El cuento de la fama


Incluso en Alemania, la historia de Europa discurre en paralelo a sus movimientos migratorios. Griegos y romanos colonizaron el Mediterráneo. Los bárbaros y los árabes vinieron en grandes oleadas. Los turcos llegaron a Viena. Los ingleses se desparramaron por todo el mundo. Los españoles, alemanes, italianos e irlandeses se asentaron por docenas de millones en América. Entre 1900 y 1990, dice Huntington, 55 millones de europeos emigraron a cualquier parte. Las guerras mundiales dispersaron a alemanes, checos, húngaros, polacos y rusos como si fuesen trigo de siembra. Los judíos no tienen patria. Y España, Portugal, Grecia, Italia e Irlanda emigraron por millones, otra vez, a mediados del siglo XX.

Las migraciones son el único mecanismo conocido para equilibrar las poblaciones en términos biológicos y económicos. Y su dramatismo se mide en función del país del que salen, ya que emigrar de un país miserable es una miseria, y hacerlo desde un país rico es más llevadero.

Emigrar hoy desde Galicia a Europa es duro, pero nada parecido a lo que fue, porque, no quedando en casa, es lo mismo trabajar en Barcelona, Lisboa, Canarias o Ginebra. El mundo de hoy está asistiendo al mayor reasentamiento de poblaciones -ricas y pobres- de la historia, y esa ola también nos va a salpicar. Por eso debemos gobernarnos con inteligencia, para saber salir y recibir. Porque otra cosa sería como dar coces contra el aguijón.

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