La autocrítica y la elegancia de los puñales


La autocrítica es como un grupo de niños corriendo por las calles de Larouco, Piñor, Vilar de Santos y otros 250 municipios gallegos. Sencillamente, no existe. El mayor alarde de autocrítica que hemos escuchado estos años, y han sido años de bárcenas y ratos, de ritasbarberás, de pujaltes, de chaves y de monederos, por no hablar de recortes, es «lo hemos hecho bien, pero no lo hemos sabido explicar bien», Feijoo dixit. Eso, y poco más. Pero la falta de autocrítica no es patrimonio de la derecha. A la izquierda del PP, el asunto también mete bastante miedo, lo vimos en el pasado (crisis, ¿qué crisis?) y lo vimos esta misma semana, cuando se conoció que ni PSOE ni BNG consiguieron presentar listas electorales en los 314 concellos. Los dos partidos salieron en tromba a denunciar las «presións caciquís» que les impiden tener más candidaturas. Hablaron de extorsión, de chantaje, de cómo algunos candidatos eran amenazados con la pérdida de su empleo si tenían la tentación de presentarse por otro partido que no fuera el PP. Pintaron Galicia como un pequeño Afganistán, pero sin muertos. Lo contaron y se quedaron tan panchos, en lugar de ir corriendo al juzgado de guardia. Es más cómodo recurrir por los siglos de los siglos a la coartada del caciquismo que a la autocrítica. Así andan las cosas entre derechas e izquierdas. De estos lodos de los partidos tradicionales, se avecinan, lo refleja la encuesta de Sondaxe, los próximos pactos. Veremos a qué precio, porque aquí la factura siempre la acaban pagando los ciudadanos. Pues ni el recuento electoral servirá para que aflore la autocrítica. Como de costumbre, la noche del 24-M solo asomarán elegantes puñales.

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