Galicia: el buen camino y la autopista


Desde la distribución de electricidad, a la de combustibles para automoción, o desde las concesiones hidroeléctricas a las de explotación de autopistas, el concesionario es proclive a abusar del consumidor o usuario. Actúa como si lo tuviese bien cautivo de su concesión y, sus razones habrá, como si tuviese a la Administración controlada por los dichosos hombres de la puerta giratoria.

El costalero que paga sus impuestos y se dispone a pasar un día de ocio tiene que abonar su buena tarifa para circular con su automóvil por una concesión que le debiera garantizar la máxima fluidez en el viaje de ida y de retorno. Pero aun así todos sus cálculos de tiempo se pueden venir abajo. Y es un tiempo muy valioso. Si no lo fuera, ¿por qué habría que pagar peajes respecto a una alternativa de carretera nacional, si la hay, que pagamos con impuestos?

Quizás el atasco sea una forma de obligar a todos los domingueros a que se dobleguen al telepeaje. A un sistema que economiza costes operativos sin que se note en el precio. Ya se está siendo disuasorio para los que pagamos, aún, con moneda de curso legal como bien se observa en las cabinas. Quizás el atasco de este domingo fue una mezcla de disuasión hacia el telepeaje y experimento de prepotencia.

Aunque solo fuese por los visitantes no gallegos atrapados en esta ratonera ultramoderna, la Xunta de Galicia debiera penalizar ejemplarmente el daño causado a la marca Galicia por la codicia de medio pelo del gestor de la misma. Sin duda ese no es el buen camino que se promete en su rumbosa campaña institucional.

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