Noche de vigilia en Cabo de Cruz y en el faro de Corrubedo

Vecinos y familiares esperaban noticias desde ambos extremos de la comarca


Ribeira / La Voz

Cuando se produce una tragedia del calibre de la que ayer golpeó a la localidad coruñesa de Cabo de Cruz, la consternación, la incredulidad y el dolor son sensaciones que sacuden del primer al último vecino. Por eso, ayer, como si hubiese una quedada previa, como quien acude a un tanatorio para velar a un pariente o amigo, los crucenses se reunieron en el puerto, donde debería estar atracado el Paquito Nº Dos si no hubiese naufragado durante la travesía que debería haber llevado a sus tripulantes hasta Muros. Allí, a pie de muelle, los vecinos iniciaban una noche de vigilia atentos a las novedades que llegaban a través de los teléfonos móviles. En la otra punta de la comarca, en Corrubedo, otro contingente procedente de Cabo de Cruz arropaba a los familiares más cercanos de los desaparecidos, que seguían las labores de búsqueda.

«Agora é o que queda, esperar noticias... Pero ata mañá non se ha saber nada... Agora, de noite, non os van atopar», lamentaba una vecina en uno de los múltiples corrillos que se formaron en Cabo de Cruz nada más correrse la voz de que el Paquito Nº Dos había desaparecido. El cuentagotas de personas que se acercaban al muelle en busca de novedades y para acompañarse los unos a los otros era constante: «Agora son todo comentarios, non sabemos nada», decía una mujer. Y es que, aunque la noticia de que no había rastro de los tres tripulantes se extendió como la pólvora, lo cierto es que todo eran especulaciones y cábalas sobre lo que podría haber sucedido o sobre si se había encontrado ya el barco.

Buscando una explicación

Como siempre que pasa algo a lo que cuesta encontrar sentido, quien más y quien menos buscaba una explicación a lo que había pasado y se enzarzaba en debates que arrojaran algo de lógica a un accidente que nadie se podía creer. Unos decían que tal vez el barco sufrió una vía de agua; otros que pudo volcar porque iba cargado; y otros que iría muy pegado a las rocas. No faltaba tampoco a los que les extrañaba lo ocurrido porque el patrón del barco tenía una amplia experiencia y «claro que coñecía esa zona, se van sempre por alá que teñen unha batea». En cualquier caso, la conclusión era la misma para todos. «O que pasou sábeno eles» o «todo son suposicións, calquera sabe». Eran las expresiones que remataban cualquier conversación. Y las conjeturas acababan dando paso a los lamentos por la desgracia que había golpeado con tanta fuerza a Cabo de Cruz.

De allí mismo, a unos metros del muelle, era uno de los desaparecidos, Santiago Blanco Treus, Mané. Los otros dos, Germán Fernández Triñanes y Antonio Hermo Torrado, Raúl, eran de Cariño, a un kilómetro escaso del centro de la localidad crucense: «Eran todos de aquí. É unha pena moi grande. Unha desgraza», se lamentaban los vecinos concentrados en el puerto, mientras otros recordaban la última vez que habían visto a alguno de los tripulantes del Paquito Nº Dos: «A Rauliño aínda o vin eu hoxe cando estaba esperando por Germán para marchar».

Muy conocidos

A cualquiera que se preguntase, conocía a la perfección a los tres desaparecidos, su vida, obra y milagros, por eso la conmoción era mucho mayor: «Hai xente que está por aquí polo porto todos os días e non os coñeces de nada, pero eles...»

En contra de lo que pudiera pensarse, más que tensión, en el ambiente se respiraba la resignación de quienes se saben conocedores de un desenlace fatal. «Noticias boas esperámolas todos, pero por outras experiencias, creo que non as imos ter», aventuraba un hermano de Germán Fernández, también bateeiro de profesión.

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