Un instante de felicidad

La toma de posesión de Agustín Hernández, acompañada de silbidos en la calle, fue una jornada aparentemente feliz que terminó sin vino español


Santiago / La Voz

Solo a Alfonso Rueda se le puede ocurrir saltarse la puntualidad, como buen jefe, en la toma de posesión de Agustín Hernández, con decenas de manifestantes imprecando en la plaza do Obradoiro a cuanto político asomaba los morros por allí. A todos les silbaron y vituperaron, pero el vicepresidente se llevó las raciones finales de pitidos, improperios y hasta las arremetidas de un par de jóvenes. Núñez Feijoo, escaldado con tanta desventura en Raxoi, prefirió estar al amor de la lumbre en San Caetano.

Ángel Currás abrazó a su sucesor al entregarle la credencial y otra vez al cederle el bastón. Efusión en el gesto no sobró, pero selló el traspaso de poderes. En los ojos del nuevo alcalde no se adivinó el futuro que le tiene reservado a su predecesor, si alguno le tiene reservado. ¿El Consorcio de Santiago? Difícil.

Hernández juró el cargo, y tras él todo su equipo. Sus antecesores también juraron en su día. Testigos directos del cambio de poderes han sido el delegado de Goberno, algunos conselleiros y el presidente de la Diputación, que como es obvio son los que mejor pueden informarle a la ciudadanía del desarrollo de un acto. Los periodistas fueron acuartelados en un salón cercano, con un monitor mostrando solo la mesa presidencial del pleno. No exhibió a los ediles cotillas o a los invitados modorros.

Carlos Varela, ex asesor del ex alcalde, presencia la actividad de los medios. ¿Pero qué haces en este salón y no en el de plenos? Sonríe y permanece mudo. Carlos renunció a su escaño a petición de Hernández. En la tribuna Ángel Currás desgrana dedicatorias. A la oposición le asegura que no hay enemigos sino adversarios (ayer no tenía ni adversarios en los bancos del BNG) y al funcionariado le obsequia con un rocío de elogios. Antes recibía una lluvia de sinsabores.

Problema de identidad

María Jesús Sainz sale de la sesión como entró, feliz y radiante, con una bonita chaquetilla azul sobre sus hombros. «El azul es mi color preferido», arguye. Es una mujer a la que las revistas pueden adjudicarle sin temor a equivocarse un ligue con Mefistófeles: Irradia lozanía y buen ver. Su compañero Alejandro Sánchez-Brunete se afana, algo manazas con la dama, en colocarle una insignia en la solapa.

Sainz y Brunete, con unos cuantos años adicionales, retornan a la edilidad perdida. El edil ejercía de asesor de Currás: «No me hice aún una composición de lugar. Siento un problema de identidad. Mi trabajo era menos recogido y visible». Ya puede ir haciéndose a la idea de que en este tramo final va a visibilizarse de lo lindo.

Ángel Currás parece sentirse de repente desnudo sin el traje de alcalde. Reparte saludos, afable y melancólico, y se desliza hacia la salida. En esta tesitura nadie sirvió el vino español típico de las tomas de posesión. La concejala Reyes Leis bulle por los pasillos y uno cree notarle un deje nipón en el habla. Ha estado varios días en Japón. Muy cerca, el presidente Diego Calvo, melena al viento, hace corro con tres invitados. «A ver si la presión mediática baja un poco», les dice, A ver.

La Secretaria Xeral de Comunicación, Mar Sánchez, la alegría de la huerta de agradable sonrisa, ni en broma iba a faltar a la cita con el ex conselleiro: «Conozco a Hernández desde el 2003. Es una excelente persona».

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