redacción / la voz

Madrugada del jueves. En Santiago han dado tregua a la prohibición del botellón. Una gracia concedida por las fiestas de la Ascensión. El desfile de bolsas cargadas de alcohol, zumo de piña, coca-cola, tónica de marca blanca... avanza por la Alameda al ritmo que marcan Los Satélites. Los chavales pueden beber esta noche al aire libre, como hace unos años, pero no junto a la orquesta. «La policía nos ha mandado bajar a la explanada que hay frente a los colegios mayores», dice una chica cargada con una botella de agua mediada de vodka con zumo de naranja. Antes de llegar a la zona acotada para la fiesta ya se ven pandillas colocadas en círculo, en fila... pero siempre en torno a unas botellas. No se utiliza ni el slimming, ni el eyeballing. No hay más práctica que el levantamiento de vidrio o de plástico. «¿Támpax con alcohol? Hay que estar loco para colocarse uno empapado en alcohol. Sabemos lo que es porque lo hemos visto en los medios, pero aquí, en la vida. Ni nunca lo escuchamos», comentan una pandilla de jóvenes que rondan la veintena. No parecen mentir.

Como en Santiago multan por beber en la calle, las fiestas en los pisos han resurgido cual ave fénix. «Cuando llegas a la facultad tu círculo de amistades es más amplio porque te llevas con todos, entonces te hace más gracia ir a beber fuera, pero luego ya se va acotando y vas a los pisos», comentan dos universitarias. Pero en días como hoy salen para aprovechar. ¿Qué beben? «Tenemos ginebra porque las copas no se pueden pagar. A cuatro y pico una. Con eso pagas la botella e incluso sobra», apunta una pandilla que tiene un surtido de bebidas a la vista. Los más sibaritas pasan ya al ron de cinco u ocho euros. Hasta hay alguno que le da al Martini. Y no el de un euro.

La noche avanza. Un poco más abajo, junto a las canchas, la edad media baja. Un grupo de bachilleres comentan que se pueden encontrar pandillas de gente de 16. Todos los encuestados, menos ellos, aseguran haber cumplido los 18. Incluso un par de jóvenes que descansan sentadas. «No bebo alcohol y mi amiga tampoco», dice una. La amiga no habla. Al menos no lo hace hasta susurrarle al oído a su amiga: «¡Qué borrachera tengo!». Y esta, que no bebía alcohol, después de escuchar la confesión, echa el lazo a un amigo. Lo agarra y le cambia un beso por un lingotazo del combinado que lleva en la mano.

Beber sin cenar

Otro grupo de jóvenes descansan en un banco. «¿Sabéis lo que es la drunkorexia?». Qué. La sorpresa invade sus rostros. «Ni idea, pero dinos qué es», preguntan intrigados. Es un nuevo trastorno alimentario. Personas que no cenan para compensar las calorías que tiene el alcohol. «No conozco de eso, pero tengo unas amigas que no cenan para que les suba antes. Claro, y para gastar menos porque de esa forma cogen el punto antes», dice uno de la pandilla. Al final todo va a la cartera. Y por la cartera se estropea la salud. Otra compañera del grupo se sorprende con lo que acaba de oír. Un problema que a ella no le pasa porque, asegura, no deja nunca de comer cuando luego va a beber.

En el botellón del jueves noche en los jardines de Méndez Núñez, en A Coruña, tampoco saben lo que es eso que apodan drunkorexia. «Ni idea», responden dos chavales que avanzan por la calle cubata en mano. Y es que, como explica el médico Abelardo Caballero, del Instituto de la Obesidad, es un fenómeno nuevo, pero que acarrea graves consecuencias para la salud. «Puede provocar una hepatitis alcohólica severa porque no hay ningún alimento en el estómago con el que pueda mezclarse el alcohol». La parte buena es que es un trastorno que no es complicado tratar. Por eso insta a los familiares a estar atentos, aunque ni los chavales sepan qué es.

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«¿Támpax con alcohol? Están locos»