La torpeza que anima el independentismo

Madrid alimenta el sentimiento nacionalista con su apelación al españolismo


Madrid / La voz

¿Tiene algo que ver el arraigo de la reivindicación soberanista en Galicia con la de Cataluña y la del País Vasco? La respuesta, obviamente, es que no. Mientras los independentistas reunieron en la pasada Diada a cientos de miles de catalanes en la cadena humana convocada para reclamar el referendo soberanista, el BNG congregó a apenas 8.000 personas en la marcha convocada para exigir la soberanía de Galicia como forma de salir de la crisis. Pero quedarse en la fría estadística supone una visión cortoplacista que no aborda las causas del auge independentista en distintas regiones de España.

Durante mucho tiempo se dijo que el separatismo vasco se alimentaba exclusivamente de la violencia de ETA. Y que las prebendas y cesiones del Estado central obtenidas por la comunidad autónoma vasca eran solo el fruto de la teoría esgrimida en su día por el exlíder del PNV Xabier Arzalluz. Unos agitan el árbol (ETA) y otros recogen las nueces (el nacionalismo vasco).

Los catalanes, se decía entonces, son mucho más pragmáticos que los vascos y no aspiran a la independencia, sino a arrancar privilegios económicos cada vez mayores al Estado central para disponer de mayores recursos. Conviene no hacer grandes concesiones de autogobierno porque es preferible ir cediendo competencias con cuentagotas para mantener a raya a los independentistas catalanes. Esa era la tesis comúnmente aceptada. Los hechos han demostrado cuan equivocada era esa teoría y cómo la repetición del discurso victimista desde Cataluña ha terminado por hacer arraigar fuertemente el independentismo en esa comunidad. Con tanto vigor, o más, que el que existe en el País Vasco.

¿Y Galicia? Madrid ha tendido desde hace tiempo a considerar el nacionalismo gallego como algo residual, producto de coyunturas políticas puntuales y sin arraigo alguno en la comunidad. La secular discriminación de Galicia en lo que afecta a inversiones e infraestructuras podía mantenerse por tanto sin peligro de alimentar el sentimiento independentista, se razonaba. Y también aquí se demuestra que Madrid yerra a la hora de analizar el problema. El pasto que alimenta el independentismo en el País Vasco, en Cataluña y en Galicia no es otro que el sentimiento de discriminación económica, sea este real o no. Y, por ello, en lugar de apelar al sentimiento españolista y a la unidad indivisible de la patria, la labor del Gobierno central debe ser desmontar ese victimismo de forma didáctica allá donde esa discriminación resulte ser falsa, y mediante un trato justo y ponderado allí donde existen motivos de sobra para la queja.

Hacer lo contrario, beneficiar aun más a Cataluña y al País Vasco para tratar de contener su ímpetu soberanista a costa de discriminar todavía más a Galicia y a otras comunidades, es apostar por prender la llama independentista en los tres territorios.

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