El pícaro de Parga que engañó a un directivo de Tom Ford

Carlos Bergantiños es un hombre inocente hasta que se demuestre lo contrario, pero el FBI lo acusa de estar detrás de una trama que vendió un Rothko supuestamente falso que acabó en manos de Domenico de Sole, responsable de Tom Ford Internacional y expresidente de Gucci. Su expareja Glafira Rosales confesó. La pregunta es cómo alguien de Parga se ha convertido en candidato a entrar en la lista de grandes falsificadores de arte


Antes de que Carlos Bergantiños cruzara el Atlántico para hacer las Américas quería ser torero. «Decía que iba ir a México a tomar la alternativa», recuerda uno de sus compañeros de infancia en Parga, en el concello lucense de Guitiriz. Al final no hizo carrera en los ruedos, pero según la acusación del FBI que pesa sobre él, acabó «toreando» a multimillonarios de medio Manhattan con una presunta trama de falsificación de obras de artistas de la talla de Willen De Kooning, Mark Rothko o Jackson Pollock. Sus maniobras y las de su expareja, la mexicana Glafira Rosales, acabaron incluso dando la estocada tras 165 años de trayectoria a la galería Knodler, toda una institución en el mundo del arte en Nueva York.

¿Cómo lograron que galeristas con tanta reputación como Michael Hammer y la ahora caída en desgracia Ann Freedman les compraran por 20,7 millones de dólares, como dice la Fiscalía neoyorquina, cuarenta cuadros que luego vendieron por más del doble?. Una respuesta la da el doctor por Harvard y experto en peritaje de obras de arte, William Cole: «La raíz del problema es que, a nivel visual, esos artistas que supuestamente copiaban son muy fáciles de falsificar. Otra cosa son los materiales que utilizan y las técnicas. A eso hay que añadir el hecho de que son obras adquiridas muchas veces para impresionar. Alguien paga millones de dólares por un cuadro porque le gusta mucho y luego resulta que presuntamente está hecho por un artista de Queens, un suburbio de Nueva York». Su teoría la detalla todavía más utilizando el cuento de El traje nuevo del emperador. «Es como en esa historia. Para no parecer ignorante cuentan que este cuadro o aquel les gusta mucho y pagan cantidades desorbitadas por ellos», añade.

Puede que Bergantiños y Rosales se aprovecharan de lo que se conoce como Wall Power. Porque en determinados niveles sociales el estatus se mide por los cuadros que cuelgan de las paredes de una casa o de una oficina. «Esos cuadros a veces se tienen para que las amistades vean que eres muy rico o tienes unos enormes conocimientos de arte», explica Cole.

Además, la profesora investigadora y directora del Centro de Derecho del arte, los Museos y el Patrimonio Cultural de la facultad de Derecho de la DePaul University en Chicago, Patty Gerstenblith, explica que «no hay reglas específicas en el mercado del arte para regular la venta de copias. Los compradores quieren adquirir obras auténticas para poder revenderlas, pero esa es una función que regula el propio mercado en general». Y habla del caso concreto en el que presuntamente está implicado Bergantiños. «En Estados Unidos, como en otros lugares, es ilegal cometer fraude. Eso se da cuando alguien sabe que una obra no es auténtica, pero dice que es verdadera. Algunas de las personas supuestamente involucradas en el caso Rosales conocían que las pinturas eran copias. Además fueron capaces de engañar a los compradores como para que estos no se enteraran. Pero quién cometió el fraude y quién fue engañado aún no está del todo claro y en mi opinión el caso durará todavía durante varios años más».

Sea como fuere la historia que el FBI y la Fiscalía de Nueva York les atribuyen a Bergantiños, a su hermano, a Rosales y al artista de origen chino Pei Shen Qian tiene ingredientes suficientes como para convertirse en un gran guión: Un emigrante de un pueblo de menos de 500 habitantes de la Terra Chá llega a Nueva York. Pasa por múltiples trabajos y, poco a poco, va introduciéndose en el complicado mundo del arte neoyorquino. Conoce a Rosales, con la que tuvo una hija y que fue su pareja durante años. «Viña aquí e gustáballe bailar na festa», dicen de ella en Parga.

Un día, paseando por el sur de Manhattan tiene la suficiente visión artística como para fijarse en el trabajo de un chino, Pei Shen Qian, que ofrecía sus trabajos en una esquina. Entran en contacto, hablan y supuestamente acuerdan que Qian realice obras que imiten a los cuadros de Pollock, Rothko, Dieberkorn, Motherwell, De Kooning, Sam Francis, Franz Kline... incluso de Francisco Zúñiga, Keith Haring o Basquiat. Todos de algunos de los autores más cotizados del momento. A esas obras, cuyos lienzos envejecía Bergantiños aplicándoles bolsas de té o dejándolos a la intemperie, les colocaban luego la supuesta firma de esos autores.

Para darles salida Rosales se presentaba en galerías como Knodler como representante de un tal Míster X, un coleccionista del este de Europa que había heredado las obras de su padre y que quería mantenerse en el anonimato. La expareja de Bergantiños, la única que hasta el momento se ha declarado culpable de los cargos que le atribuyen las autoridades norteamericanas, decía a sus clientes que muchas de esas obras las había comprado el progenitor de Míster X directamente a los artistas.

Todo parece que fue bien durante unos 15 años hasta que en el 2011 una de las supuestas víctimas de la trama, el coleccionista belga afincado en Londres Pierre Lagrange, quiso subastar en Christie´s un cuadro de Pollock que había adquirido en Knoedler de Nueva York por unos 7 millones de dólares. La prestigiosa casa de subastas la rechazó por ser falsa. Y otros peritos confirmaron luego que era un engaño. Ahí saltó un escándalo que ha conmocionado al mundo del arte en Estados Unidos. Sobre ello Patty Gerstenblith advierte que «a veces es muy difícil determinar si una obra es falsa o auténtica y también, a veces, la gente cree lo que quiere creer. .[..] A menudo no es fácil saber qué es verdadero o falso».

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