«He tenido que empezar por el alfabeto porque no sé leer ni escribir»

Cientos de inmigrantes superan la barrera del idioma gracias a voluntarios de Ecos do Sur, en su mayoría jubilados


Redacción / La Voz

En la escuela de español para inmigrantes que Ecos do Sur tiene en A Coruña la conciliación no es un problema. Es miércoles, mediodía; Fatijah Orrami (Marruecos, 27 años) guarda el cuaderno y sale de clase con su hija, de dos años y medio. Toca darle de comer «en la casa de acogida». «Gracias a eso podemos vivir», explica. Fatijah llegó hace un mes, «dejando atrás un grave problema familiar». Necesita un empleo como sea para sacar adelante a la niña, pero para eso tiene que aprender español, ardua tarea cuando hay que comenzar desde cero: «He tenido que empezar por el alfabeto porque no sé leer ni escribir».

Pero es lista. Su inteligencia natural le permite expresarse bien. Lo suficiente para precisar lo que busca: «He trabajado en el campo y me gustaría poder hacerlo aquí». Y si no, «limpiar casas, cuidar mujeres...». Le vale casi todo mientras sea en Galicia, de donde no piensa moverse. «No, no quiero irme. La gente aquí es muy buena», valora.

Como Fatijah, más de un centenar de inmigrantes están inscritos en estos cursos de español de la oenegé, que este año cumple un cuarto de siglo. Veinte voluntarios, muchos de ellos profesores jubilados, se turnan a diario para dar clase. «No existe nada parecido en Galicia y dudo que lo haya en España», destaca Alfredo Asensio, director de la entidad y uno de los maestros. Hay otros recursos en la comunidad, pero «la ventaja de nuestras clases -prosigue- es que no es necesario inscribirse a principio de curso. Te puedes incorporar en cualquier momento». Y aun con esas facilidades, la media diaria de asistencia es de «treinta alumnos, porque no siempre les resulta fácil asistir».

El perfil del estudiante es absolutamente dispar. A veces, sorprendente, porque al lado de personas analfabetas que, como Fatijah, tienen que empezar por el abecedario, inmigrantes con un alto nivel de formación aprenden también el idioma, lo que obliga a la asociación a ofrecer tres niveles de enseñanza. Levon Mkrtichyan (Armenia, 63 años) era arquitecto en su país. Dejó su empleo antes de arribar a Galicia con su esposa, en el 2011, para poder reunirse con su hijo, que ya estaba aquí, y echarle una mano. Habla armenio, ruso, georgiano, alemán y, ahora, español. Y a buen nivel. A Levon no se le caen los anillos por no poder ejercer su profesión en España. «Soy arquitecto, pero aquí he trabajado como ayudante de cocina y ahora estoy en el paro».

Muy a gusto en Galicia

El desempleo es el problema de casi todos estos inmigrantes, «y es difícil que logren trabajar sin el idioma, que puede ser una barrera enorme», advierte el director de Ecos do Sur: «Sin la lengua no hay empleo y sin trabajo no hay permiso de residencia». El resultado, «salir del país o seguir en él sin papeles», de forma irregular.

Eso sí, todos parecen estar a gusto en Galicia. Solo se quejan del mercado laboral. Valoran en cambio «la amabilidad de los gallegos, su buena disposición a ayudar, a colaborar», confirma Levon, que incluso mete en el paquete «el clima suave, aunque llueva en invierno».

Verse abocado a la ilegalidad por culpa del desempleo es algo que preocupa especialmente al senegalés Alassane N?Diaye, al que cogemos al vuelo al salir de clase. Va con prisa. Tiene 30 años y es soldador, pero no ha conseguido trabajar durante el año que lleva en Galicia, adonde llegó por consejo de una hermana. Todavía le cuesta expresarse, pero encuentra las palabras adecuadas para aportar una clave sobre la elevada presencia de subsaharianos en la comunidad: «Soy francófono y, sin embargo, prefiero venir aquí, no ir a Francia». ¿Por qué? «Porque allí, a pesar de que procedo de una de sus colonias, es mucho más difícil conseguir los papeles».

En clase aprenden español, cultura general «y a defenderse», apunta Natalia Monje, responsable de Comunicación de la oenegé. Un acuerdo con un supermercado de la zona permite a los profesores enseñar algo tan elemental «como hacer la compra».

Las situaciones dramáticas forman parte del día a día. «Con el tiempo aprendes a venir sin un euro en el bolsillo, porque, si no, terminas por dárselo a otros, y es necesario separar la vida profesional de la personal», advierte Alfredo Asensio. El director recuerda emocionado el caso de un alumno que tenía a su hijo enfermo de gravedad en Dakar. Entre todos los maestros consiguieron juntar «50 euros que permitieron hospitalizar al pequeño».

En cuanto a las clases en sí, a los extranjeros se les atasca un poco la gramática, como al búlgaro Damian Dyakov, de 32 años, jefe de obra en su país y en paro Galicia. Lleva dos meses peleándose con Cervantes en este centro de enseñanza. «Ya voy hablando bastante mejor -dice sin ocultar su entusiasmo-, pero me cuestan mucho los verbos irregulares, el pasado, el futuro...». Damian eligió A Coruña porque procede también «de una ciudad con mar». Y, «por supuesto, por la gente».

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