Y la paz de las montañas de Petín se esfumó

La naturaleza que Martin Verfondern encontró en Santoalla (Petín) fue también el detonante de sus riñas con los vecinos, y de su homicidio


O BARCO / LA VOZ

Las montañas que eligió para escapar de la ajetreada vida en Ámsterdam en su búsqueda por residir en un lugar donde gozar de la naturaleza pronto dejaron de ser un lugar de paz y se acabaron convirtiendo en el motivo de múltiples disputas y en el presunto motivo que desencadenó su muerte por un disparo. También el lugar en el que escondieron su cadáver durante más de cuatro años, y el mismo lugar en el que yacen sus restos desde hace poco más de dos meses, bajo una losa de pizarra y con una señal de madera que recoge su nombre.

La historia entre el alemán nacionalizado holandés Martin Verfondern y su ahora viuda, Margo Pool, con la pequeña aldea de Santoalla (en Petín) comenzó en 1997. Descubrieron allí el lugar perfecto para vivir, emulando el flechazo que años antes había sentido el cineasta Chano Piñeiro, que eligió la aldea para rodar la película gallega Sempre Xonxa. Cuando llegaron, en el pueblo (que cada invierno pierde varias de sus construcciones, abandonadas desde hace décadas) quedaban ya únicamente los Rodríguez González, Os Gafas, como se les conoce por el patriarca, un octogenario de fuerte carácter que ahora vive prácticamente recluido en casa, con graves problemas de movilidad y una ceguera casi total; aunque todavía baja cada principio de mes hasta la capital municipal para cobrar su pensión. Con O Gafas vive su mujer, Jovita, una mujer menuda y fantasiosa que, con la desaparición de Martin y la llegada de periodistas, lanzaba desde la ventana a voz en grito que ellos no habían tenido nada que ver y después se escondía dentro. Perdió después la vergüenza y cuando apareció el cuerpo habló con todo el que quiso preguntarle, para negar que hubiese sido alguien de su familia. Y entonces echaba mano de los recuerdos para traer al presente aquella buena acogida que le habían dado a los holandeses.

Había sido así. Los nuevos vecinos fueron bien recibidos. Gallegos y holandeses compartían mesa, trabajos en el pueblo y hasta matanzas. Fueron los Rodríguez quienes enseñaron a Verfondern a sacrificar a los animales, tarea que Margo Pool todavía hoy evita hacer cuando vende alguna de las cabras que cuida en su pequeña explotación. Hasta no hace mucho tiempo, Julio -uno de los cuatro hijos del matrimonio Rodríguez, ahora imputado por encubrimiento por supuestamente esconder el cadáver de Verfondern- le echaba una mano en esos momentos.

Los montes comunales

El clima de paz se fue enrareciendo. Los Verfondern supieron de la existencia del monte comunal, una extensión de 355 hectáreas (según los estatutos de 1977, aunque una parte está en litigio actualmente con otras comunidades linderas), y pidieron sus derechos. Una idea que no gustó mucho a los Rodríguez González, que como únicos miembros hasta el momento en la junta de montes, modificaron los estatutos para ampliar a cinco los años que deberían llevar residiendo los nuevos vecinos para poder optar a los beneficios del monte. El cambio no frenó a Verfondern, un «hombre de cabeza dura» como le define su viuda; que recurrió a la justicia. Un juzgado de O Barco le dio la razón, y tiempo después, en 2009, la Audiencia confirmó la sentencia. En el medio, la relación entre ambas familias se rompió. No solo eso, se cruzaron las denuncias por agresiones mutuas, con Verfondern y el patriarca de los Rodríguez como principales protagonistas. Margo prefería mantenerse al margen, y ha mantenido esa actitud desde la desaparición de su marido, tras el descubrimiento del cadáver e incluso después de la detención y la confesión del homicida confeso. «Yo solo quiero mi paz», repite una y otra vez. Quiere paz y saber qué pasó. Dice no entender qué sucedió para que Juan Carlos, el hijo de los Rodríguez que todavía vivía en la casa familiar, matase a su marido. «Es como un niño de 10 años», dice a modo de resumen sobre su vecino, un hombre de 47 años con una importante discapacidad psíquica; que quienes le conocen le atribuyen un carácter por momentos violento pero del que Pool cuenta que le gustaba espiar a las jóvenes extranjeras que llegan a Santoalla a través del programa internacional de voluntariado ecológico en el que está escrita la explotación de Pool (y que ya funcionaba con Verfondern).

Desaparecido en 2010

La última sentencia que conoció Martin a su favor a los derechos del monte (ratificada por el Tribunal Superior de Xustiza de Galicia cuando, según se supo después, ya estaba muerto) fue pocos meses antes de aquel 19 de enero de 2010, en el que el holandés desapareció sin dejar rastro. No se supo de él pese a las intensas búsquedas por tierra, desde aire, e incluso bajo el agua de los embalses. Y eso que no estaba demasiado lejos. Se hallaba en un cortafuegos de un monte de A Veiga (donde por casualidad descubrió su coche el piloto de un helicóptero que trabajaba en un incendio el pasado junio; y cerca del cual se encontraron parte de sus restos) al que se llega sin demasiada dificultad si uno conoce la zona pero que no es demasiado concurrido. Por eso desde un principio los investigadores centraron sus pesquisas en el entorno de Verfondern. Los Rodríguez siempre estuvieron ahí. Y hace una semana se confirmó. Juan Carlos confesó. Según ha trascendido, dijo que se encontró con Martin en algún punto de la carretera de acceso al pueblo (los detalles no se conocen porque las investigaciones siguen bajo secreto de sumario) y que le disparó. En el registro de su vivienda se encontraron varias armas sin licencia, por lo que se le imputa un delito de tenencia ilícita. Le disparó y después se lo contó a su hermano Julio, de 51 años, que le habría ayudado a esconder el cadáver.

Atenuantes e impunidad

El primero está en la cárcel (a la espera de que los análisis forenses determinen si debe ser trasladado a otro tipo de centro) imputado por homicidio (aunque el fiscal ha pedido nuevas pruebas para determinar si lo fue, o si se trata de un asesinato); y el segundo, en libertad, imputado por encubrimiento.

Un delito, el que se le atribuye a Julio que, debido a sus lazos familiares con el presunto homicida, le librarán de la cárcel. En los casos de encubrimiento la condena, que va desde los seis meses a los tres años, deja a los imputados «exentos» como normal general si son familia, según recoge el Código Penal.

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