Accidente de Santiago: Turismo de catástrofe en Angrois

Jorge Casanova
JORGE CASANOVA SANTIAGO / LA VOZ

GALICIA

Varias personas acudieron ayer por la tarde al puente que cruza la vía del tren en Angrois para ver el lugar del accidente.
Varias personas acudieron ayer por la tarde al puente que cruza la vía del tren en Angrois para ver el lugar del accidente. vítor mejuto

Curiosos de procedencia diversa peregrinan al lugar del accidente para ver, pisar y fotografiar el escenario de la tragedia

06 ago 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

«Es aquí, papá, aquí. Mira, hay una marca roja en el suelo». La chiquilla ni siquiera se ha bajado del coche, pero ha reconocido el sitio visto tantas veces estos días por televisión. Son cuatro: un matrimonio joven y dos niñas pequeñas. Aparcan, bajan del coche y siguen el ceremonial espontáneo que no cesa: descender hasta el fondo del pueblo, donde la vía está casi a ras de suelo, y subir luego hasta el improvisado altar de homenaje que ha ido floreciendo en la pasarela. Ese lugar tiene un punto hipnótico. Los curiosos se paran frente a las flores, los escasos mensajes, pero, sobre todo, ante la panorámica que domina el túnel y la curva; una óptica muy parecida a la del pavoroso vídeo que registró el accidente y que dio la vuelta al mundo. Es imposible mirar desde allí y no ver de nuevo el descarrilamiento.

Angrois ha dejado de ser lugar de paso para convertirse en un destino. Fugaz, porque las visitas no se prolongan más de diez o quince minutos. Un vistazo, una reflexión, unas fotos y se van. El goteo es permanente, con picos en horas no laborables. «El domingo había muchísima gente», cuenta un solitario vecino, que fuma en uno de los dos únicos bancos que quedaron en pie. No hay muchas ganas de fiesta en Angrois, pero el hombre no puede evitar el comentario: «Si cobráramos un euro por cada uno que viene a sacarse fotos, el año que viene podíamos contratar a la París de Noia y a la Panorama».

«No, no tenemos nada que ver con el accidente. Somos de Torrelavega, pero hemos venido a pasar unos días a Galicia y queríamos venir aquí», contesta un hombre que encabeza un grupo que forman cinco personas, entre los que se encuentra una niña que lleva un ramo de claveles. Es su padre, que parece más afectado, el que lo deposita entre ramos, coronas y velas. «¿Y qué pasa si llueve, abuela? Se apagan todas las velas ¿no?», pregunta otra niña que llega más tarde. La abuela no quiere decir que no, pero sin duda se apagan. De entre todo el reguero de visitantes y curiosos que aciertan con el pequeño pueblo para ver con sus propios ojos y los de sus móviles la famosa curva, lo que más impresiona son los niños. Hay muchos vehículos que transportan uno o dos, que pasean de la mano de papá y mamá, pisando lo que hace solo unos días era el horror en la tierra. «A mi sobrino le hemos dicho que el tren se rompió, pero no que murió gente -me dice el vecino de Angrois que fuma a mi lado-. No queremos que lo tenga presente cuando esté jugando por aquí».