Hace falta coraje para dar carpetazo al Gaiás


Santiago de Compostela es un tesoro. El Camino es la envidia del mundo entero. Tiene un casco viejo maravilloso y una mística que la convierte en el punto y final de un viaje mágico y único.

Los peregrinos llegan sin parar a la ciudad desde hace cientos de años. Unos impulsados por su fe, otros por la aventura y muchos porque, cuestiones religiosas al margen, se trata de una experiencia cultural y humana sin igual. Santiago nunca necesitó un Guggenheim, porque lo que significa y lo que tiene la capital de Galicia siempre superará cualquier artificio inventado por el hombre. Y más si se trata de un delirio nacido de una extraña mezcla de intereses personales, económicos y ambiciones políticas. Todo ello se ha traducido en un quebranto para Galicia muy superior a los 300 millones de euros.

La idea nació con Fraga, azuzado convenientemente por el desaparecido Pérez Varela y aplaudido por las huestes de su partido. Pero la llegada del bipartito de Touriño y Quintana no supuso ningún cambio. Todo lo contrario, acogieron la herencia con un entusiasmo sorprendente. Y al final de este disparate faraónico, está Feijoo, a quien le ha tocado bailar con la más fea e intentar minimizar el enorme coste económico que para las arcas públicas tiene el Gaiás. Tal vez, por aquello de no pisar callos dentro de su partido, le haya faltado contundencia en la condena y en sus decisiones.

Porque llegados a este punto, ¿qué hacemos? ¿Nos enredamos en la titánica pelea de dar sentido al mamotreto de Eisenman? ¿Caemos en la trampa de gastar y gastar recursos para intentar sacarle partido porque «ya que lo tenemos ahí»? O se le echa pichón al asunto, asumimos que Santiago es el Camino, ¡que ya es mucho! y dejamos de sostener el invento del Gaiás con respiración asistida para darle un vuelco total.

Quizá nos encontramos en un momento decisivo, en el que demostrar coraje y determinación. Aceptemos la magnitud de la tragedia intelectual, económica y política cometida y dejemos de mirar el lugar como la presuntuosa Ciudad de la Cultura. Tal vez lo más sensato sea ver un conjunto extraño de edificios que, como tales, podrían dar cobijo a multitud de quehaceres que a buen seguro serán más necesarios y rentables para Galicia.

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