Rosalía Mera, las primeras puntadas de un mito

La costurera que ayudó a tejer la mayor odisea empresarial de la historia española


redacción / la voz

Poco podía imaginar aquella niña que con 11 años abandonó el colegio porque ya sabía todo lo que había que saber para arrimar el hombro en casa que el futuro le tenía reservada una vida de éxito, un lugar destacado en la historia empresarial. Y que, con el tiempo, ella, que durante una época de su infancia tuvo que vivir con una tía porque en su casa las estrecheces eran mil, se convertiría en una de las mujeres más ricas del planeta.

Quince años tenía aquella modistilla cuando se presentó con una amiga en una de las tiendas de moda de la época en A Coruña, La Maja. Las llevó un empleado del establecimiento. Necesitaban personal. La escogieron a ella. Por su altura. O eso es lo que siempre creyó. «Porque en el mundo del comercio, la imagen es un valor».

Y allí fue donde empezó todo. En lo personal y en lo profesional. Tras el mostrador de aquella tienda de la calle San Andrés, de A Coruña, se enamoró Rosalía Mera de su Amancio, el hombre con el que compartió más de 20 años de su vida y con el que acabaría protagonizando la mayor odisea empresarial de España.

Por amor

No le dolían prendas a la hora de reconocer que fue «la insatisfacción de Amancio, su deseo de ser algo más que un dependiente en una tienda, donde los puestos importantes estaban ya copados por tres hijos de la familia», lo que los llevó a embarcarse en la aventura de crear una empresa propia. A emprender el camino de un éxito que ni siquiera se hubieran atrevido a soñar. «Para mí, como para todas las mujeres, el amor es muy importante y como la idea partía del hombre al que quería la hice mía y me entregué a ella», recordaría tiempo después.

Corría 1962 cuando Rosalía Mera y Amancio Ortega pusieron las bases, junto a Antonio, el hermano mayor de Amancio, y su mujer, Primitiva Reneo, de Confecciones GAO (las iniciales de Amancio y de su hermano, invertidas), el germen del emporio Inditex. El capital: 2.500 pesetas de la época. La sede, el domicilio particular de Primitiva, en la calle San Rosendo.

Trabajaron muy duro para sacar adelante aquel proyecto. El suyo. El escenario: el pequeño salón de la casa. Hasta había que apartar la mesa para poder cortar las prendas en el suelo. Ensayo y error. Ese fue su método. Hasta que dieron con la tecla. Batas acolchadas rellenas de guata. Rosas. Con vivos azules. A la mitad de precio de las que se podían encontrar en los escaparates de la ciudad.

Y así, la prenda que en los sesenta abrigaba las conversaciones de rellano de las mujeres de clase media se convirtió en el principio de todo. Entonces, la calefacción era un lujo al alcance de unos pocos, y en las perchas de los hogares españoles no faltaban las batas de boatiné. Todo un filón. «Era la España de las casas poco acondicionadas. Había empresas catalanas que ya hacían batas. La nuestra era una réplica. Y con el tiempo, aquella prenda evolucionó, la hicimos más confortable. Ya no solo servía para abrigarse por la mañana al levantarse, sino para tenerla puesta todo el día», rememoraba Mera en el 2009 en una entrevista con la periodista Montserrat Domínguez.

Sería ella la primera en abandonar la seguridad de La Maja para dedicarse en cuerpo y alma a aquella aventura. Tenía 19 años. El resto de los socios todavía seguirían durante un tiempo compaginando su trabajo en la tienda con la apuesta familiar.

Y salió bien. Vaya si lo hizo. Ni coches, ni casas. Todo lo que ganaban lo reinvertían en la empresa. Y en 1975 pusieron el primer ladrillo del imperio: Zara abría su primera tienda en la calle Juan Flórez de A Coruña. Después, la locura. Pero, para entonces, Rosalía ya había abandonado la primera línea de fuego del negocio. Se había apartado de todo para ocuparse del pequeño de sus hijos, Marcos, nacido en 1971 con una grave discapacidad congénita. Aquello lo cambió todo. Le abrió los ojos de par en par a otras realidades. Y, entre millones de cosas, supuso para ella «un vuelco absoluto» en la gestión de su tiempo.

Compromiso social

Todo lo que vino después, con la Fundación Paideia como piedra angular de un sólido compromiso social, tiene que ver con aquel golpe que le propinó la vida. No sería el último. En 1986 llegó el divorcio tras 20 años de matrimonio. Y aquella niña que a los 11 años se creía mayor se sintió «vieja» con poco más de 40 para afrontar la separación y la enfermedad de su hijo. Pero tiró para delante. Como siempre había hecho. Y salió «fortalecida». E hizo de la solidaridad, la que mamó de pequeña en su barrio, el motor de su vida.

Y, mientras, el gigante Inditex siguió devorando récords. Con cifras que se escribían hoy y mañana se quedaban desfasadas. Pero ella ya solo lo vivía de lejos. Seguía siendo la segunda mayor accionista del imperio, por detrás del propio Amancio, pero ya no estaba en esa guerra.

El jueves, la aventura terminó para Rosalía. Y los periódicos de medio mundo recogieron la muerte de aquella jovencita de Monte Alto que no sabía hacer las cosas a medias.

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