Uno de los afectados de la explosión pirotécnica de Ordes: «Cando estouraron as bombas sentín medo de verdade»

A Carlos Pazos, el tamborileiro del grupo Embruxo, todavía le tiembla la voz al enseñar las marcas que la explosión dejó en el tambor y en el bombo que utilizaba su formación en las alboradas de las fiestas de san Pedro de Ardemil


ordes / la voz

«Pensei que non o contaba». A Carlos Pazos, tamborileiro del grupo de música tradicional Embruxo, de Ordes, todavía le tiembla la voz al enseñar las marcas que la explosión de varias bombas de palenque dejó en el tambor y en el bombo que utilizaba su formación en las alboradas de las fiestas de san Pedro de Ardemil. «Non serían as dez da mañá -recuerda-, estabamos subidos á furgoneta, tocando, e vimos unha fumareda. Comezaron a prender as bombas, houbo un gran desconcerto». Todo pasó muy rápido. Carlos, que tiene perforado un tímpano y erosiones, heridas y quemaduras, sobre todo en el lado izquierdo, recuerda que alguien dijo: «¡Saltade!» y que «cada un fuxiu como puido. Cando estouraron algunhas bombas sentín medo de verdade». Uno de los primeros en echarse a tierra desde el volquete de la camioneta fue el gaiteiro Roberto Prado. «Tiña as bombas xusto ao lado, correu e meteuse nunha casa, pero unha bomba foi atrás del e entrou tamén», relata el percusionista. El otro gaiteiro, Sergio García Prego, cayó mal y se hizo daño en el cuello. Y la pandereteira, Rocío López, sufrió magulladuras en un brazo y, como el resto, un tremendo pitido de oídos. Al bombo -que tiene en una de las pieles dos marcas, una de un estallido y otra de sangre- iba José Manuel Mesías, que tiene dolor en un pie. Con el tímpano perforado también acudió al Hospital Clínico de Santiago, como los demás, el fogueteiro que acompañaba a la formación. Mientras descansa en la parte de atrás de O Grumeiral, la pulpería que tienen sus padres en Leira, la madre de Carlos y lo mira todavía con preocupación. Fue ella la que, al poco de ocurrir el accidente, recibió una llamada de su propio hijo que le decía: «Estouroume unha bomba na cara, pero estou ben». Una de las gaitas, fabricada por el Obradoiro Seivane y valorada en unos 3.000 euros, quedó totalmente destrozada, así como el traje del tamborileiro, recién estrenado.

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