Accidente de Santiago: Turismo de catástrofe en Angrois

Curiosos de procedencia diversa peregrinan al lugar del accidente para ver, pisar y fotografiar el escenario de la tragedia

Varias personas acudieron ayer por la tarde al puente que cruza la vía del tren en Angrois para ver el lugar del accidente.
Varias personas acudieron ayer por la tarde al puente que cruza la vía del tren en Angrois para ver el lugar del accidente.

SANTIAGO / La VOZ

«Es aquí, papá, aquí. Mira, hay una marca roja en el suelo». La chiquilla ni siquiera se ha bajado del coche, pero ha reconocido el sitio visto tantas veces estos días por televisión. Son cuatro: un matrimonio joven y dos niñas pequeñas. Aparcan, bajan del coche y siguen el ceremonial espontáneo que no cesa: descender hasta el fondo del pueblo, donde la vía está casi a ras de suelo, y subir luego hasta el improvisado altar de homenaje que ha ido floreciendo en la pasarela. Ese lugar tiene un punto hipnótico. Los curiosos se paran frente a las flores, los escasos mensajes, pero, sobre todo, ante la panorámica que domina el túnel y la curva; una óptica muy parecida a la del pavoroso vídeo que registró el accidente y que dio la vuelta al mundo. Es imposible mirar desde allí y no ver de nuevo el descarrilamiento.

Angrois ha dejado de ser lugar de paso para convertirse en un destino. Fugaz, porque las visitas no se prolongan más de diez o quince minutos. Un vistazo, una reflexión, unas fotos y se van. El goteo es permanente, con picos en horas no laborables. «El domingo había muchísima gente», cuenta un solitario vecino, que fuma en uno de los dos únicos bancos que quedaron en pie. No hay muchas ganas de fiesta en Angrois, pero el hombre no puede evitar el comentario: «Si cobráramos un euro por cada uno que viene a sacarse fotos, el año que viene podíamos contratar a la París de Noia y a la Panorama».

«No, no tenemos nada que ver con el accidente. Somos de Torrelavega, pero hemos venido a pasar unos días a Galicia y queríamos venir aquí», contesta un hombre que encabeza un grupo que forman cinco personas, entre los que se encuentra una niña que lleva un ramo de claveles. Es su padre, que parece más afectado, el que lo deposita entre ramos, coronas y velas. «¿Y qué pasa si llueve, abuela? Se apagan todas las velas ¿no?», pregunta otra niña que llega más tarde. La abuela no quiere decir que no, pero sin duda se apagan. De entre todo el reguero de visitantes y curiosos que aciertan con el pequeño pueblo para ver con sus propios ojos y los de sus móviles la famosa curva, lo que más impresiona son los niños. Hay muchos vehículos que transportan uno o dos, que pasean de la mano de papá y mamá, pisando lo que hace solo unos días era el horror en la tierra. «A mi sobrino le hemos dicho que el tren se rompió, pero no que murió gente -me dice el vecino de Angrois que fuma a mi lado-. No queremos que lo tenga presente cuando esté jugando por aquí».

-¿Y usted cómo se encuentra?

-Bah. Bien. A veces me despierto por las noches. Supongo que lo iremos superando.

El hombre ya tenía, y sigue teniendo, problemas de sobra para dormir mal. El principal, la falta de empleo. Así que mira con indiferencia los coches que vienen, aparcan, se van y se cruzan con otros que acaban de llegar.

También víctimas

No todo son curiosos. Ayer se presentó en el lugar una joven que sobrevivió al accidente. Vino acompañada por dos familiares a dejar un recuerdo a sus amigas que se dejaron la vida allí mismo. Le dio tiempo a recordar que iban a las fiestas del Apóstol, a celebrar el máster que había aprobado una de ellas. Y se quedaron allí, a cuatro kilómetros de la vida. Ella salvó la suya por ir al servicio.

No es la primera que regresa. De vez en cuando alguno de los pasajeros de aquel Alvia que pueden contarlo aparece por allí para decir «gracias». La niña herida de la foto del bombero también estuvo ya en Angrois, buscando a quienes la sacaron del vagón. La semana pasada, un joven volvió a devolver unas zapatillas: «Subía en estado de shock, totalmente desorientado, sangrando y descalzo. Una señora le dijo que se parara, que esperara a las ambulancias y le dio unas zapatillas -explica una vecina-. Pues volvió el otro día con 37 puntos en la cabeza a devolver las zapatillas». Amor y agradecimiento en respuesta a la solidaridad, cosas bonitas que ayudan a combatir esa negrura que vuelve cada noche y que ha instalado el insomnio en muchos dormitorios de Angrois.

Avanza la tarde y sigue el peregrinaje. «Y esto no es nada -explica un guardia del ADIF-. Los primeros días se llevaban trozos de tierra y restos de cristales». Hasta que la zona acabó de vallarse, su principal tarea era evitar que la gente bajara hasta la misma vía. Turismo de catástrofe lo llaman. Ya se vio durante el Prestige, el incendio de las fragas y otros episodios de mal recuerdo. Aunque allí no se sentía el peso de los muertos.

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