El yacusi en el «convento» despertó las sospechas y originó las pesquisas

El derroche suntuario de la mansión de Oia contrastaba con la vida casi monacal que llevaban los miembros de la base


«¿Un convento con yacusi?», se extrañó el sacerdote que no pertenecía a la Orden de San Miguel pero tenía contacto con los miguelianos cuando uno de estos le habló de las lujosas instalaciones de Oia, que incluían la piscina climatizada de treinta metros y un spa. Así se iniciaron las sospechas y las investigaciones de lo que ha resultado ser uno de los grandes fiascos en el seno de la diócesis de Tui-Vigo, la doble vida y moral de Miguel Rosendo.

El derroche suntuario de la mansión de Oia contrastaba con la vida casi monacal que llevaban los miembros de la base. Algunos de ellos mal alimentados y faltos de sueño dedicaban tiempo y energías a repartir alimentos con oenegés de Vigo y a hacer chapuzas y ayudar a diversas instituciones religiosas y de beneficencia. Los miembros de la orden llevaban una vida entregada y colaboraban en la organización de la multitudinaria procesión del Cristo de la Victoria, las procesiones de Semana Santa y los eventos donde se les requiriese.

Ese sacrificio diario era todo lo contrario de la vida que se llevaba dentro de las denominadas Murallas de Jerusalén, donde vivía Miguel Rosendo con las «hermanas» de confianza. Rosendo dormía en una habitación contigua, con acceso directo a la de las chicas y cuando iban de acampada Rosendo compartía tienda con ellas con la excusa de que iban a rezar. Para acceder carnalmente a las jóvenes se valía de la estratagema de decir que San Miguel Arcángel se encarnaba en él y que a través de su semen les llegaba el cuerpo de Cristo.

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