«¿Os 107 anos? Eu lévoos ben»

Evaristo Fernández, el varón más longevo de Galicia, que nunca se ha medicado y come de todo, celebra hoy su cumpleaños en su casa familiar de Ría de Abres


Trabada / La Voz

Le encuentro en la cocina de su casa, impecable, con la postura descansando en el bastón. Su mirada azul, que luce clara, nítida, se ilumina con la sorpresa cuando le informo: «Xa é o home máis vello de Galicia». En silencio se ríe suavemente mientras parece asimilar el calibre de la noticia. «En Galicia hai algunha muller máis vella, pero homes xa ningún, os que tiña diante o ano pasado morreron», aclaro. Me vuelvo a hablar con Justo, uno de sus hijos, y al rato me tira del brazo requiriendo mi atención. Con un punto de coquetería, me dice: «Así que hai algunha muller máis vella ca min... É que as mulleres son máis duras».

Para Evaristo Fernández, vecino de Ría de Abres, en el municipio lucense de Trabada (1.228 habitantes), cada día es un regalo, un milagro que disfruta arropado por su familia, comiendo de todo y sin medicarse. El año pasado, por estas alturas, tomaba un somnífero cada noche. Ahora ni eso. Solo, esporádicamente, antibióticos. «¿Os 107 anos? Eu lévoos ben», sentencia.

Conserva el humor, la lucidez, pero este año no ha pasado sin más. En Navidad sufrió un achaque que casi no supera y se ha vuelto más frágil. «De momento vou tirando... pero este ano non debullei o millo». Hace un año sí sorprendía a todos por el vigor con el que desgranaba el maíz. «No Nadal faltáballe a respiración. Veu velo un médico de Trabada, Castelo, unha excelente persoa... e menos mal. Tiña 30 pulsacións e deulle á desesperada un medicamento. Pinchárono e estivo un mes na cama sen levantarse... pero recuperouse e aí está. As pernas xa non tiran coma antes, pero esperta e durme igual de ben e come de todo... e máis que lle déramos», explica su hijo mayor, Justo.

«Como de todo», insiste Evaristo, y añade entre risas: «Mátanme de fame!». Su nieta, Lucía, comenta orgullosa: «Nos análises está ben, ten 6-12 de tensión, osixena ben... non lle atopan nada». ¿Cuál es el secreto de su longevidad? Lucía apunta un dato: «É moi metódico; sempre respectou as cinco comidas, aínda que unha delas fora picar moi pouquiño. É un reloxo. Almorza ás 9.30 ou 10.00, ao mediodía baixa á cociña, cena ás nove e ás dez déitase».

La genética con toda seguridad juega un papel decisivo, ya que varios de sus hermanos murieron tras rebasar con creces los 90 años. La longevidad es una constante en esta familia. La esposa de Evaristo, Celedonia, falleció a los 97 años en el Hospital de Burela, el mismo día y a unos metros de donde nacía su bisnieto, Alexandre. Les faltó un año para celebrar las bodas de platino. Una hermana de Celedonia murió a los 104 años, y un tío, don Álvaro, lo hizo a los 107 años. Era sacerdote y ofició hasta ocho días antes de fallecer. «A Evaristo quédalle un mes e un día para superalo», comenta Justo.

Evaristo sale de la casa y se sienta en un hito, lo que quedó del viejo hórreo entre cuyas pilastras pasaba una carretera. Un día un camión lo golpeó y lo echó abajo. «Funme pouquiño antes e librei», comenta Evaristo. Al hilo sale otra historia. La del médico de familia que observando su maltrecha pierna izquierda le dijo que o bien se operaba o acabaría en una silla de ruedas. No le hizo caso; el médico falleció hace más de 20 años y Evaristo solo ha tenido que echar mano del bastón en los últimos meses.

«Está máis delgadiño, pero come por dous», comenta Lucía. «Gústame de todo. O mellor? Patacas fritas con filete. O peor? As lentellas», dice frunciendo el ceño. Su nieta apunta otra faceta de Evaristo: «É como un neno. Encántanlle a pizza, os espaguetes, os sándwichs, o dulce... temos que medilo moito, porque se por el fora, comería e comería».

Alcalde de barrio hasta los cien años, ahora ostenta el título de alcalde honorífico. La política, en todo caso, apenas le interesa: «Púxose nerviosísimo cando escoitou na radio que abdicaba o rei. Pensaba que volvía a República», dice Justo. Evaristo la vivió en primera persona. «Non tiña medo... érame igual».

El año pasado me despedí de él retándolo hasta los 107. Evaristo cumplió. «Hai que ir polos 108», le digo. Sonríe y responde: «108 son moitos». Verlo, tan mayor, espléndido en su fragilidad, encoge el corazón.

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