Los consejos de CiU y la seguridad ferroviaria

Se echaba de menos una voz catalana y nacionalista que iluminara a los gallegos


redacción

Se echaba de menos una voz catalana y nacionalista que iluminara a los gallegos en las lides de este mundo complejo con su seny, su sabiduría y su modernidad. Porque quizás piensen que, en esta esquina apartada y periférica, donde se cree que las infraestructuras son la panacea para todos los males, sus habitantes no son lo suficientemente adultos para saber qué es lo mejor para su futuro. El ingeniero y diputado de CiU, Pere Macias, ha vuelto de nuevo al encerado. A enseñar a los gallegos que no se merecen este AVE. Porque son pocos, alejados de los centros de decisión y, seguro que lo piensa y no lo dice, un poco insignificantes. En el AVE que cruza toda Cataluña, conecta todas sus grandes ciudades y se adentra en Francia -él preferirá hablar de Cataluña norte- Galicia tuvo una modesta colaboración. Pero nunca quiso sabotearlo. Los gallegos seguirán en los próximos años destinando una parte de sus impuestos a pagar la enorme deuda del AVE catalán, que costó más de 12.600 millones. Sin rechistar. Son así de sufridos. Y hasta entienden que la alta velocidad les llegue al menos 15 años más tarde que a Lérida. Nunca nadie dijo ni pío contra las inversiones que favorecían a los hermanos catalanes.

Pero el señor Pere Macias es diferente. Le gusta dar clases y pedir que ese dinero para Galicia se desvíe a las Cercanías catalanas. Y se refiere ahora a informes de Francia y Portugal que desaconsejan construir líneas de alta velocidad. En el caso portugués es fácil. En un país intervenido no hay nadie en su sano juicio que destine a infraestructuras los limitados recursos para la sanidad y la educación. En el informe francés, el Tribunal de Cuentas galo alertaba del riesgo de que las líneas convencionales quedaran en el olvido por una apuesta excesiva por la alta velocidad. Nadie en Francia se lanzó a cuestionar que los bretones no pudieran disfrutar de una conexión ferroviaria eficiente que les dure unos cuantos años. Aquí en España sí hay gente así. Y mientras hacen las maletas para independizarse, pretenden diseñar la política territorial del país que quieren abandonar.

Hablar de estos asuntos antes del accidente de Angrois era casi un juego de niños. Un divertimento para ingenieros metidos a políticos sin una visión solidaria del Estado. Pero el accidente de Santiago, que costó la vida a 79 personas -una más aún pendiente de ser reconocida-, demuestra aún más si cabe que hay que acabar lo que se ha empezado. Que los tramos aislados de alta velocidad generan confusión y transiciones bruscas. Y que lo ideal es que todo el acceso ferroviario cuente con la máxima seguridad que sí disfrutan los ciudadanos catalanes, donde una autopista -valga la comparación- rara vez desemboca en una corredoira.

Dejar de invertir en lo que ya está muy avanzado sería además el colmo de la ineficiencia. ¿Tapiamos los túneles, señor Macias?, ¿dejamos que el agua destruya lo que tanto costó?, ¿indemnizamos a las constructoras?

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