Así sonaba Galicia en el Congreso hace 80 años

El último y breve Parlamento de la Segunda República antes de la Guerra Civil refleja prácticamente las mismas demandas gallegas que en la actualidad, pero con el presagio del desastre inminente


Redacción / La Voz

Fue el último Congreso de los Diputados constituido antes de la Guerra Civil. Eran momentos tensos, de temores fundados, cuando el régimen de la Segunda República luchaba por mantenerse con la victoria electoral del Frente Popular en febrero de 1936. Diputados gallegos como Castelao o Santiago Casares Quiroga -último presidente del Consejo de Ministros antes del golpe militar- tomaron posesión en marzo, en algunos casos con la sospecha de fraude electoral, muy común en aquellos días. En aquella corta legislatura de un Parlamento que se convertiría en itinerante por culpa de la guerra también se hablaba de Galicia. Y en muchos casos los temas que trataban los diputados gallegos de hace ochenta años eran muy similares a los de ahora. Los sectores productivos, la pesca, la ganadería y la agricultura, las deficiencias en infraestructuras... La digitalización del diario de sesiones de aquellos años, disponible ahora en la web del Congreso, provoca un curioso déjà vu, sobre todo en lo que respecta a la perspectiva mesetaria sobre la cuestión gallega.

El sector primario

El maíz, la carne y la madera. El diputado galleguista Ramón Suárez Picallo protestaba poco antes de la sublevación militar -el 8 de julio- por el precio y el cupo del maíz, un cereal crucial en la dieta de los gallegos. El asunto del precio era en realidad una disculpa para retratar la realidad del país, desconocida para muchas de sus señorías. Si Galicia todavía está lejos de los centros de decisión de España, en 1936 lo estaba aún más. «Porque Galicia, desgraciadamente, aún come pan de maíz -relataba Suárez Picallo-, como los países más depauperados». El diputado, compañero de partido de Castelao, protestaba por la bajada en el precio de la carne de los ganaderos gallegos, debido a un tratado comercial con Uruguay que introducía en España grandes cantidades de carne congelada. También incidió en la crisis de la industria maderera, y explicaba a los diputados el valor de un pino para una familia gallega. Algo equivalente a lo que sucede ahora con los eucaliptos. «El pino, que es la madera principal, equivale a la caja de ahorros de la mayoría de nuestros pequeños campesinos. En los casos de angustia y de necesidad, el hacha y unos pinos resuelven un momento de apuro». En otra sesión, un diputado andaluz decía que no se puede competir con la madera gallega «porque los patronos gallegos son más bandidos» y pagan «salarios de hambre» a sus obreros.

La emigración y el paro

La industrialización que apenas llegó. El diputado galleguista Suárez Picallo explicaba de esta forma cómo afectaba a su comunidad lo que entonces se denominaba «paro obrero». «Galicia pocas veces ha planteado conflictos más o menos ruidosos, porque Galicia, además de no ser un país ruidoso, no acostumbra a tratar estos problemas en la vía publica». «Siempre el exceso de nuestra población ha marchado a América», aclaraba, para lamentar que en ese momento los caminos hacia tierras americanas «estaban cerrados», y que era necesario industrializar el país, una «ilusión» que, según Picallo, estaba en el Estatuto gallego que finalmente nunca llegó a tramitarse en las Cortes por el estallido de la guerra. Picallo narra la vuelta masiva de emigrantes que pasan a engrosar las listas del paro, en unos discursos muy reivindicativos a pesar de ser un «diputado gubernamental», pues el Partido Galleguista estaba integrado en el Frente Popular.

El diputado socialista Zabalza amplificaba la situación lamentable de los segadores gallegos, que calificaba de «reminiscencia del tiempo de los negros», pues «un señor va a las aldeas misérrimas de Galicia y contrata por quince o veinte duros al mes a desdichados a los que da de comer cuatro bazofias».

Felipe Gil Casares, diputado de la CEDA (derecha) también por Galicia, intentaba a duras penas que se entendiera la realidad gallega. Constataba que en el resto del país existía una contraposición «entre el gran terrateniente y el modesto cultivador». «Pero nosotros -añadía- no encontramos en Galicia esa contraposición. Allí el labrador más humilde es, generalmente, propietario de una parcela. Ese hombre piensa en emigrar a América para poder hacer un capital, deja la finca en arriendo y se va. Vuelve, acaso más pobre de lo que se fue, quiere recobrar la finca para el cultivo y no tiene medio para ello con arreglo a esta ley». Gil Casares explicaba de esta manera el minifundismo gallego al Congreso.

Homenaje

Castelao recuerda a Antón Villar Ponte. El 15 de abril de 1936, Castelao glosaba en la Cámara la figura de su gran amigo Antón Villar Ponte, uno de los fundadores del Partido Galleguista y periodista de La Voz de Galicia que no pudo tomar posesión de su acta de diputado al morir poco después de las elecciones. Antes de contactar con él para poner en marcha el nuevo proyecto político, Castelao admite ante los diputados que se sentía «como el último superviviente de un pueblo suicida».

Infraestructuras

Un corredor subcantábrico. Los debates sobre las malas comunicaciones de Galicia con el resto de España fueron habituales en las Cortes de la Segunda República. Es especialmente memorable la intervención de Castelao de 1933 frente al entonces ministro de Obras Públicas, el socialista Indalecio Prieto, que había paralizado el ferrocarril Zamora-Ourense. En 1936, un grupo de diputados reclaman al entonces ministro un corredor subcantábrico por Burgos para enlazar Galicia con el País Vasco «sin pasar por las estrechas y tortuosas rutas de la costa cantábrica».

La pesca

Un sector maltratado. Armando Peñamaría, diputado por Lugo, reclamaba atención en junio de 1936 para los gallegos del mar, «acuciados por la miseria y el hambre», de forma muy similar a las reivindicaciones actuales sobre la cuestión del cerco. «Faltos de elementos con que poder luchar en lícita competencia dentro del mercado interior, el paro de los obreros de mar en la costa pobre de Galicia se avecina con caracteres de tragedia», dijo.

Fraude electoral

El peculiar caso gallego. José Calvo Sotelo, diputado por Ourense que moriría asesinado el 13 de julio de 1936 adelantando la sublevación que tantas veces alentó, discutía el 2 de abril de ese año un posible pucherazo en su circunscripción que podía acabar con su acta de diputado, un célebre y larguísimo debate del que bien puede destacarse este diálogo:

-En Galicia no se sufrió jamás una lacra que fue padecida por una gran parte de las provincias españolas. Me refiero a la corrupción metálica. Esta enfermedad del sufragio no fue padecida jamás.

-Sale más barato robar los votos, grita un diputado desde los escaños.

-Puede ser que su señoría esté enterado de ello, respondió Calvo Sotelo.

-No. Lo hemos aprendido de las actas de su señoría y de otros de su partido, contesta Muñoz de Zafra.

Otros diputados recriminaban a Calvo Sotelo la política clientelar iniciada en Ourense con las obras del ferrocarril Zamora-A Coruña, proyecto que él impulsó en la dictadura de Primo de Rivera.

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