Emparedado de estudiantes sin aceite de oliva


Mientras la clase política gallega realiza sus habituales maniobras de distracción con los enésimos tomas y dacas sobre qué es corrupción y cómo acabar con ella (y mira que lo tienen, presuntamente, fácil) la vida sigue, más apretada sin duda en algunos trenes a las ciudades universitarias, por no hablar de otras apreturas más sangrantes. Es una de las eternas paradojas de Galicia: hay ayuntamientos en los que es más fácil tropezarse con un gorila albino paseando por la calle que con un joven en edad universitaria; pero donde damos con ellos, camino de clase, regresando a casa después de una semana en el campus, nos lo encontramos enlatados. No es una anécdota. Solo les falta aceite de oliva para ser sardinas. Desmintiendo a la clase política, esto sí es un poco Grecia. O mejor dicho, muchos estudiantes tienen que sentirse como los griegos de hoy. Es una tragedia griega no, gallega, porque ellos son la única esperanza de que las cosas se arreglen algún día. Son el presente y, sobre todo, son el futuro de Galicia. Son una especie en vías de extinción, como el lince ibérico pero en versión persona, lo más singular y valioso que tenemos, y nos empeñamos en desprendernos de ellos, o en amontonarlos. Llama la atención que las universidades, que todos los días se quejan de falta de dinero, no hayan puesto el grito en el cielo por este emparedado estudiantil. Sucede así porque los estudiantes, y esta es otra de las grandes tragedias de este país, son tratados como extraños, como viajeros de segunda y de tercera, incluso en los mismísimos centros del saber, donde lo que más preocupa es sentar cátedra. Los maltratamos, no les dejamos sitio, ni en los trenes ni en la vida, y acaban emigrando porque no les queda otro remedio. Todo esto, a mayor gloria del PIB de Alemania, o de la Gran Bretaña.

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Emparedado de estudiantes sin aceite de oliva