Los últimos de Fuerteventura

De la isla majorera se marcharon miles de gallegos, pero resisten todavía más de 4.000. Es difícil volver cuando la vida se adapta a otras latitudes


carballo / la voz

Hace una década había 12.000 gallegos en Fuerteventura, cifra oficial, sin duda inferior a la real, por los que llegaban en busca del tesoro y se quedaban unos meses. Hoy son algo más de 4.000, también oficiales. Curiosamente, ahora la cifra puede ser superior a la verdadera: muchos siguen empadronados en la isla pese a vivir en Galicia o en otras zonas, porque aquí tienen familia o propiedades, y van y vienen. El padrón les permite una rebaja de la mitad del billete, buena razón en los tiempos que corren.

En Fuerteventura se han quedado muchos gallegos por gusto y por necesidad. La construcción cayó a la nada, el paro pasó del 0 al 32 %, los sueldos ya son como en la Península, pero cuando la vida está hecha y uno se adapta, ya no regresa. Es lo que le pasa a Luis Dosantos Lorenzo, de Redondela, 51 años, y a su esposa Elena Faro Rivas, de Mondariz. Llevan 28 años en la isla, donde han tenido a su hijo Rayco, nombre local. Recuerda a las Yaiza que inundaron la Costa da Morte cuando comenzó el regreso de Lanzarote, donde nunca hubo tantos emigrantes como en Fuerteventura.

Luis es un buen ejemplo de la adaptabilidad de los gallegos a Fuerteventura. Trabajó en la construcción, en mantenimiento de hoteles; vendió productos químicos, alarmas y repetidores. Montó un negocio de neumáticos, que aún tiene, y probó en la hostelería. En Puerto del Rosario, con su familia, abrió hace tres años A Roda. Mucho producto gallego. En su casa planta grelos para consumo doméstico. Su integración es plena. Ya ha pasado por lo peor, porque además de vivir la actual crisis, paleó la del 90-91. «Pero nada que ver, aquela era algo máis a nivel local, afectou só á construción, e non tanto. Esta dura moito, é máis complexa, non se lle ve saída». Cree que la gente está «desorientada», sin saber dónde está el norte. Y que si el turismo repunta, hará de efecto llamada, pero ya nada será lo que fue. Nota algo más de movimiento que hace dos años, pero poca cosa. Con todo, él y su familia se quedan. «Sobre todo, porque fóra non ves nada». Hay otro motivo: «¡E o que aforras en calefacción!», bromea (o no). Recuerda los años de riqueza. «Moitos viñan cambiarme as rodas por capricho, e agora, cando non queda máis remedio. Había moito carto. Isto era como o soño americano en versión de Fuerteventura».

El asesor

Antonio Corujo. Vivió los años de riqueza Antonio Corujo, de O Milladoiro (Ames), en Fuerteventura. En su caso, como responsable de una caja de ahorros gallega, gallega, la única que había, y que por supuesto ya no está. Ahora se dedica a la asesoría y a la inmobiliaria, lo poco que se puede. Por sus manos pasaron muchas promociones. «Todo se facía a crédito. Os bancos querían medrar, e buscaban clientes para financiar». La construcción fue la clave. «O turismo segue alto, pero os postos de traballo que xera non cambiaron». Cree que en aquel bum «todo era artificial, unha febre. Todo futuro, nada presente. Moito en B. Cando a banca pechou o préstamo ao promotor, todo estalou». Fue el inicio del fin del sueño de Fuerteventura, y el comienzo de problemas para muchos que se cubrieron de gloria al principio y de deudas después. «Ninguén poñía cartos, todo era artificial», resume. Pisos o casa de 140.000 euros se consiguen ahora por 40.000. O menos.

La empleada

Rosa Martínez Carril. Es otra de las resistentes, de la hornada de Canariñas. Rosa, 36 años, un hijo con un majorero, no es que haya emigrado a Fuerteventura una vez: es lo que lo ha hecho tres desde el 2000. La última, el año pasado. Casi siempre ha trabajado en la hostelería, muchas veces en negocios de gallegos. La entrevista se produce en un bar local, pero en el que trabajan tres paisanos. Nada raro. Como tampoco lo es que toda su familia esté o haya estado en la isla. Y vecinos. «Antes, era unha pasada. Ías pola rúa e cada dous por tres atopabas a un veciño». Al principio le costó: «É que non había nada. Teño visto a compañeiras que non puideron ir traballar porque o bus ía tan cheo que non había praza nin outras posibilidades». Ahora está contenta, pese a que los sueldos son otros. «Con 1.200 euros non podes saír todos os días, pero tes calidade de vida. E tes seguros, vacacións, baixas... Antes, se che daba o lumbago pinchábaste para ir traballar».

El albañil

Víctor López Tajes. También de Camariñas. Tiene 29 años y llegó hace 20. Trabaja en la construcción desde los 16. Ganó mucho dinero. Ahora le da la risa al preguntarle si los sueldos se pueden comparar. Hasta la semana pasada estaba en paro, pero ya no. Ha encontrado algo en las reformas y rehabilitaciones, lo típico. Parece que ahora la cosa mejora un poco, pero muy lento. Habla acompañado de su novia Vanesa, de Ourense. Hace unos cuatro años se fue a Galicia, pero el trabajo se le acabó en un año. Así que su vida está en Fuerteventura. Venga como venga. Y como él, otros 4.000.

El empresario

Joaquín Gayoso. «Isto era Fuerteventura Saudí», describe más gráficamente los tiempos de fartura Joaquín Gayoso, de Vilalba, que lleva 16 años en la isla. Tenía una larga experiencia comercial en Galicia. Empezó de encargado de pintores, y después siguió en la hostelería. Regentó O rincón galego, en Morrojable. Hoy distribuye vinos y, en su tiempo libre, es el gerente de un txoko en Puerto del Rosario en el que hay más gallegos que vascos. Todos estos años ha estado en contacto directo con miles de gallegos, así que ha visto de todo. Por ejemplo. «Vin a xesistas gañar ata 1.200.000 pesetas ao mes». También a empleados que se arruinaban, por tener mucho gasto y poca cabeza. Algunos se volvían a Galicia y dejaban en el aeropuerto el coche (y lo demás) sin pagar cuando la fiesta terminó. Trabajó bastante por afianzar la presencia gallega en la isla. Suya fue la idea de colocar un cruceiro, por ejemplo. O de celebrar el día de Santiago. Y aún lo hacen. Pero ahora, mucho más modestamente. Y así seguirán los años venideros.

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