Reinventarse a los 50 años en Londres

Tras perder su empleo, acabó enfermería y ahora trabaja en Inglaterra


Bedford

David Valiño Vázquez es el claro ejemplo de la adaptación para salir de la crisis. Este enfermero gallego de 56 años se quedó sin trabajo tras cerrar la empresa en la que había trabajado de coordinador de ventas y de producción durante 22 años y con la que viajaba con frecuencia a la antigua Unión Soviética, Estados Unidos, Italia y el Reino Unido.

Lejos de deprimirse, decidió volver a las aulas y estudiar enfermería, que había dejado aparcada en los años ochenta, cuando se vio casado, con un hijo pequeño, y le surgió un trabajo bien pagado de tres meses que terminó siendo el que ejerció durante más de dos décadas.

El camino universitario no fue fácil para este coruñés. Se tuvo que adaptar a un recién implantado programa de Bolonia y apenas si le convalidaron algunas de las asignaturas que había aprobado anteriormente. Su sorpresa fue cuando, tras conseguir la ansiada titulación por la Universidad de Oviedo, se encontró con que iba a ser rechazado por su edad.

«Llamé a todas las residencias de ancianos de Asturias y solo me llamaron para una entrevista en la que me pusieron en lista de espera, pero al final nunca me dieron el trabajo», cuenta Valiño, quien no entiende la razón, ya que todavía le quedan unos 15 años en activo y ahora las empresas no hacen contratos de larga duración.

Viendo cómo estaba la situación, este hijo de un enfermero del antiguo Hospital Militar de A Coruña, decidió ponerse en contacto con una agencia y llamar a las puertas del Reino Unido. Tras una breve llamada por Skype, en la que comprobaron su nivel de inglés, fue a Madrid a hacer una entrevista y salió de ella con un contrato en el bolsillo.

«Fue increíble. Ni me preguntaron la edad, solo cuánto tiempo me comprometía a estar con ellos y si mi familia quería venir conmigo», explica con una sonrisa. La oportunidad vino de la mano del hospital de Bedford, una ciudad de unos 140.000 habitantes al norte de Londres, donde lleva ejerciendo su pasión desde hace ahora un año.

Aquel mismo día fueron contratados otros veinte enfermeros españoles, unas semanas más tarde otros 25, y en enero llegaron otros 16 profesionales a Bedford. «Algunos no se adaptaron y se volvieron a España, otros han cambiado a otras ciudades más grandes. Ahora mismo estamos una treintena. Estoy contento porque aquí nos tratan bien, nos apoyan y nos cubren», comenta.

Una de las mayores dificultades en la adaptación fue el gran número de papeles que tiene que cumplimentar tras atender a cada paciente y la laguna idiomática. «Aquí se utiliza un gran número de abreviaturas, es lo contrario a España, pero muchos términos son latinos y son iguales», cuenta.

Dispersión familiar

Valiño es duro en su visión del país: «La situación es patética, en los años sesenta se fue mano de obra, pero ahora se marcha personal cualificado. Estudiar es una inversión y un gasto tremendo para el Estado». La mayoría de sus compañeros tienen 23 años de edad y cree que no volverán a casa en la próxima década y eso repercutirá en «la bajada de calidad de la sanidad española».

Lo que peor lleva Valiño es la dispersión de los miembros de su familia, repartidos por cuatro países. Su mujer sigue trabajando en Oviedo, donde tiene plaza de funcionaria, su hija está en Lisboa con una beca Leonardo da Vinci para completar su trabajo fin de máster y su hijo está con una beca en el Parlamento Europeo en Bruselas. «Es lo único duro de estar aquí. Me comprometí con el hospital dos años y lo cumpliré, pero mi decisión en un futuro dependerá de si mi mujer puede venir aquí conmigo», puntualiza Valiño, quien lamenta que las opciones, si vuelve a España, «son contratos de quince días o un mes».

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