santiago / la voz

A las 22.31 horas de hoy el caso Asunta cumple 23 días. Esa fue la hora exacta a la que el sábado 21 de septiembre los padres de esta niña de 12 años, que el pasado día 30 habría cumplido 13, denunciaron ante la Policía Nacional de Santiago su desaparición. No hubo que buscar mucho. A la una y cuarto de la madrugada del domingo, tan solo dos horas y 45 minutos después, dos hombres que iban a tomar unas copas a un local de alterne hallaban el cadáver de la pequeña en una pista forestal de Cacheiras (Teo). El mayor misterio de la historia criminal compostelana había comenzado.

Pese a su complejidad y a estar aún repleto de recovecos, el caso ha entrado en su cuarta semana con más cabos atados que sueltos y con un moderado optimismo por parte de los investigadores, que creen haber entrado en la fase decisiva para poder completar un puzle que tiene en vilo a toda España.

Desde el principio, las incongruencias y la actitud de los padres de Asunta, Rosario Porto y Alfonso Basterra, les hicieron aparecer como principales sospechosos. El lunes, mientras velaban en el tanatorio el cuerpo sin vida de su hija, la primera niña china adoptada en Santiago, quizás no eran conscientes de lo rápido que se estaba estrechando el cerco sobre ellos. Y eso a pesar de que ya les había hecho fruncir el ceño, e incluso protestaron por ello, el hecho de que el juez que estaba de guardia aquel día, José Antonio Vázquez Taín, ordenase ese mismo domingo el registro, y no una mera inspección ocular, de las viviendas de ambos y que interviniera sus coches. Aquellos reflejos del magistrado salvaron el caso, ya que se hallaron pistas e indicios cruciales.

Las detenciones

Tan determinantes fueron aquellos registros que tan poco gustaron a Rosario Porto y a Alfonso Basterra que el martes 24, nada más incinerar a la niña, ella era detenida e imputada por el homicidio de su hija. Daban comienzo días frenéticos en la investigación. Aquel mismo martes en el que se celebró el funeral religioso de Asunta fue el último que el padre durmió en libertad. Al día siguiente se despertó imputado, pero no detenido. El juez Vázquez Taín ordenó el registro de la casa que Porto tiene en Teo, a menos de cinco kilómetros del lugar en el que apareció muerta la niña.

Tras aquel intenso registro, en el que Charín -como conocen sus amigos a Porto- apareció vistiendo un visón de su madre, riendo y fumando, tanto ella como su exmarido -se habían separado hace meses- salieron imputados y detenidos. Durmieron en el cuartel de la Guardia Civil en Lonzas (A Coruña).

Las risas distendidas de Rosario Porto en el registro de la casa de Teo se tornaron en lágrimas de angustia cuando el jueves 26 la Guardia Civil la trasladó a ella y a Basterra a los pisos de Santiago en los que viven para registrarlos. Una multitud los esperaba tras el cordón policial para gritarles «asesinos, asesinos». Al día siguiente ambos declararon ante el juez, que los envió a prisión preventiva y sin fianza y que anunciaba que la imputación por homicidio podría ampliarse a asesinato.

En aquella tormentosa primera semana de investigación la Guardia Civil y el juez ya consiguieron atar algunos cabos, que han sido más en los días sucesivos. La secuencia de hechos que consideran conllevó el crimen comienza el sábado 21 a la hora de comer. Los tres se reúnen en la casa del padre y presuntamente, de común acuerdo, le mezclaron una elevada dosis de ansiolíticos en la comida. Se trata de lorazepam, una benzodiazepina cuya marca comercial es Orfidal y que es el mismo medicamento que Rosario Porto tenía recetado para la ansiedad.

Una cámara de seguridad captó a madre e hija en coche en dirección a la casa de Teo. Una prueba que obligó a Porto a cambiar su primera versión de los hechos y recordar de súbito que sí había ido con la pequeña a Teo. En esta propiedad se sitúa la muerte de la niña. Sedada por las pastillas, fue atada de pies y manos, le aplicaron otro producto químico en la cara o bien para dormirla definitivamente o para acelerar la asfixia y le taparon boca y nariz con una almohada, un cojín o un peluche hasta que dejó de respirar.

La autopsia

Asfixia por sofocación fue la causa de la muerte que determinó la autopsia y las pruebas toxicológicas confirmaron la presencia de una gran cantidad de lorazepam en la sangre de Asunta. El vídeo de seguridad permitió al juez considerar que Rosario Porto había estado tanto en el momento en el que se le suministraron los fármacos a la niña como en el de su muerte en Teo. Al padre tan solo lo coloca en el primer escenario, y saber si fue o no a la finca es uno de los cabos que quedan por atar. Las cámaras que faltan por visionar lo dirán.

Hay más. Aún quedan muchas pruebas científicas pendientes con las que el juez y la Guardia Civil quieren apuntalar su relato de cómo se produjo el crimen. Aún no han llegado las pruebas del cabello, que determinaran desde cuándo se suministraban ansiolíticos a la niña, ya que sus profesoras de música relataron episodios en julio en los que acudió adormilada a las clases. Su padre dijo que se debía a la medicación contra la alergia, pero la pediatra confirmó que la pequeña no padecía esa dolencia. Otra contradicción.

Ya se conoce que las tres cuerdas anaranjadas halladas en la pista forestal son las mismas que el rollo hallado en la casa de Teo. Falta el informe que aclare si proceden de la misma bobina, lo que uniría la pista y la casa y sería una prueba de cargo. También se está a la espera de los análisis de la tierra que había en el coche de la madre y en los zapatos de ella y del padre. Si es la misma que la de la pista sería determinante.

Con todo eso los investigadores quieren probar sus sospechas, que son que Rosario y Alfonso asesinaron a su hija de común acuerdo y siguiendo un plan diseñado hace tiempo. En ese esquema ha aparecido otra interrogante: restos biológicos en la camiseta que llevaba Asunta el día de su muerte y que algunos medios identifican como semen. El Tribunal Superior de Xustiza ha desmentido dos veces que se sepa que es esperma y dice que podría ser cualquier otro fluido humano. El tiempo dirá, pero aunque es probable que se esclarezca quién, cómo, dónde y cuándo mató a Asunta, quizá nunca se sepa por qué.

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Asunta: más cabos atados que sueltos