Cumple 106 años medicándose solo con una pastilla para dormir

Evaristo Fernández, de Trabada, tampoco sigue régimen alguno

Evaristo desgranando maiz

Trabada / La Voz

No sabe de régimen y las medicinas se limitan a un ligero somnífero para conciliar el sueño. Nada extraño de no ser porque Evaristo Fernández cumplió ayer 106 años en su casa en Ría de Abres, en el municipio lucense de Trabada (1.268 habitantes). Varias décadas atrás un médico de familia, observando su maltrecha pierna izquierda, le advirtió: «Ou te operas ou vas acabar nunha cadeira de rodas». El médico falleció hace más de 20 años y Evaristo ni siquiera necesita bastón para caminar.

«Como de todo... chourizo tamén, de unhas cousas máis e de outras menos. Un guiso, unha sopa, unha tortilla. ¿Viño? Tamén me gusta un pouquiño. E non gasto medicina ningunha. Só unha pastilla para durmir. Hoxe durmín toda a noite», dice. Una propiedad de las conciencias tranquilas: «Nunca fixen mal a nadie». Es esa salud de hierro la que le permite valerse por sí mismo, levantarse en torno a las nueve de la mañana y, si no hay nadie en casa, hacer el desayuno, después la comida e incluso sorprender a sus hijos desgranando maíz.

El reinado de Alfonso XIII, la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República, la Guerra Civil, el franquismo, la democracia, la proclamación del rey Juan Carlos... Para vivir todo eso y mucho más está dando la vida de Evaristo Fernández. Pocos más apropiados para diagnosticar con una pasmosa lucidez: «O mundo mellorou algo, pero agora vai un pouquiño para atrás. Antes era máis escravo». Habla con una sonrisa paternal, que rebosa comprensión, en un rostro claro en el que destacan como faros sus limpios ojos azules.

De la política reconoce que cada día le interesa menos, no por hastío, sino por la lógica que imponen los años: «Non escoito ben». Porque si bien Evaristo no acostumbra a ver la televisión, sí está al día por la radio. «Un día ergueuse da sesta e de escoitar a radio e díxome: ??Hai que ver como está España??», cuenta su hijo Justo.

Un tiempo le recetaron un medicamento para regular la tensión, pero finalmente optaron por quitárselo. «Onte tiña 10-6, un pouco baixa, pero é o que hai...», apunta Justo.

Ayer estaba de celebración y se iba a permitir algún exceso. Un chupito, quizás. «Veñen moitos amigos e familia. Ata agora non me cansa ver tanta xente xunta», dice Evaristo, que se preparó como corresponde para la ocasión: «Onte fun á Veiga -en el vecino Occidente asturiano- a cortar o pelo e tomar un viño. Así estiven cos amigos. Os amigos de agora; os de antes xa non están». Ese mismo día acudió al centro de salud de Trabada a cumplir con el precepto de vacunarse contra la gripe. Los facultativos que lo atienden no perdieron la ocasión de fotografiarse con él y tomar unos pasteles. «Gozou moito», apunta su hijo mayor. Evaristo es y se siente un hombre apreciado. Fue alcalde de barrio hasta superar los cien años y ahora ostenta el cargo a título honorífico.

¿Cuál es el secreto de su longevidad? Evaristo se encoge de hombros y no acierta a dar una razón. Pero esa vitalidad parece ser una constante en esa zona bañada por el Eo. Varios de sus hermanos murieron tras rebasar con creces los 90 años. Su esposa, Celedonia, falleció a los 97 en el Hospital de Burela, el mismo día que a unos metros de distancia nacía su bisnieto, Alexandre. Les faltó un año para celebrar las bodas de platino. Un tío de Celedonia, don Álvaro, sacerdote, murió a los 107 años y ofició hasta ocho días antes de fallecer. Y una hermana de Celedonia alcanzó los 104 años.

«Son 106 anos, que non moitos chegan a eles», dice con cierto orgullo al despedirse de mí. El convencionalismo, en su boca, suena como un reto «¡Ata o ano que vén!».

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