Niños, solo en vacaciones

El municipio ourensano de A Teixeira, que tenía más de dos mil habitantes hace cien años y ahora cuenta con solo 391, agoniza porque «non hai de que vivir»


ourense / la voz

Nada más llegar a Cristosende encontramos a Miguel Ángel Rodríguez, un joven que ha emigrado a Valdeorras en busca de trabajo, pero que los fines de semana vuelve a su pueblo para echar una mano en casa. «Tedes sorte de encontrar a xente. Porque estamos en festas, que senón...». La aldea tiene ahora 18 vecinos y un vistazo rápido a sus casas deja claro que antes había muchos más. Viviendas a medio derruir, con las ventanas rotas, vacías. Incluso hay calles enteras que ya no tienen vida. El pueblo pertenece al municipio de A Teixeira, uno de los más castigados por la despoblación en Galicia. Hace cien años tenía más de dos mil habitantes y ahora tan solo 391.

Tal y como pronosticaba Miguel Ángel, en la visita a Cristosende tenemos suerte y aparece la furgoneta de reparto del pan. Al volante, Eladio Blanco, que lleva 16 años dedicado a este trabajo. Él es de Castro Caldelas, un municipio vecino que también sufre graves problemas demográficos. Según cuenta, hay pueblos que visitaba cuando comenzó a trabajar y ya no porque no quedan clientes a quienes llevar el pan.

Aquí, en Cristosende, todavía hay algunos y, cuando toca la bocina, sale Manuela Fernández a comprar. Lleva toda su vida en el pueblo y recuerda que cuando era niña «en todas as casas había vida». Por la puerta de la suya asoma la cabeza su nieto de Mallorca. Él y sus padres están pasando las fiestas de Navidad en casa de la abuela y ella, encantada con la visita, entiende que hayan tenido que buscarse el sustento fuera. «Mellor que houbera máis xente, pero aquí non hai de que vivir», cuenta Manuela.

Seguimos camino y volvemos a encontrarnos con Miguel Ángel Rodríguez, el joven que emigró a Valdeorras, y está calentándose junto a unos amigos que le están ayudando con tareas del campo gracias a un fuego prendido en el interior de un contenedor. Todos viven fuera de Cristosende salvo José Vázquez, el más mayor del grupo. Su nieto, que ahora tiene 16 años y ya no vive allí, fue el último niño que nació en la localidad hasta que llegó Tomasina, que llegó al mundo hace poco más de seis meses. Hija de un catalán y una inglesa, fue una auténtica rareza demográfica.

«Os únicos que veñen a vivir aquí son xente de fora», confirma José. La belleza de la Ribeira Sacra ha seducido a varias parejas de jubilados británicos, pero no son suficientes para compensar años y años de emigración. El propio José vivió un tiempo en Francia, pero no lo echa de menos. «Aquí polo menos un pode ir ao bar. Alí se tomas un café un día fora de casa xa non podes volver ao seguinte», cuenta el hombre, que no puede evitar cierto desconsuelo por ver cómo su pueblo agoniza poco a poco. «Aquí habería moito que facer. Moito», dice. El monte está abandonado y los jóvenes, como Miguel Ángel Rodríguez, lo admiten: «Eu aínda recordo cando estaba todo traballado e é unha tristeza chegar agora e velo todo ermo».

Sin relevo generacional posible, el pueblo parece condenado a desaparecer. Y ahora mismo, la mayor preocupación de sus vecinos son los robos, sobre todo de matanzas y chatarra.

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