redacción / la voz

1982. Mientras España entera se volcaba con Naranjito, en Serrrapio, un pueblo del concello pontevedrés de Cerdedo, jugaban otro partido: el de salvar su aldea. Levantada a escasos metros del río Lérez, en una pendiente coronada por una capilla rodeada de cruceiros, el pueblo tenía más de una veintena de casas. «Xusto aquí de frente onde ves esa veiga había unha vivenda moi boa. Tiña dous pisos, unha corte e o tellado», recuerda Luis. Toma café en casa de Irene y Eliseo, sus tíos. Lo acompañan con galletas rellenas de vainilla. Y aguardiente.

Ella ha cumplido los 81 años, a su marido le falta poco para los 84, y Luis tiene esa edad indefinida que esconden los rostros curtidos que han vivido y trabajado mucho. Hace memoria y apunta con el dedo al solar vacío a través de la ventana. Los tres son ahora los únicos habitantes de Serrapio. Al resto se los llevó el embalse, una presa que solo se construyó en los planos, porque nunca llegó a levantarse. La mayoría de los que se fueron ya han muerto. Y los que aún quedan, viven lejos.

En 1982 vino la empresa concesionaria, expropió los terrenos donde se levantaban las viviendas que supuestamente habrían de quedar sumergidas bajo el agua y los vecinos se marcharon. «Podían levar a pedra e cortar os árbores para madeira, neso portáronse ben», cuentan mientras revuelven el café.

La casa de Irene y Eliseo era una de esas candidatas a morir ahogada en el pantano. Pero se negaron a marchar, al menos hasta que no les quedara otro remedio. «Ata que a auga non chegue á porta de aquí non marchamos» fue la respuesta que Irene dio al perito cuando vino a informarles de que tenían que irse. «O meu home ía ter moita morriña», dice aún después de treinta y un años. Aguardaron y aguardaron con la incertidumbre de que un día comenzarían la obra y tendrían que marchar porque el agua ya llegaría hasta su puerta. Entonces deberían mudarse a la casa que habían construido a unos dos kilómetros de su pueblo. Pero el embalse no llegó a realizarse. «Ao final fixeron minicentralillas. Aí están», apunta Irene.

Aguantaron porque ahí lo tenían todo. Él nació en Serrapio. Ella en Filgueira. Antes de casarse, cuando moceaban, él iba a pretenderla en bicicleta y un día por fin dio un paso adelante. «Ou decidía pronto, ou...», recuerda ella, mientras miralo mira riendo. Tiene los ojos azules, claros como el cielo que cubre la aldea los días de sol para hacer crecer el maíz en sus campos. Aquella chica de 25 años de Filgueira no dijo que no. Se casaron. Tuvieron un hijo y una hija. Y toda su historia juntos la fueron forjando en ese pueblo que continúa vivo gracias a ellos.

La cafetera va bajando. El café se bebe rápido. Será porque fuera llueve a cántaros. Hace un día oscuro y él, que también la mira a ella como cuando tenía veinte años, no podrá acabar la faena que tenía prevista para la tarde. Porque Eliseo no ha parado nunca de trabajar. Es de esos hombres fuertes, caballeros elegantes del campo que continúan poniéndose traje para ir a misa los domingos. Entre los dos, él y ella, han logrado que el abandono no haga mella ni en la aldea ni en el entorno que en su día iban a convertir en pantano

No quedan ya muchos como ellos, de su generación en Cerdedo. «Da miña idade xa non queda por aquí prácticamente ninguén. Da zona marcharon moitos para Uruguay, para Brasil...», recuerda Eliseo. La emigración a Sudamérica primero y a Centroeuropa después, dejaron también huella en toda Galicia, también en Cerdedo. Para muchas aldeas fue una condena. Pero incluso eso superaron.

Él es carpintero, aunque como dice «o que sabe andar coas máquinas é Luis». Pero ha hecho los marcos de las ventanas, el cobertizo que hay delante de la casa... Probó ganarse la vida en Suiza, pero regresó. «Estivo máis ou menos un ano, eu botei máis», cuenta Luis. Volvió por Irene porque, como explica ella, «aquí tiña moita faena, os sogros, os fillos... teño botado o millo e recollido soa aquí». Por eso Eliseo dejó atrás Suiza. Para estar juntos, trabajando el campo, cuidando el ganado, limpiando los caminos, ayudándose y cultivando unas tierras que iba a anegar un embalse que solo acabó siendo un dibujo en un papel.

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«Ata que a auga chegue á porta, de aquí non marchamos»