«Todos lloramos, es bueno llorar»

Los pasajeros del Alvia que ayer pasó por Angrois a la hora en la que fue la tragedia, pero a 48 kilómetros por hora, aplauden al pasar la curva


Redacción / La Voz

Son las 19.30 horas. Verónica y Patricia corren de un lado para otro de la estación de trenes de Ourense. Bajan a los túneles que conectan los andenes, observan el cartel de llegadas, van a la sala de espera, se mueven de aquí para allá como buscando algo. Son de Ourense y hoy han ido a la estación porque quieren ver salir el Alvia que viene de Madrid y que llegará en una media hora. No van a subir, pero no les gustaría perderse ese momento. Quieren guardar un minuto de silencio cuando salga. «Es nuestra forma de homenajear a las víctimas -dice Verónica-, porque nos gustaría ir a Santiago y hacerlo allí, pero no podemos porque mañana tenemos que trabajar». Ninguna de las dos tenía conocidos que viajasen hace un año en aquel tren, pero aquello les dejó huella.

Igual que a otro hombre que aguarda en la entrada de la estación a que llegue su hija. «El año pasado vino justo en el tren anterior, este año llega en este. No le habría ocurrido nada porque se apearía en Ourense, pero eso deja marca igual. No dejas de pensar que la vida puede irse de un plumazo», cuenta.

En una de las mesas de la terraza de la cafetería de la estación que miran a las vías, un grupo de chicas esperan con botellas para subir al tren. Son de México y Venezuela. Van al Apóstol. A la fiesta. Están de vacaciones en Avión y saben perfectamente lo que ocurrió hace un año en Santiago. No tienen miedo ni les impone ningún respeto tomar el Alvia. «Lo que tenga que ser, será», dicen una de estas chicas del D.?F.

La estación comienza a convertirse en un pequeño hervidero de gente que viene y otra que se va. A lo lejos comienza a verse la máquina del Alvia llegando al andén. Se detiene y los pasajeros suben, colocan su equipaje y van buscando sus respectivos puestos. En los televisores echan una película de dibujos animados, que pronto cambia por un documental de océanos.

En el vagón nueve, uno de los que van ubicados más cerca de la máquina, viaja una mujer con su familia. Vienen del sur y llevan ya cerca de doce horas de viaje. Han salido a las ocho de la mañana y están deseando llegar. Van a una boda en A Coruña. La señora no sabe que justo fue un tren como ese, hace un año y a la misma hora, el mismo día, el que tuvo el accidente.

-¿Y hemos pasado ya la curva? -dice justo al pasar Ourense.

-Todavía falta. Es justo antes de entrar en Santiago.

-¡Mira qué casualidad! Pero ¿fue este mismo tren, de verdad? Pues nos costó sacar el billete. Lo tenemos desde hace unos meses, pero lo quitamos con una agencia porque al principio no había.

En la cafetería ubicada en uno de los vagones más alejados de la máquina algunos pasajeros leen el periódico. Casualmente dos de ellos lo tienen abierto por las páginas que recuerdan la tragedia de hace un año, pero no hablan de ello. Es un tema que emociona incluso a los que no conocían a nadie. Hace unos pocos minutos que el tren ha rebasado ya Ourense. El marcador donde se puede ver la hora y la velocidad indica «20.27 horas. 199 kilómetros por hora». Justo doce minutos más tarde la velocidad baja ya a 115 kilómetros por hora y en esa línea se mantiene un poco más.

Justo a las 20.40 horas el Alvia entra en el último túnel antes de llegar a Compostela. La velocidad es de 78 kilómetros por hora, 117 menos de la que llevaba cuando pasó por ese mismo lugar hace un año. Y desde ahí comienza a reducir. Justo al salir se ve el puente de la autopista. Un empleado de Renfe anuncia la inminente llegada a Santiago. Todo igual que hace un año. Muy puntual. El marcador de velocidad ha bajado a los 61 kilómetros por hora.

En ese momento el pasaje empieza a avistar la curva. Observan por la ventanilla con atención. Y justo ahí está. Desde lo alto, en Angrois, una multitud comienza a aplaudir cuando ve pasar el tren. Esa es la respuesta de los viajeros. Aplausos para las víctimas. Una mujer emocionada no puede contener las lágrimas. «Es que me he emocionado al ver a la gente ahí», dice. Otra a la que no conoce le pasa una mano por la espalda. El tren continúa hacia la estación. La gente va recogiendo el equipaje y se levanta para salir. La mujer a la que se le llenaron los ojos de lágrimas desciende en Compostela. Da las gracias a la que le tendió la mano y dice: «Todos lloramos, es bueno llorar».

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