El 70 % de los parques eólicos gallegos superan los doce años de antigüedad

El sector asegura que los aerogeneradores se revisan a fondo cada seis meses

Funcionamiento de un aerogenerador Funcionamiento de un aerogenerador

Redacción / La Voz

La vida útil de un aerogenerador ronda los veinte años, una antigüedad a la que se acercan ya buena parte de los parques eólicos gallegos. La mayoría de las instalaciones de la comunidad, en torno al 70 %, son anteriores al 2004 y, por lo tanto, han rebasado ya los doce años. Muchos de ellos se instalaron, incluso, antes del año 2000. Todavía están en ese plazo de vida útil, pero rozan ya la obsolescencia y precisan una renovación.

Desde el sector lanzan un mensaje de tranquilidad y aseguran que los aerogeneradores son sometidos a profundas revisiones periódicas. Desde Gas Natural Fenosa indicaban ayer que todos los manuales de mantenimiento de aerogeneradores prevén «la necesidad de revisión de integridad física de las palas», una operación que se realiza cada seis meses. Cuando el aerogenerador está funcionando, explica esta empresa, se mide de manera continua la velocidad del viento, de manera que cuando se detectan velocidades más altas de las recomendadas para el funcionamiento adecuado del molino, este se para, igual que lo hace ante rachas o turbulencias. Es un sistema, insisten, seguro y que cuenta con respaldo humano desde los centros de control.

Sin embargo, desde la asociación Ventonoso, integrada por propietarios de terrenos de parques eólicos, denuncian que esos sistemas de control en ocasiones no funcionan adecuadamente, o son bloqueados por las propias empresas para evitar que las alertas interrumpan continuamente el funcionamiento de las instalaciones. El presidente de este colectivo, José Antonio Diéguez, asegura que, aunque casos como el de Corme no son habituales, pueden ser más frecuentes a medida que los molinos envejecen, de ahí que demanden más inspecciones.

Los molinos deben situarse al menos a 500 metros de las viviendas, según el Plan Eólico gallego

Según el Plan Eólico gallego, la distancia de los aerogeneradores a la vivienda más próxima debe ser de al menos 500 metros. En este documento se especifica que, aunque a 200 metros no se producen ya molestias de ruido, las instalaciones eólicas deben distar al menos medio kilómetro de las «delimitaciones de suelo de núcleo rural, urbano o urbanizable sectorializado». Con todo, ese documento fue aprobado por la Xunta en el año 2002 y muchos de los parques eólicos gallegos son anteriores a esa fecha, de ahí que en muchos de ellos no se cumpla esa distancia mínima.

Precisamente, a la hora de analizar los posibles efectos negativos de las instalaciones eólicas, el ruido que producen es el primero en cuanto a las afecciones sobre las personas. Las posibles consecuencias de la rotura de las palas, como la que ocurrió el pasado domingo cuando dos aspas se desprendieron y sus restos fueron a impactar sobre una vivienda situada a 280 metros, apenas se reflejan en los informes de riesgos, puesto que no están entre los incidentes más habituales.

Sin embargo, el peligro existe. Así, en un informe elaborado por la profesora de la Universidade de A Coruña Rosa María Regueiro acerca de las implicaciones ambientales de la energía eólica en Galicia, y publicado en el año 2012, se reconoce que «otro tipo de riesgo afecta solo a las zonas próximas a los aerogeneradores, y es motivado, en gran parte, por el desgaste provocado por el uso, como la rotura de palas, la rotura de torre y la caída del personal de mantenimiento».

El ruido era también una de las quejas previas de los vecinos de Corme acerca de los aerogeneradores que acabaron causando el incidente del domingo. Sobre la distancia habían presentado alegaciones en su momento, pero no habían sido aceptadas.

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