Mala política, mala conciencia


Qué tiene que pasar para que los políticos hagan de una vez su trabajo. El propio primer ministro belga, Charles Michel, reconoció que el martes «ocurrió lo que temíamos». Si lo de Bruselas era una atentado anunciado al que solo le falta ponerle día y hora y si la célula de París se había fraguado al calor de su inoperancia en el control de los radicales de Molenbeek y el tráfico de armas en el corazón de Europa, ¿por qué siguieron cometiendo errores? ¿No tienen medios? ¿La cooperación europea será por siempre una quimera? ¿No valen para nada las leyes antiterroristas, pese al recorte de libertades que conllevan?

El riesgo cero de un atentado no existe y el enemigo es difícil de controlar. Vale, de acuerdo, pero habría que ponerles algunas trabas para dificultar sus masacres. Jean-Claude Juncker responsabilizó a los Gobiernos de no estar mejor preparados para hacer frente a la amenaza terrorista, al no aplicar las propuestas de la Comisión Europea. Si no es la buena política, puede que sea la mala conciencia la que haga despertar a los líderes de esta Europa de capa caída para acabar, o al menos atenuar, este déjà vu de conteo de víctimas inocentes y de yihadistas que se pasean como Pedro por su casa sin que un triste control los detenga.

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