«Soa vivo mellor que moitos»

Dos mujeres que superan los cincuenta y viven solas relatan cómo es su día a día. La mitad de los 229.993 gallegos que están como ellas tienen más de 65 años


redacción / la voz

«Vivín a vida a tope, estou contenta, nunca me sentín soa. Vivo mellor que moitos». Carmen pasa de los sesenta. Tiene su hogar en una aldea del concello de Aranga (2.072 habitantes), donde cuida de un par de vacas, varias perras, dos gatas, gallinas... «Fanme moita compañía. Xa me dixo un día a médica de cabeceira que os animais dan moita enerxía», dice. Y ella la tiene. Rebosa en sus ojos, en sus gestos... Convivía con su madre, que murió hace unos años después de haber estado cuidándola durante más de un decenio. Fue entonces cuando se quedó sola, pero nunca dejó que la soledad entrara en su casa. Ni de visita, ni para quedarse. Sería muy extraño que, como a la compostelana y al vigués cuyos cuerpos fueron encontrados hace unos días varias semanas después de haber muerto, le pasara algo y alguien no se enterara. «Estou acostumada a vivir soa. Aínda que en realidade nunca o estás porque aquí todos nos levamos ben, teño uns veciños que viven na casa de enriba da miña e sempre saben onde vou e sei onde van eles; logo uns vamos tomar café á casa dos outros; teño unha irmá e un cuñado que viven alí abaixo... O que se ve desprazado ou só é porque non quere saber nada de ninguén. Só está quen non quere relacionarse e ás veces é mellor estar só que mal acompañado», asegura.

La energía que emana Carmen fluye de su propia personalidad, de los vecinos que la arropan, de sus familiares, de sus animales... En cambio la de otra Carmen que vive justo 169 kilómetros más al sur, en Vigo, viene de Mariví, una voluntaria de la asociación Asdegal que la ha ayudado a salir más de casa, que la acompaña en los largos paseos que dan juntas por la urbe más poblada de Galicia (297.355 habitantes). La primera ha cumplido ya medio siglo. La segunda celebró ayer su 58 cumpleaños. Después de unos doce meses, la relación que han forjado las ha convertido en amigas. «Charlas mucho cuando vas a pasear», cuenta Mariví. Y Carmen apunta que «de no ser por ella no saldría tanto de casa y esta acabaría cayéndome encima: iría de la biblioteca al piso porque me gusta mucho leer. Desde que viene una vez por semana he conocido partes de Vigo que no conocía», explica.

Asegura que vivir sola lo lleva «bastante bien», pero matiza que a veces «pesa un poco» porque, como explica, «la mayoría de las amigas que tengo están casadas, tienen sus vidas...». Habla de las diferencias de vivir solo en un pueblo o en una zona más poblada. «Entablar una relación en una ciudad es más complicado, en las poblaciones pequeñas resulta más fácil que la gente se encuentre. Digamos que en un pueblo estás más vigilado porque saben adónde vas o no», dice.

Ambas Cármenes, la de Aranga y la de Vigo, forman parte de esa cifra del Instituto Galego de Estatística (IGE) que dice que hay 229.993 personas que viven solas distribuidas por toda la comunidad, una cantidad que supone más de un 21,7 % de los hogares gallegos.

Envejecimiento poblacional, el cambio en la estructura tradicional de la familia gallega (donde padres, abuelos o tíos convivían todos juntos) o la emigración de los más jóvenes a las ciudades del eje atlántico o al extranjero son algunas de las razones que lo explican.

Solos tras los 65

El tema preocupa a las Administraciones, sobre todo en el caso de los mayores de 65 años (más del 50 % de los hogares unipersonales en Galicia están formados por personas que tienen o rebasan dicha edad), pero la capacidad de estas de estar pendientes es todavía limitada. Programas como el de teleasistencia o Miavizor, puesto en marcha en marzo en Lugo y Ourense y que controla los movimientos de medio millar de mayores por medio de sensores ubicados en diferentes puntos de la casa, no llegan al conjunto de la población objetivo. Además hace tres años la Consellería de Benestar anunció la elaboración de un censo para tener registradas a esas personas, pero todavía está en elaboración por las dificultades para recopilar datos, tal y como explican desde ese departamento de la Xunta.

El recorte que han tenido que asumir los gobiernos locales tampoco ayuda. En San Xoán de Río (unos 700 habitantes) han procurado mantener el personal que va a ver a los mayores. Con todo, no han podido renovar a una educadora que les echaba además una mano.

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