Gaiás: se cierra el telón del disparate

La Xunta pone fin a una historia de excesos que los expertos advirtieron desde el principio


Santiago / la voz

Tal día como ayer, en el 2001 la Xunta iniciaba una alocada carrera de fondo al colocar la primera piedra del Gaiás. Hoy, por lo que entonces comprometieron Manuel Fraga y su conselleiro Jesús Pérez Varela, allí, sobre aquel monte a las afueras de Santiago, debería haber seis edificios en funcionamiento desde hace al menos diez años y su construcción tendría que haber costado a las arcas autonómicas, como mucho, 108,2 millones de euros. Por el recinto, además, habrían desfilado ya millones de turistas, cartera llena en mano, fascinados por el atractivo del «Guggenheim galego». Pero el complejo terminó abriendo -y solo parcialmente- en enero del 2011, lo componen nada más que cuatro inmuebles, se ha tragado casi el triple del dinero anunciado y solo lo visitan una media de 913 personas cada día, un 90 % de las cuales no deja un céntimo en la caja. Esta semana, por fin, el Gobierno autónomo ha terminado con la pesadilla: no concluirá la obra.

Desde su epílogo, la historia de la Ciudad de la Cultura es la de un fracaso anunciado. Porque se gestó, se desarrolló y se gestionó con laxitud, vacuidad, improvisación e incluso temeridad, como si los cuartos de todos fuesen los de nadie, sin levantar la vista siquiera hasta el horizonte de la próxima semana. Y hubo quien lo advirtió en hora. Aunque, lejos de escucharlo, lo silenciaron. El 26 de agosto de 1999, uno de los miembros del jurado encargado de elegir arquitecto para el sueño de Fraga, el alemán Wilfried Wang, emitió un voto particular que el equipo de Pérez Varela ocultó. En esa objeción al fallo de sus colegas, punto por punto, pronosticó lo que luego pasaría con el proyecto de Peter Eisenman: «Tamaño excesivo», «el presupuesto se disparará de forma seria», «muchos aspectos están poco o nada definidos», la intervención está «manipulada de forma arbitraria» la propuesta de usos «no se desarrolla más allá de modelos decimonónicos»... Lo clavó. Todo.

Un lustro y medio después, cuando La Voz descubrió el escrito de alerta y entrevistó a Wang, este último legó una de esas frases para los anales. «Hasta un ignorante habría detectado los excesos. [...] Entonces, no me oyeron; el resultado hoy es un desastre». Demoledor. Como contundentes suenan también todos los análisis de aquella orgía de gasto que se fueron realizando a posteriori. Hubo desidia, negligencia, alegría en exceso, vinieron a concluir tanto el Consello de Contas, en una fiscalización a toro pasado en el verano del 2007, como los expertos llamados poco después al Parlamento de Galicia a declarar en el marco de una comisión de investigación. El escándalo acabó en los tribunales, pero era tarde: pese a detectar «numerosas irregularidades» y «actuacións dubidosas», la Justicia archivó el expediente en los albores del 2010, aduciendo la imposibilidad de, habiendo transcurrido tantos años, probar sus sospechas.

Ahora, capital privado

Tampoco los políticos, de ningún partido, se afanaron en sentenciar el caso. Porque tuvo padres biológicos esta criatura, el tándem Fraga-Pérez Varela (PP), pero también adoptivos. Quienes jubilaron en las urnas del 2005 al león de Vilalba, Touriño (PSOE) y Quintana (BNG), llegados al poder olvidaron los momentos de oposición. Y, lejos de cancelar las obras, las hicieron suyas, encareciéndolas de paso. También Feijoo, arribado a Monte Pío en el 2009, se resistió a dar carpetazo al asunto. Hasta hace tres días, cuando aprobó la rescisión de los acuerdos que aún vinculaban a la Administración con Acciona, OHL y Copasa para el levantamiento de los dos edificios finales del recinto. Las arcas públicas, en virtud de esa decisión, dejarán de perder más de 150 millones, sin contar desembolsos por programación y mantenimiento. La iniciativa privada, con sus fondos y a su riesgo y ventura, podrá construir algo allí, sobre el par de parcelas ociosas, y luego explotar el invento en régimen de concesión por un máximo de 35 años.

En el Gaiás, que así jamás tendrá ya aquella megaópera anhelada, acaba de cerrarse, sin embargo, un gran telón, el de la infamia. El que resta por caer, el de la contención del gasto corriente en el recinto, empezará a hacerlo en el 2015. A partir de entonces, la Xunta, que ha reorientado una mitad la Ciudad de la Cultura hacia la creación y la tecnología, planea reducir a 1,5 millones por ejercicio su aportación a la gestora del centro. 41 veces menos de lo que llegó a transferirle. Un agujero. Negro.

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