Viaje al infierno de una niña

La rumana de 15 años a la que una red de trata de blancas obligaba a prostituirse vino a España con la promesa de trabajar en verano para ayudar a su madre recién divorciada


Santiago / La Voz

María no se llama María. Solo para ponerle nombre en estas líneas. O quizás sí, porque este es el apelativo de mujer más común en su país, Rumanía, de donde esta niña de 15 años partió el pasado verano con la ilusión de trabajar cuidando niños en España y acabó en las garras de una red de trata de blancas que la esclavizó y obligó a prostituirse hasta que fue rescatada en Padrón por la Brigada de Extranjería de la Comisaría de Policía Nacional de Santiago.

De rasgos eslavos puros, inteligente y buena estudiante, la red ya le había echado el ojo en su pueblo natal, una localidad de menos de 15.000 habitantes situada en una región rural y deprimida fronteriza con Moldavia, en el noreste rumano. La organización cuenta allí con una discoteca a la que acudió María una tarde. Uno de los jóvenes a sueldo del poderoso clan gitano-rumano dedicado a la trata de blancas se fijó en ella y echó la caña para ganarse su confianza con piropos, invitándola a tomar algo y presentándole a todo el mundo. Aquella tarde había empezado su viaje al infierno.

Su madre se acababa de divorciar y la familia atravesaba dificultades económicas, por lo que cuando le ofrecieron pasar el verano en España trabajando no se lo pensó y decidió seguir los pasos de su hermana, que emigró de Rumanía y vive feliz en un país de la UE. Una de las mujeres del clan, de 73 años, le prometió 600 euros al mes por cuidar a su nieto en Valladolid, un sueldo desorbitado en un país con salarios entre los 100 y los 200 euros mensuales.

La promesa de cobrar 1.800 euros por tres meses de trabajo durante las vacaciones del instituto convenció a la madre de María, que firmó un poder a la mujer para que su hija pudiera salir con ellos del país. Sin saberlo, acababa de entregar a la pequeña a sus verdugos.

Tras recorrer en autobús los más de 3.300 kilómetros que separan su localidad natal de Valladolid, María llegó en julio a la capital castellanoleonesa. La ilusión le duró un único día. La rumana de 73 años en cuya casa teóricamente iba a trabajar era en realidad una prostituta de la organización, que se quedó con su documentación y sus pertenencias y no dudó en amenazarla, agredirla y vejarla para obligarla a que ejerciera la prostitución en el Jamaica, un local de alterne de la ciudad.

Las palizas acabaron por doblegarla, pero no del todo. Con la única idea de escapar, se puso en contacto con el chico amable que se le había acercado en la discoteca de su pueblo, que residía en Valladolid. Le contó el infierno por el que estaba pasando y él fingió querer ayudarla. Le dijo que podía cobijarse en casa de su hermano, que vive en Santiago, donde podría trabajar cuidando a un niño y haciendo las tareas del hogar.

La noche en la que María burló la vigilancia de los dos búlgaros que custodian la puerta del club de alterne vallisoletano ella pensaba que huía, pero en realidad salía de una sartén ardiente para caer directamente sobre el fuego. Otra vez la ilusión le duró poco. Tan solo el tiempo que tardó en recorrer los 450 kilómetros que separan Valladolid de Santiago. Al día siguiente de su llegada fue trasladada a otro club de alterne, donde fue nuevamente obligada a ejercer la prostitución.

Su destino fue esta vez A Escravitude, en Padrón. Concretamente un local llamado La Perla que ha sido el que ha dado nombre a esta operación policial en la que, además de rescatar a María y devolvérsela a su familia, se han detenido a diez personas. Ocho son miembros del clan gitano-rumano dedicado a la trata de blancas y los otros dos son los españoles que regentaban los burdeles.

La Policía Nacional está convencida de que todos los gitanos forman parte de una misma organización que capta sus víctimas en Rumanía y las explota sexualmente en España. A María literalmente la esclavizaron. Le exigían cumplir unos mínimos de facturación diarios y llegaba a prestar hasta quince servicios al día. De los 50 euros que pagaban los clientes ella debería haber recibido 13, más 20 euros por cada copa que se tomaran los hombres. Pero jamás vio un céntimo y las cantidades que le enviaban a su necesitada madre eran irrisorias.

En el Perla la media de edad es de 40, por lo que María era la más demandada. En los registros apareció documentación falsa de la niña simulando que era mayor de edad, pero todas las prostitutas sabían que era menor. Y muy probablemente, también la mayoría de sus depravados clientes. Los agentes también encontraron el documento con el que el clan gitano-rumano de Santiago compró a la pequeña al de Valladolid, así como un bastón metálico totalmente doblado. El arma con el que la niña era castigada cuando se rebelaba.

El infierno acabó en septiembre. Dos agentes de la Policía Autonómica la vieron corriendo por el Periférico de Santiago y le dieron el alto. Huía de la última agresión y les narró su terrible historia. La llevaron a un centro de menores, pero se sintió sola y volvió al club de Padrón, donde le pidió al dueño que la dejase trabajar unos días, pero que no le dijese a los gitanos que estaba allí. La Brigada de Extranjería la rescató nuevamente y esta vez de verdad. María ya está en casa, con su madre.

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