Un hombre solitario, una mujer risueña

La pareja tenía tres hijos, todos ingenieros. Ella, solidaria, visitaba a enfermos en el hospital


Foz / La Voz

Sus hijos, tres brillantes ingenieros que residen y ejercen en Alemania, Xove y Santiago, eran la gran pasión de su madre. Lo confesaba sin tapujos ahora que estaba a punto de ser nuevamente abuela. A diferencia de su marido, Elena Rodríguez, de 71 años, era una mujer extrovertida. Segoviana de nacimiento, residía desde 1978 en Foz, adonde llegó cuando su marido, ingeniero de profesión, comenzó a trabajar en el complejo de Alúmina Aluminio, entonces Inespal. Sus más allegados confirman que fue pieza clave en la formación y educación de sus hijos, que recién llegados de Gijón se adaptaron perfectamente a la vida de una villa. Pese a residir fuera de ella, conservan viejas amistades del colegio Martínez Otero, del instituto y de su etapa de juventud.

Fue precisamente en esta localidad mariñana donde Elena Rodríguez forjó grandes amistades. De trato cercano, era frecuente verla salir a pasear con sus perros. El cariño por los animales la llevó años atrás a unirse a otras mujeres para crear el germen de la actual Protectora de Animales de Foz. También sus compañeras de la asociación de amas de casa local quisieron participar ayer en la concentración que sirvió para recordar a esta mujer risueña, vital y habladora. Amigas y vecinas no pasan por alto su faceta más solidaria y sus visitas a enfermos en el hospital. Algunas, muy, muy recientes.

Ni siquiera los momentos delicados que vivía en su relación de pareja, y que confesó a las más allegadas, le impedían sonreír. En los últimos tiempos, quizás un poco más preocupada, seguía en contacto directo con una hermana que, según varias fuentes, reside en Segovia y con la que acostumbraba a hablar por teléfono a diario, incluso varias veces en la misma jornada. También sus hijos estaban muy pendientes de ella.

Hermana de un periodista

Elena era discreta y solo las amigas más íntimas sabían que era hermana del periodista segoviano Cirilo Rodríguez, ya fallecido y que, entre otros cargos en RNE ostentó el de corresponsal en Nueva York. La Asociación de la Prensa de Segovia convoca todos los años un premio que lleva su nombre y con el que se premia a corresponsables o enviados españoles en el extranjero. Esta relación hizo quizás que el fallecimiento de la vecina de Foz fuera recogido y seguido también por medios de comunicación de Castilla y León.

El trágico desenlace, sin denuncias previas, causó sorpresa en la localidad mariñana, donde algunos todavía recordaban un episodio pasado, de años atrás, cuando Manuel Gago, el marido de Elena, tuvo que ser socorrido por la Policía Local y por su esposa a punto de fallecer por un escape de monóxido de carbono en el garaje de casa. Manuel, de 68 años, era una persona mucho menos conocida en Foz que su mujer. Antiguos compañeros de trabajo de la fábrica de Alcoa en San Cibrao (Cervo) reconocían ayer su capacidad como ingeniero e incluso destacan sus habilidades. Era frecuente verlo pasear por las inmediaciones del barrio de Malates, donde residía desde hace casi un cuarto de siglo en una vivienda unifamiliar. Años atrás, la pareja y sus hijos habían residido en un piso de la localidad. A Manuel Gago era frecuente verlo solo. Nunca dejó de idear creaciones en su taller. La faceta más pública la mostró en los últimos años, ejerciendo como miembro de la comisión de urbanismo creada en la tramitación del Plan Xeral de Ordenación Municipal (PXOM). Acudía en representación de la asociación O Castro, según confirmaron ayer varios vecinos, todavía conmocionados por lo sucedido.

Todos los consultados coinciden en señalar que era pareja de rutinas y quizás por ello entre los vecinos llamó mucho la atención que el día que se descubrieron los cadáveres ninguno vio a la mujer. A él sí, paseando en las inmediaciones del chalé. Al margen del reconocimiento a su trayectoria profesional, poco ha trascendido de la vida social de Manuel Gago. Quizás la confesión pública más extensa de este hombre, nacido en Bárcena-Turón (Asturias), fue la que él mismo redactó de su puño y letra y compartió con sus antiguos vecinos en el Foro de Turón. Para despejar las dudas de otro interlocutor, Manuel confesaba en enero del 2010 que había estudiado en Tarragona y Barcelona, donde comenzó a trabajar. En 1969 -según su testimonio- regresó a Gijón y en 1978 se instaló en la villa de Foz. En el mismo mensaje confesaba que se había jubilado «en unas inmejorables circunstancias y, como me había construido un chalecín aquí, pues aquí sigo, ya que el pueblo es bonito, sus gentes amables y al ser un pueblo eres conocido por todos y es muy cómodo [...] Aunque de joven a todos nos va la marcha, a partir de los 45 quedé un poco harto de tanto jaleo de viajes. Así que ahora viajo solo cuando nos apetece a la parienta y a mi...».

Aunque los vecinos afirman que le costó encajar y adaptarse a la jubilación, Manuel Gago no lo reconoce en este relato. En su taller, situado detrás de la casa en la que solo residía el matrimonio, el hombre invertía horas cuidando el jardín. Algunos lo califican como un hombre solitario. En los últimos tiempos, no era habitual verlos juntos. Solo en algunas ocasiones, en misa, los fines de semana.

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