la priva de cosas tan nimias como poder comprar una goma de borrar para el colegio de su hijo: «Puedo pedirla en Cáritas, pero todo tiene un proceso».

La charla se alarga hasta que ve el reloj. Debe ir al colegio a esperar a su hijo. Ha de ir andando. Cuarenta minutos de marcha. No espera. «En el centro está muy bien, sabe lo que podemos tener», indica. No ha tenido una pataleta. Ha vivido mucho, ha madurado muy pronto. Para ella hay una cosa muy clara: «Estar juntos resulta nuestra gran riqueza». Entonces vuelve a sonreír, da la vuelta y se va.

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«Mi hijo de ocho años cuando me ve mal dice: '¡Mamá supéralo!' Yo ya lo superé»